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    La más espantosa realidad

    Mindhunter redobla su apuesta por lo sombrío

    Si algo caracterizó a la primera temporada de Mindhunter fue la oscuridad. No solo en su tratamiento visual, pleno de metálicos tonos oscuros, también por su material más profundo: la posibilidad de sondear en las mentes de los más espantosos criminales, para intentar prevenir el accionar de otros criminales o intentar detenerlos cuando ya se han puesto a matar. La segunda temporada de la serie de Netflix redobla la apuesta y a ese sondeo de las mentes de los peores asesinos le agrega dos decenas de asesinatos de niños.

    Tras haber leído este primer párrafo podría creerse que Mindhunter es una serie de horror plagada de elementos gore, pero no es así. En realidad, más allá de lo visual y de su muy oscura temática, se trata de una serie que es sobria hasta el aburrimiento: no se presentan en pantalla los detalles más escabrosos de los crímenes que el equipo del FBI investiga, y si en la serie se ven cadáveres, es casi siempre a través de la evidencia (fotos sobre todo) y muy pocas veces en la escena del crimen.

    El ambiente sombríamente burocrático del programa se ve realzado por el aire setentero (o de comienzos de los 80), con una precisa reconstrucción de época que no solo evoca las casas, calles y vehículos de entonces, sino que también construye un ambiente “analógico”: las oficinas no tienen computadoras, los registros se realizan en papel y la posibilidad de cruzar bases de datos para detener criminales es apenas un esbozo de idea en la cabeza de algún personaje, pero no una posibilidad cercana.

    Es en ese contexto en que el FBI comienza a formar lo que luego se conocerá como Unidad de Ciencias de la Conducta, esto es: a través de un gran número de entrevistas con los peores asesinos en serie de EE.UU., se intenta construir perfiles de comportamiento que permitan detectar a estos criminales antes de que dejen su correspondiente estela de muertos. Y es justamente en medio de esa tarea que el recién formado equipo se cruza en la segunda temporada con 19 asesinatos de niños y adolescentes afroamericanos en Atlanta (que realmente ocurrieron entre 1981 y 1982), en donde pese a tener un comisionado de Policía y un alcalde también afroamericanos, nadie parece demasiado interesado en resolver los crímenes.

    Un tercer aderezo que entra en juego en esta segunda temporada de la serie es la participación del hijo del agente Bill Tench en el asesinato de un niño pequeño. El hijo de Tench es adoptado y su perturbadora acción abre un nuevo frente a los problemas con los que debe lidiar el agente. Y es que, a diferencia de otras series ya clásicas como Law and Order, en Mindhunter la vida personal de los representantes de la ley gravita de manera poderosa en la historia que se cuenta. Así, el lesbianismo de la psicóloga Wendy Carr es mostrado como el foco de tensiones que seguramente traía el hecho de ser lesbiana en una década en la que la homosexualidad era considerada una suerte de enfermedad y un “problema social”. De ahí su necesidad de mantener oculta la relación con su nueva novia y su necesidad de separar de manera radical su mundo personal del laboral.

    Para esta segunda temporada, la Unidad de Ciencias de la Conducta del FBI deja de ser una pequeña oficina en un sótano, ocupada sobre todo en entrevistar criminales para armar perfiles, para pasar a ser centro de las ambiciones políticas del nuevo jefe del grupo, Ted Gunn. El equipo tiene ahora más recursos, mejores oficinas, más personal, pero, al mismo tiempo, debe pagar el precio político de ser la nueva “vedette” del FBI, con las consecuentes tensiones en el trabajo grupal. Un precio que el agente Holden Ford, líder de facto del equipo, es reacio a pagar, dada su peculiar forma de operar.

    Las actuaciones de Jonathan Groff como Ford, Holt McCallany como Tench y Anna Torv como la psicóloga Carr son excelentes. Groff compone un investigador que al tiempo que es intuitivo y arriesgado en sus métodos, demuestra ser un ingenuo total en otros aspectos de su vida. En primer lugar, en sus relaciones amorosas, pero también en los aspectos más sociales de su trabajo. De alguna manera, pareciera que su agente Ford, acostumbrado a entrevistar horribles asesinos en serie (y de alguna manera más bien retorcida, ser capaz de empatizar con sus mentes) sale al mundo real por primera vez en esta serie. Es respetuoso con los débiles, no es en absoluto racista o sexista, pero tiene grandes problemas para entender los matices de aquellos que, como parientes o personas cercanas a las víctimas, se cruzan en su camino. Se esfuerza, pero a veces solo logra tocar la epidermis de la tragedia, quedándose en lo meramente instrumental.

    Su contracara es el maravilloso Tench que compone McCallany, a quien se había visto en un montón de películas y series (destacándose su detective John Hagen en CSI Miami) pero que obtiene en esta serie un protagónico y le saca el jugo de manera estupenda. Padre de un hijo adoptivo, clásico marido proveedor, Tench es el prototipo del agente federal, salvo porque el proceso de adentrarse en las mentes de los más perversos lentamente lo hace cuestionarse sobre el mundo que lo rodea y sus valores. Esto no quiere decir que Tench no sea un policía eficiente e inteligente que sabe cómo trabajar en equipo y, sobre todo, cómo ordenar a su más caótico socio. Quiere decir que los horrores que enfrenta en su tarea son capaces de introducir en él una sombra de duda sobre aquello en lo que jamás había dudado: la distancia clara que separa el bien del mal.

    Anna Torv, por su parte, entrega una psicóloga que si bien es una académica brillante, tiene una experiencia bastante limitada en el mundo real. Seria, profesional, a veces incluso demasiado seria (casi torva), en su Wendy Carr expone de manera transparente los problemas que seguramente enfrentaban las mujeres talentosas dentro de una organización abrumadoramente integrada por hombres en 1981, año en que se sitúa esta segunda temporada.

    Quizá el mayor logro de Mindhunter, que en esta segunda temporada incluye capítulos dirigidos por David Fincher y Carl Franklin, sea su capacidad de aportar abundante información sobre la vida personal de sus personajes principales sin desviarse un milímetro de su idea fundamental: la mente de los peores criminales no funciona de manera azarosa y es posible encontrar patrones comunes en sus acciones, aunque en principio puedan parecer desconectadas. Parca, sombría, sin la menor cuota de acción (no hay tiros ni persecuciones), densamente verosímil (se basa en casos reales), la serie se concentra en la implacable y espantosa información que sale de los labios de los perversos que atraviesan la pantalla. Con todo esto, Mindhunter confirma en esta segunda temporada ser una de las mejores series de ficción del momento y, seguro, la más triste.