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    La mejor flor

    El abrazo de la serpiente, nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa
    Colaborador en la sección de Cultura

    La producción colombiana que compite por el Oscar a la mejor película de habla no inglesa tiene algunas sugerentes particularidades. 1) A pesar de ambientarse en la selva amazónica, un escenario inmensamente rico en texturas y colores, casi la totalidad del metraje está fotografiado en un cuidado y contenido blanco y negro, notable labor de David Gallego. Solo hay un breve tramo, muy preciso, en el que se pasa al color y hacia otras órbitas, por decirlo de algún modo: es la síntesis vibrante de una travesía física, psíquica y espiritual, el instante en que se abren las puertas de la percepción. 2) La película está protagonizada por actores extranjeros casi desconocidos por esta zona y por actores no profesionales —estos últimos, indígenas—, y también poco conocidos por acá. Y 3) la gran mayoría de los diálogos fluyen en dialectos de las etnias ticuna, uitoto, cubeo y wanano, aunque se habla un poquito en español, se cuela algún pasaje breve en portugués y algo en alemán.

    El abrazo de la serpiente tiene dos líneas narrativas que se despliegan mayormente por zigzagueantes viajes en canoa a través del río Amazonas, abriéndose paso en la espesura de la selva y tomando contacto con zonas y personajes impactantes, aunque nada como Karamakate, que es uno y a la vez dos personajes. En dos marcos temporales que se narran en paralelo, dos expediciones similares y a la vez diferentes —no es un jueguito, de verdad—, separadas por un paréntesis de 40 años, los protagonistas parten en busca de una planta, la yakruna, una flor que por sus poderosas propiedades curativas y sus estimulantes cualidades alucinógenas es considerada sagrada por ciertas comunidades indígenas. La yakruna, podría pensarse, es una versión disfrazada de la ayahuasca, la planta que algunos curanderos indios de la Amazonia han usado durante siglos en el tratamiento de enfermedades sumiendo a los pacientes en estados alterados de conciencia.

    Desde los créditos se afirma que el largometraje, escrito por Jacques Toulemonde y Ciro Guerra y dirigido por este último, se inspira en los diarios del etnólogo y explorador alemán Theodor Koch-Grünberg (1872-1924), célebre por sus estudios de las tribus amazónicas de Brasil —destacándose por los aportes fílmicos, fotográficos y fonográficos que brindó a la disciplina—, y del biólogo estadounidense Richard Evans Schultes (1915-2001), estudioso de hongos y plantas, del yagé, la coca amazónica y el yoco, quien pasó 12 años en la Amazonia colombiana, y es considerado el padre de la etnobotánica moderna.

    En la ficción, los científicos adquieren otros nombres y rasgos personales. Primero, es de suponer que a comienzos del siglo XX, aparece Theo (el actor belga Jan Bijvoet), que llega debilitado y enfermo, acompañado de Manduca (Yauenkü Miguel, actor no profesional, indio de la reserva Nazareth Ticuna), que es presentado ante Karamakate (interpretado por el joven indígena Nilbio Torres), un joven y solitario chamán, como “un sabio que ha venido a aprender”. Además de sus dolencias, una barba y unos huesos que hacen que su apariencia se asemeje al Quijote, Theo carga con hambre, sed de conocimiento y varios libros y cuadernos. El explorador alemán necesita de las bondades de la yakruna para curarse. Karamakate no quiere saber nada con esta gente. Desconfía del hambriento y moribundo hombre blanco, y también del indígena, que viste como los blancos, con pantalón y todo, y a quien considera un chullachaqui, un doble, una imitación vacía de un ser humano. Manduca es, a los ojos del ermitaño, lo que queda después de la colonización. Karamakate, huraño y desconfiado, asegura, en su lengua, que aquella poderosa flor, si todavía existe, crece muy lejos de allí, donde antes estaba su tribu, ya exterminada. Theo y Manduca logran convencer al recio chamán —tal vez mintiendo— de realizar el viaje donde todavía crece la yakruna. De un modo paradójico, Karamakate cae en cuenta de que quizás salvando al blanco también salve a su cultura. Y así emprenden el viaje, rodeados de la inmensidad selvática, teñida de luces y sombras. Entre árboles y malezas se asoman sonidos y formas, que, insiste el chamán, deben escucharse y respetarse. Para soportar el dolor durante la travesía, el todavía desconfiado Karamakate le irá suministrando al hombre blanco pequeñas dosis de un potente paliativo.

    La otra vertiente de la historia transcurre cuarenta años después. El que aparece ahora es Evan (interpretado por el estadounidense Brionne Davis), un botánico extranjero que sigue los diarios que escribió Theo tras su experiencia amazónica. Como el alemán, Evan llega hasta el solitario Karamakate, que está en el ocaso de su vida, buscando aquella mítica flor. Cuando se encuentran, el chamán le dice: “Eres dos hombres”. Aunque es posible que se esté hablando también a él mismo. Él ve dos hombres: uno vivo y otro muerto. Él, que antes podía oír a la naturaleza, dice, ahora no recuerda casi nada. Hace dibujos en las rocas sin saber con claridad cuál es su significado. Perdió el lazo que lo unía con los dioses. Perdió el contacto con lo espiritual, con su origen, se ve a sí mismo como un chullachaqui. Para que lo lleve hacia la yakruna, Evan le ofrece dinero. El chamán, viejo, cansado, con una mirada que parece contener mil años, tiene una respuesta notable para la oferta. Y porque él también necesita volver al origen, ir al encuentro con la serpiente cósmica, intentará meterse otra vez en el río.

    En la pantalla se erigen paisajes asombrosos, que producen el deseo de perderse en ellos, como el denominado “Taller de los dioses”, imponente, de ciencia ficción, o escenas inquietantes, como la que muestra la desesperación de un pueblo que se arroja al agua escapando de los disparos incesantes. Es que detrás de las historias de Theo, Devan y Karamakate laten otros relatos, de conflictos mayores, de culturas arrasadas, de comunidades exterminadas y de lenguas prohibidas. Hay un mesías que habla portugués, protagonista de un episodio de lo más alucinante, conmovedor y tenebroso que se haya visto en mucho tiempo. También hay un jesuita un poco caricaturesco usado como para dar un mensaje obvio sobre la conquista española, y cada tanto aparece alguna frase que parece sacada de un muro de Facebook (“No se aprende de las cosas, se aprende de los sueños”), que atenta contra la sensación de autenticidad que irradia el filme (los indígenas, Torres y Bolívar, pertenecen a la etnia que interpretan). Aunque son detalles mínimos: el conjunto es un viaje intenso, sugerente y perdurable.

    El abrazo de la serpiente. Colombia, Argentina, 2015. Guion: Jacques Toulemonde y Ciro Guerra. Dirección: Ciro Guerra. Con Jan Bijvoet, Brionne Davis, Nilbio Torres, Antonio Bolívar. Duración: 125 minutos.

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