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    jueves 20 de junio de 2024

    La música como retribución a la música

    El apellido Pahlen está presente en la música uruguaya desde fines de los años 50, cuando arribó Kurt Pahlen, quien se había instalado en Argentina cuando su país fue anexado por Hitler. El célebre compositor y director de orquesta austríaco fue uno de los grandes responsables de la sideral expansión del canto coral en todo el Uruguay. También dirigió varias orquestas y dio infinidad de cursos y talleres, hasta que decidió volver a Europa por no estar dispuesto a vivir en dictadura. Dos de sus nietos siguieron sus pasos: el pianista Rodrigo González Pahlen, actualmente radicado en Barcelona, y Mariano Gallardo Pahlen, nacido en Montevideo hace 32 años, exintegrante de bandas indie como Algodón y autor de Los sueños de los otros, un disco publicado en mayo de 2020 que embelleció considerablemente el angustiante e incierto paisaje pandémico, en aquellos días en que la música y el audiovisual nos traían las mejores noticias de la especie humana. “Fue muy natural. En mi casa sonaba música todo el tiempo, muy variada. No había un género predominante. Música latinoamericana, europea, africana, asiática. Mi madre, Ivonne Pahlen, es bailarina y coreógrafa y estuvo muy vinculada al teatro a inicios de los años 90. A través de ella, gran amante de la música, tuve una gran cercanía con el arte y la creación. Iba con ella a sus ensayos. Entre 1994 y 1996 hicieron una obra impresionante llamada Los cuentos de Alfaguara y el arcoíris de la noche, en Casa del Teatro, la sala de Alberto Restuccia. La recuerdo muy claramente. El elenco era brutal y la música juntaba a Eduardo Mateo con Mozart con una estética muy psicodélica. Era una obra para niños pero a la vez muy profunda. Una maravilla. Calaba hondo por su visualidad, los movimientos, la narrativa. Me impactó muy fuerte”, dijo Gallardo a Búsqueda.

    Este año, esta decena de canciones que se resisten a ser etiquetadas en un género llegó al vinilo, en una edición de Little Butterfly Records que tiene la peculiaridad de estar formateada a 45 RPM, lo que redunda en la máxima calidad de audio posible.

    Mañana viernes 28 a las 21 Gallardo Pahlen presentará su opera prima en La Trastienda. Estará acompañado por una decena de instrumentistas y promete entregar nuevas versiones de los temas del disco, adaptadas para este ensamble (guitarra, teclados, batería, percusión, vientos y coros).

    —¿Cómo influyó en tu vocación el hecho de provenir de una familia de músicos y en particular la figura de tu abuelo?

    —Fue muy determinante. En la casa de mis padres había un piano de cola que había pertenecido a mi bisabuelo, Richard Pahlen, que era concertista de piano en Viena. Mi abuelo dirigió coros y orquestas durante muchos años en Uruguay y cuando volvió a Europa se radicó en Suiza, en un pueblo cerca de Zúrich. Entonces, desde que era muy chico, nos pagaba un pasaje a mi hermano y a mí para ir una vez al año. Nos quedábamos un mes, a pura música. Ahí también había un piano de cola en el living y uno vertical en el escritorio. Él no paró de trabajar hasta que murió. Nunca bajó el ritmo. Tenía el don de hacer cantar y tocar a todo el mundo. Contaba cuatro y todos hacían música. Era un maestro de la didáctica. Fundó una academia en un pueblito cerca de Berna, donde todos los años, en las vacaciones escolares, hacía La semana de los niños, un seminario en el que formaban una orquesta y un coro, ensayaban todos los días y al final hacían un concierto de muestra. También había artes plásticas y danza, y ese último día se conjugaba todo. Y yo estuve en muchas de esas semanas. Estaba en la orquesta, primero en la percusión y después en la guitarra, pero lo que más me gustaba de niño era la plástica. En el mismo pueblo organizaba la academia de verano, que era para adultos, en la que se daban masterclasses con profesores de todos los instrumentos. Había conciertos todos los días. Ahí conocí pianistas, chelistas, flautistas y otros maestros de toda Europa. Una experiencia impresionante. De hecho, cuando volví de hacer la academia de verano empecé a estudiar guitarra clásica. Me copé con ese lenguaje. También era muy impactante en cada viaje a Suiza ir a ver ópera. Él tenía un palco en la ópera de Zúrich. Me daba miedo la atmósfera operística, con esa aura trágica de sus historias y la seriedad del público, y al mismo tiempo me fascinaba. Después que él murió (en 2003) fui cada vez menos a Suiza.

    —¿Y cómo llegás desde esa sensibilización clásica y tradicional al rock y al pop?

    —Tenía todo eso que venía de mi familia y que hice propio, porque fui un niño que escuchaba a Piazzolla, Tom Jobim y João Gilberto, pero al mismo tiempo, cuando estaba con mis amigos, escuchábamos Red Hot Chili Peppers a morir, y sacaba todos los solos de (John) Frusciante. Y me iba copando con sonidos eléctricos. Uno de mis primeros recuerdos musicales es mi viejo tocando rocanrol en una guitarra eléctrica y yo tocando, sin saber, las cuerdas al aire en otra viola y cantando. Nunca hubo prejuicio con los géneros en mi casa. Igual que un carpintero trabaja con todas las maderas.

    —Te tomaste tiempo para publicar tu primer disco. Por el cuidado en el sonido y por la producción de estudio, pareciera que fuiste acumulando composiciones y filtrando durante años, que hubo una maduración. ¿Es así?

    —Sí. Esa relación tan profunda con la música generó que grabar para mí fuera un hueso duro de roer. Creo que soy muy exigente conmigo mismo, un perfeccionismo directamente vinculado a haber escuchado tanta música desde chico. Siempre supe que cuando hiciera mi aporte a este mundo, lo iba a pensar bien. Siempre entendí que hacer música es una retribución a la música, a todo ese caudal sonoro que me formó y que me hizo tan bien.

    —¿Llegaron a este disco algunos de los primeros temas que compusiste?  

    —No, no está ninguno. Comencé a componer a los 15 o 16, más o menos. Después, sobre los 20 años mis composiciones se volvieron más complejas. Eran muy intrincadas, con muchos acordes. Para este disco me propuse experimentar, no me planteé directrices. Quería que fuera un disco abierto en todo sentido, por utilizar todo el espectro de frecuencias, desde las más graves a las más agudas, y porque puede ser escuchado por mucha gente, en cualquier etapa de la vida, desde un niño a un anciano.

    —No te interesaba encasillarte en un género, pero lo escuchás y de inmediato se instalan los Beatles en el aire, por ejemplo, en Las mañanas… 

    —Sí. Las influencias están, por supuesto, y tengo mucho de los Beatles adentro, pero trato de componer sin ideas tan claras en mente. Esa canción tiene una melodía muy simple, que incluso se reitera en otros temas del disco. Y eso de las melodías simples es algo más de Mateo (tararea Lala y De nosotros dos). Lo de los vientos viene de Penny Lane, en la que McCartney saca esa idea de Bach, de su Concierto de Brandenburgo. Por eso en Las mañanas esa melodía la hace un fliscorno. Cuando decidí hacer el disco, ya tenía los bocetos de las primeras cinco canciones. Había empezado a conocerme con el programa que uso para grabar. Lo hice casi todo yo mismo, la mayoría en mi casa.

    —¿Mariano solo bien se lame?

    —Sí, de hecho, lo maqueteé entero en mi casa, con todos los arreglos. De ahí fui a un estudio y reemplacé pista por pista. Grabé la mayoría de los instrumentos, salvo vientos, cuerdas, coros y una batería. Cuando decidí que haría el disco retomé esos cinco bocetos y entretanto aparecieron las otras cinco. Eso estuvo bueno porque pude llevar al papel emociones bien frescas, surgidas en ese momento que estaba atravesando. Eso a la obra le da un buen balance entre mi pasado reciente y mi presente.

    —El nombre del disco, misterioso y luminoso a la vez, y la foto de portada, ese paisaje tan impactante y placentero, tienen una gran potencia emotiva, a la vez que gran coherencia con el concepto sonoro…

    —Podría definirlo como una coherencia lograda más por intuición que por planificación. Del mismo modo, grabé los temas en el orden en que se escuchan, para tener una coherencia narrativa. Cuando terminaba de grabar un tema pensaba en cuál quería escuchar para que el viaje continuara su marcha y su arco. La foto también la saqué yo, en formato analógico, desde uno de los puentes peatonales de la Ruta Interbalnearia. Y el caballo realmente está pasando por ahí (ríe). Luego la foto tuvo un proceso plástico bastante complejo porque le agregué las montañas del fondo, que las pintó un artista plástico uruguayo llamado Camilo Núñez. Con las montañas quise una imagen abierta, con un paisaje más ambiguo. Es Uruguay pero puede ser muchos otros lugares. Y el nombre también contiene varias posibilidades. Cuando alguien lo lee o lo escucha tiene el espacio poético abierto para hacer su propio recorrido; a cada uno le puede resonar algo distinto.

    —El tema que da nombre al disco tiene un perfume abrasilerado...

    —Totalmente. No es un samba ni una bossa pero tiene una conducción armónica muy brasileña, no por la melodía pero sí por lo que pasa con los acordes y cómo se van moviendo. Y ahí tengo que nombrar a Jobim, que es un compositor que me encanta por su amplio espectro, desde la tristeza absoluta y desgarradora hasta esas bossas superligeras y divertidas, pasando por el rango del medio, que es esa melancolía bellísima que tiene su música.

    Vida Cultural
    2022-10-26T23:11:00