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    La ministra de Educación y Cultura

    Sr. Director:

    Fealdad moral en el MEC.

    Una tradición no cuestionada narra que Sócrates, el ilustre sabio del siglo V a. C., preguntado por uno de sus discípulos por qué, siendo él un ser humano tan lúcido y reflexivo, permanecía con una esposa tan desagradable en aspecto y carácter, respondió que soportarla le servía para templar su ánimo.

    Salvando la distancia cronológica, no es razonable imaginar que la elección de nuestra señora ministra de Educación y Cultura por el señor presidente Dr. Tabaré Vázquez haya estado inspirada en este propósito.

    Pero si bien ese ministerio, como se dice comúnmente, no toca pito alguno en materia de educación pública, en cambio tiene facultades concretas en materia de cultura. Y cuando mencionamos ese término (tan rico en sus contenidos antropológicos), va de suyo que nos referimos a la cultura de valores y principios superiores, no a la cultura groncha.

    Al menos en lo que se refiere a la cultura nacional, quien la represente como autoridad de gobierno deberá mostrar un mínimo de decoro y respetabilidad en su conducta y en sus expresiones. Y últimamente la señora ministra se viene saliendo del carril.

    Primero, calificó de plaga a un sector religioso de la sociedad uruguaya. ¿Por qué ofender de ese modo? Más tarde, patrocinó la compra de un inmueble con más de 200 piezas del artista Gurvich (al barrer, sin calificar su mérito) por un monto con el que casi podrían erigirse tres liceos. Y enseguida pretendió descalificar atinadas opiniones publicadas en Búsqueda por la autorizada periodista cultural Adela Dubra, usando el término ignorantes. ¡Cuidado! Las opiniones técnicas no se estornudan, y menos en arte; se deben emitir con prudente actitud, luego de un cuidadoso estudio (por supuesto, si se poseen aptitudes para hacerlo) y teniendo presente que en las materias culturales no hay verdades absolutas, y menos aun se pueden imponer autoritariamente.

    Finalmente, se deslizó hacia la más crasa vulgaridad cuando expresó (y también públicamente, porque el ansia irresistible de ser escuchado parece ser ontológicamente inherente a los espíritus inferiores, según me enseñó no recuerdo qué filósofo) que el candidato presidencial Luis Lacalle Pou, entre otras cosas horribles, se recibió de abogado en una universidad privada (¿habrá sacado el título sin sacrificio alguno, por un 5 de Oro?); que no tuvo vida política propia (¿habrá sido designado a dedo, igual que la hablante como ministra y en sus cargos anteriores?); que nunca sacó un boleto de ómnibus (¿entonces tenía pase libre?, ¿y cómo habrá hecho para conseguirlo, si nunca fue oficialista?); y, finalmente, que “no conoce la vida diaria de la mayoría de los uruguayos”.

    Esta última, por ser aserción errónea y a la vez aviesa, merece una contestación más seria.

    Conocí a Luis Lacalle Pou cuando militábamos en Canelones en bandos opuestos, dentro del mismo partido. Él, en su juvenil inmadurez política (típica de quien se inicia), y yo terminando mi segunda y última legislatura.

    Trabajó a la vieja usanza, es decir, recorriendo casas y ranchos, carreteras y caminos, hablando con hombres y mujeres, tomando nota de sus necesidades, aspiraciones y sueños, en un esfuerzo tenaz y perseverante que lo llevó por primera vez a la Cámara. Ese cargo lo ganó en buena ley, porque todos hablaban de él como el joven del futuro blanco. Quizás mientras él se empeñaba en esa tarea siempre interminable y con menguadas horas de descanso, la hoy ministra bostezaba de aburrimiento viendo alguna ópera. De 1990 en adelante, Lacalle Pou no hizo sino trabajar en forma incansable: en el contacto asiduo con el pueblo y en la función propia del legislador. ¿Quién puede ignorar que esa doble tarea, cuando se asume con responsabilidad, lleva horas y horas y requiere un nivel de exigencia que no todos aceptan emprender?

    En adelante —yo que en un principio lo observé con suspicacia– he percibido con admiración (¡sí, con admiración!) cómo se ha transformado en un estadista de excelencia y en un líder indiscutible del Partido Nacional. La ciudadanía dará su dictamen, pero ese es otro asunto. Lo esencial que me interesa recalcar es que no se debe agraviar la democracia y a quienes trabajan por robustecerla con su energía y con su talento.

    Para culminar, otro ministro (aún afectado en su amor propio por haber quedado frustrado como candidato, debido a que no había leído la Constitución) salió con un aporte complementario, preocupado porque Lacalle Pou no tendría registro laboral… Otra vez el mismo verso de desprecio a lo que significa la labor legislativa. ¿Usted qué diría, señor lector, esto no se parece mucho a la que escuchamos en los comunicados de junio de 1973?

    Abraham Lincoln dijo una vez —y con qué razón– que más vale callar y pasar por tonto, que hablar y no dejar ninguna duda.

    Prof. Agapo Luis Palomeque

    CI 3.002.618-9