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    La mirada estratégica

    Columnista de Búsqueda

    N° 1778 - 21 al 27 de Agosto de 2014

    Decía Kant que la política no debería dar un solo paso sin rendir cuentas a la moral, y sin duda tenía razón. Pero es difícil pensar que tal reclamo se pueda observar siempre: la política no es el campo de lo ideal, sino de lo real, de lo posible. Más fácil (si se quiere: más moral) es que la política, mientras busca el camino más seguro para marchar sobre la senda del bien, tenga además una perspectiva estratégica, es decir, no se extravíe en la inmediatez de las tentaciones o en el empuje de unos principios que nunca conocerán la luz de no mediar, como objetivamente ha de hacerlo, el imperativo de la eficacia. Buena gente que actúa con torpeza sirve tan poco al bien común y tanto al enemigo como la mala gente: la ignorancia, lo he dicho siempre, es tan mala o a veces más mala que la propia maldad.

    Recomiendo la lectura de un pequeño compendio de varios autores que tratan de distintos aspectos de la historia argentina que editó la casa Turner, de España. Aparecen en el volumen siete autores que abordan distintos momentos de la historia que comienza con los tiempos prehispánicos y culmina con el fecundo debate cívico de los intelectuales del siglo XX, en un interesante trabajo de Carlos Altamirano; el capítulo dedicado al peronismo está a cargo de Loris Zanatta, el profesor italiano que se ha desvelado en el estudio del fenómeno populista en el mundo, y particularmente en nuestro continente. Si bien admito que la totalidad del libro me suscitó fuerte atención, mis preferencias me llevaron a concentrarme en el excelente estudio que plantea Pilar Gonzalez Bernaldo acerca de lo que con acierto denomina “El largo siglo XIX”; lo hago sin despreciar la ponencia de Zanatta, que ya conozco por ser en parte exhumada de su libro “El populismo”, que en estos momentos estoy enseñando en mis clases de filosofía política, y sin desconocer el empeño no todo el tiempo logrado de Altamirano por dotar de imparcialidad un tema que todavía está abierto como contencioso en buena parte de los que animan la cultura y la reflexión en Argentina.

    Aunque encomiendo totalmente la perspectiva de González Bernaldo, quiero subrayar, por toda recomendación, la interesante síntesis que plantea acerca de las condiciones en las que se produce la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, donde se avista precisamente la gran distancia que hay entre aquellos políticos que solo tuvieron alma y corazón, pero muy poco sentido estratégico y los otros, los pocos que supieron ver el problema detrás de la esperanza y la solución detrás del trato proceloso con las dificultades. Cuando nos toca leer e interpretar la historia nacional a menudo nos estrechamos en adhesiones ardorosas que nos impiden ver la realidad de aquellos duros años de peligro y de amenaza para la libertad. Dice la autora que las fuerzas criollas enfrentaban la cruda guerra en las regiones del norte y del Alto Perú, donde los contingentes realistas se reagruparon con la intención de recuperar sus plazas, mientras hacia el este debían hacer frente a la doble amenaza del Portugal y de la Banda Oriental, renuente a coordinar en un comando único las acciones contra los españoles y portugueses. Fernando VII, al término del Congreso de Viena, emergió fortalecido y con el plan seguro de reconquistar los territorios americanos; esa voluntad lo acompañó incluso hasta bien entrado el año 1825. Se debe a la hábil y tortuosa diplomacia argentina haber trazado líneas de interés con Gran Bretaña, al punto de obtener el decisivo reconocimiento inglés de la naciente república y con ello no solo frenar definitivamente las ambiciones de España, sino producir un eficaz disuasivo para el imperio del Brasil, dispuesto a la invasión de Buenos Aires para recuperar su pretensión en la Banda Oriental.

    No todos supieron ver entonces y tampoco después los riesgos que corrió la independencia americana. Hostigar a Buenos Aires en nombre de una independencia que no era posible si no se derrotaba a España y a sus aliados fue una práctica común de muchas provincias, una rebeldía de corte puramente moral pero equivocada; sin ningún sentido estratégico. La guerra contra el imperio español se ganó no por la asonada montonera autonomista y estrecha, sino por la mirada del conjunto a cargo de unos pocos que, a despecho de los ruidosos idealismos en uso, con cínica y lúcida paciencia supieron esperar el momento justo y mover los debidos hilos para alcanzar los grandes objetivos nacionales.

    El gran enemigo de la política a menudo es su mejor aliado, que es el rasgo moral o idealista de algunos de sus dirigentes. En política lo primero ha de ser siempre alcanzar la victoria; lo demás podrá venir, si viene solo a condición de algo real que se haya ganado. La derrota nunca puede ser una opción.