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La mayoría de los uruguayos respaldan al equipo de Astori-Lorenzo y uno de cada diez prefiere la economía en manos de la OPP
El 59% de los frentistas aprueban la política económica actual, los colorados están divididos y los blancos la rechazan enfáticamente, según una encuesta de Cifra
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En los últimos años, los juicios de los uruguayos sobre la situación económica del país y su evaluación de la política económica del gobierno se mueven en forma aproximadamente acompasada, aunque las variaciones sobre la situación económica suelen ser más amplias y más bruscas que sobre las políticas económicas.
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Esto último es razonable: el juicio sobre la situación económica del país refleja directamente la vida diaria, de manera menos “filtrada” por los afectos y las inclinaciones político-partidarias. Los juicios sobre las políticas económicas, en cambio, deberían tener en cuenta que esas políticas no son las responsables exclusivas del estado de la economía (por ejemplo, las calamidades naturales o “los de afuera” también juegan). Pero, sobre todo, reflejan la diferente tolerancia y comprensión que muchos uruguayos con camiseta partidaria tienen o sienten respecto a “mi” gobierno, cuando la política económica es la de mi partido, o hacia el gobierno “de los otros”. Muy pocos ven al gobierno nacional en términos de “nuestro” gobierno. Es el de mis amigos, o el de los de la vereda de enfrente; o acaso el de un “ellos” no muy bien especificado, pero que probablemente no piensa en mí ni en mis preocupaciones.
Los cuadros 1 y 2 muestran de qué manera los juicios sobre la situación económica del país y sobre la política económica del gobierno han evolucionado en los últimos tiempos. Entre noviembre de 2007 y junio de 2011 los dos mejoraron, pero las opiniones favorables sobre la situación económica nacional crecieron 29 puntos porcentuales, mientras que la aprobación a la política económica creció solo 9 puntos porcentuales. Entre junio de 2011 y hoy ambos juicios se debilitaron, pero la aprobación de la situación económica cayó 9 puntos porcentuales, y la evaluación sobre la política económica cayó apenas un punto. El juicio sobre las políticas, sostenido por otras consideraciones no económicas, oscila mucho menos que la opinión sobre la situación económica.
Las opiniones de los votantes de los tres partidos mayores (según su voto en 2009) sobre la situación económica no son iguales: colorados y blancos son menos entusiastas que los frentistas. Pero esas opiniones son bastante menos divergentes que las observadas en el cuadro 3. La mayoría absoluta de los frentistas (59%) aprueban la política económica de su gobierno; el balance (la diferencia entre aprobaciones y desaprobaciones) es de 39 puntos porcentuales. Los colorados están divididos (la aprueban casi tantos como la desaprueban; el balance es –1). Y los blancos desaprueban enfáticamente la política económica del gobierno “de ellos” (el balance es –28 puntos).
El equipo económico
¿Danilo Astori-Fernando Lorenzo o el equipo con base en la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP)? Los uruguayos no tienen dudas al respecto: una cómoda mayoría absoluta (56%) se pronuncia a favor del equipo que ha conducido la economía desde el comienzo del gobierno de Tabaré Vázquez, hace ya ocho años (cuadro 4). Solo uno de cada diez prefiere al equipo de la OPP. Unos pocos (solo frentistas) dicen que deberían ser los dos juntos (2%), y un 7% cree que ninguno de los dos debería estar a cargo (esta es una opinión mucho más frecuente entre blancos y colorados).
Las tres cuartas partes de la población opina sobre el tema, con una robusta mayoría absoluta a favor del equipo que tiene como cabeza al vicepresidente Astori y al ministro Lorenzo. Entre los votantes del partido de gobierno la mayoría a favor de Astori-Lorenzo es aún más robusta que entre los votantes de la oposición: casi las dos terceras partes de los frentistas (64%) opinan de ese modo (60% entre los colorados y 55% entre los blancos). Los frentistas optan por la conducción económica que viene desde el vazquismo por un margen de cuatro y medio a uno (4,6).
Esto es políticamente muy relevante (al menos a juicio de este columnista), no solo porque la semana pasada hubo una crisis política en el Frente Amplio (que se hizo pública en el Consejo de Ministros). Esa crisis no es una simple disputa sobre posiciones o controles; refleja divergencias más profundas. Como dijo el presidente (en reportaje a “Correo Socialista” en febrero) respecto al significado de “ser de izquierda” en materia de distribución de ingreso, progresistas “somos todos”, porque buscaríamos equidad y solución a “los pozos más graves que tiene nuestra sociedad”. Pero a partir de allí hay diferencias: algunos creen de buena fe que no es necesario “cambiar las relaciones de trabajo y las relaciones de propiedad”. Otra gente cree que sí, que hay que cambiar esas relaciones, superar el capitalismo y construir el socialismo. Entre estos últimos hay quienes piensan que hay que acercarse desde ya a eso, aunque sea de a pequeños pasos. El presidente no está realmente con ninguno de esos bandos, porque aunque él también cree que “a la larga” hay que cambiar, esa “larga” está tan lejos que a los efectos prácticos no hace diferencia (“no creo que se pueda construir una sociedad mejor... si no se masifican el conocimiento y la cultura y si no se tiene una sociedad relativamente enriquecida”).
El equipo de la OPP se ha mostrado reiteradamente favorable a ese acercamiento a la meta de largo plazo a través de lo que ellos ven como pequeños pasos. El punto es: incluso entre los votantes del Frente Amplio una muy robusta mayoría prefiere el enfoque del Ministerio de Economía. Entonces: ¿el equipo de la OPP debería liderar porque tiene razón y muestra el camino, aun a costa de la preferencia de sus propios votantes? Es una opción legítima, pero casi seguramente tiene costos políticos de corto y mediano plazo.
¿“Es la economía, estúpido”?
La famosa frase “es la economía, estúpido”, atribuida a James Carville en la época en que asesoraba al presidente estadounidense Bill Clinton, suele entenderse así: el estado de la economía es el único factor realmente determinante de los humores políticos del electorado, o al menos el más importante, por lejos, de todos ellos. La experiencia uruguaya reciente sugiere que ninguna de esas dos versiones “fuertes” del argumento es correcta.
Por ejemplo: el presidente José Mujica ganó con menos votos que Tabaré Vázquez, pero la economía, a juicio de la gente, venía mejorando mucho. Los escépticos podrían decir que lo importante allí era la comparación entre Mujica y Vázquez. Aun dando la razón a los escépticos, su propio argumento sostiene que no era solo la economía lo que importaba. Otros ejemplos son aún más claros. A principios de 2012 las opiniones de los uruguayos sobre la situación económica nacional eran extraordinariamente positivas, tanto que nunca se los había registrado en la historia de las encuestas de opinión pública en el país, y seguían en ascenso. Precisamente en ese momento, siendo Mujica presidente antes, durante y después del episodio (aquí no había comparación directa con Vázquez ni con nadie), la imagen del gobierno (junto con la popularidad personal del presidente y el juicio sobre su gestión) cayeron espectacularmente en todas las encuestas profesionales. La razón de esa caída, suponen muchos observadores, incluyendo el que firma esta nota, era puramente política: las acciones sobre la “ley de caducidad” impulsadas por el gobierno. El problema no estaba tanto en la sustancia del asunto (por ejemplo, verdad y castigo, o castigo solo en ciertas circunstancias especificadas por la propia ley) sino más bien en el procedimiento, que en la práctica ignoraba dos pronunciamientos públicos al respecto (los plebiscitos o referéndums de 1989 y 2009).
Era, entonces, un tema puramente o “doblemente” político: una cuestión de procedimientos. Este procedimiento parecía en cierto modo más criticable porque su impulsor era el partido que había promovido reiteradamente los pronunciamientos populares, asignándoles gran importancia en su discurso. En este caso, factores estrictamente políticos pesaron mucho más que una bonanza económica extraordinaria, percibida en esos mismos términos por el conjunto del electorado. Entonces: al menos en ciertas ocasiones la política importa más que la economía. El arte del análisis de corto plazo (al menos la artesanía) está en evaluar el contexto e identificar los factores que más influyen en esas circunstancias. Por ahora, al menos, no hay reglas universales simples como la máxima de Carville. Pudo ser perfectamente adecuada para su circunstancia, pero eso, como la historia de los rendimientos financieros, no asegura que seguirá siéndolo en el futuro.