Dentro de la temporada del Centro Cultural de Música se presentó el lunes 25 en el Teatro Solís la Geneva Camerata, una orquesta de 30 músicos jóvenes, 17 cuerdas, ocho maderas, cuatro bronces y percusión bajo la conducción de David Greilsammer.
Dentro de la temporada del Centro Cultural de Música se presentó el lunes 25 en el Teatro Solís la Geneva Camerata, una orquesta de 30 músicos jóvenes, 17 cuerdas, ocho maderas, cuatro bronces y percusión bajo la conducción de David Greilsammer.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNacido en 1978 y formado en la Escuela Juilliard, Greilsammer es un pianista israelí de técnica consumada. Desde el comienzo de su carrera llamó la atención por la originalidad en la formulación de los programas de sus recitales y en sus grabaciones y por la absoluta libertad con que encaraba la interpretación de las obras. En sus manos era posible escuchar autores contemporáneos pero también un Mozart o un Bach muy atractivos, desbordantes de musicalidad y al mismo tiempo diferentes al común de las versiones, por fuera de lo que se considera el canon interpretativo, si es que este existe.
El Greilsammer que vimos el lunes dirigiendo una orquesta no difiere en lo esencial del pianista que acabamos de reseñar. Sigue siendo el músico ecléctico, armador de programas donde se juntan lo viejo y lo nuevo. Pero lo más interesante es su mirada aguda, fresca y novedosa para interpretar lo viejo. Las dos partes del programa se iniciaban con una obra moderna. En la primera, The unanswered question, del norteamericano Charles Ives (1874-1954), una miniatura de seis minutos, una trompeta repite varias veces una frase que pregunta por el misterio de la existencia y cada vez recibe la respuesta de un farfullar de dos flautas, un oboe y un clarinete. Mientras se produce ese diálogo entre la trompeta y las maderas, un fondo constante y lento en pianísimo de las cuerdas contribuye a crear un clima misterioso y distendido, apenas interrumpido por las frases entrecortadas de las maderas. Puesta así en palabras, la obra no dice mucho, pero escucharla es una experiencia única. En verdad hay como un clima de trascendencia en el discurso del conjunto en esta obra que ya cumplió 70 años desde su estreno.
La obra contemporánea que inició la segunda parte fue Variaciones del tema I got plenty o’nuttin (de Porgy and Bess), de Gershwin, compuesta por Jonathan Keren, uno de los violinistas de la orquesta. Obra breve concebida para cello y orquesta, transita al comienzo por la base armónica de Gershwin con alguna tímida insinuación de la melodía original hasta que solista y orquesta la cantan hacia el final. Sirvió para confirmar las bondades de Pieter Wispelwey, el violonchelista holandés que en la primera parte había hecho el Concierto en Do mayor de Haydn (1732-1809), y que mostró un sonido generoso, dedos muy veloces en la mano izquierda y un arco que hizo hablar al instrumento con un timbre diferente en el allegro y en el adagio.
Pero a Haydn no le hace bien que tan cerca suyo en un mismo concierto haya algo de Mozart. Lo que en Haydn es equilibrio, amabilidad, justeza y dulzura, en Mozart es todo eso pero además disonancias, modulaciones, audacia, contrastes y sorpresa permanente. En fin, un talento casi sobrenatural. Todo eso está en la Sinfonía Nº 40 (I.K. 550), de Mozart (1756-1791), que cerró el programa y de la que Greilsammer hizo una lectura interesante y diferente. Su Mozart no busca el sonido homogéneo del conjunto, tan caro, por ejemplo, a la escuela alemana. Es un Mozart transparente donde es posible escuchar cada sector de la orquesta en su contribución al tutti y muchas veces con subrayados que nos permiten descubrir nuevos sonidos. Pero esa transparencia nunca conspira contra una visión de conjunto y entonces logra ser enérgico y hasta dramático en el allegro inicial, deliciosamente dulce en el andante llevado siempre a un tiempo que no decae, con derroche de gracia en el original minué y nuevamente enérgico y cristalino en el allegro del final.
Si algo faltaba para confirmar este aire fresco en el enfoque, fue el último movimiento (Allegro vivace) de la Sinfonía Nº 8, de Beethoven, que hicieron fuera de programa. A una velocidad de vértigo, nuevas sonoridades emergieron del conjunto, sin perder nunca el espíritu unitario de la obra y el hálito de su autor. Este Beethoven que nos dieron de yapa nos recordó a aquel de Giovanni Antonini que el Centro Cultural nos trajo en el 2014. Y además nos dejó con ganas de más Beethoven. Un amigo me comentaba a la salida que estos son los Mozart y Beethoven del siglo XXI y creo que tiene toda la razón.