N° 1742 - 05 al 11 de Diciembre de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl incidente con Miguel de Unamuno (y la vasta invención que lo siguió), ha conseguido velar un poco a quien fuera una de las figuras más emblemáticas del alzamiento nacional de 1936. El general José Millán Astray, fundador de la Legión y primer editorialista de Radio Nacional, en efecto, es recordado más por sus combates retóricos que por sus muchas hazañas bélicas que lo convirtieron en un mutilado múltiple; lo que en cierto modo es injusto, pero también circunscrito a la realidad, puesto que en ambos terrenos mostró el mismo insensato y admirable coraje.
Durante la década de los 20 Astray fue herido en por lo menos cinco ocasiones. Perdió un brazo, le volaron un ojo, un disparo le hundió la mejilla, tenía una pierna totalmente paralizada, un par de balas estuvieron alojadas peligrosamente en su tórax y una le quedó para siempre en el hombro. Aun así, como buen militar de las tropas españolas en África —que se templaron en acres y frecuentes combates hasta épocas muy recientes— mantuvo en alto su moral y supo transmitir entusiasmo y audacia a subalternos y superiores por igual. Le costó, sin embargo, levantarse de la infamia; la herida de Salamanca lo acompañaría como una sombra en este y en el otro mundo.
El interesante libro de Luis E. Togores Millán Astray, legionario (La Esfera de los Libros, 2003) cuenta en parte la vida militar, la vida política y en pequeña porción la vida personal de este ineludible referente del espíritu patriótico español en un tiempo en el que su país se abismó ante la perspectiva de quedar secuestrado por las fuerzas comunistas, y convertirse en una suerte de infierno análogo a la Unión Soviética. El décimo capítulo de la obra está dedicado a reunir y relacionar todas las versiones que hay en torno al episodio que tuvo lugar el 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, en presencia de la esposa del Generalísimo Franco, Carmen Polo, de catedráticos de esa casa de estudio, de milicianos nacionales, legionarios, estudiantes. Allí, en la mesa, para celebrar el Día de la Raza, presidía el rector honorario Miguel de Unamuno, que había saludado con alborozo el alzamiento nacional, pero que entonces estaba compungido por el alto grado de violencia que había ganado al país, en cualquiera de los bandos.
Según el autor, hay por lo menos cuatro versiones recibidas del hecho; una de ellas sostiene que Unamuno habló sobre el espíritu de concordia, sobre la necesidad de la razón en tiempos de desencuentro y que Astray, junto a sus legionarios de África, lo interrumpió con la arenga “¡Viva la muerte!”, que era la seña de identidad de la Legión y que significaba que quien se alistaba para el servicio debía darlo todo a la Patria. Otra versión —la roja, la que no está fundada en testigos— afirma que Astray hizo callar a Unamuno y este le respondió de manera altiva, con aquello de “venceréis pero no convenceréis” y aludiendo despectivamente a sus mutilaciones y a su afición a la guerra. El propio general, años más tarde (1942), explicó el hecho de la siguiente manera: al parecer Unamuno defendió el sentido de los separatismos vasco y catalán, dando respuesta a un orador que lo precedió, y para agravar la cosa, en el clima de guerra, elogió la actitud de un líder nacionalista filipino, Rizal, que se había enfrentado al ejército español, siendo responsable de innúmeras bajas. Ante eso el general mutilado le pidió una interrupción y como Unamuno no se la concedió, se dirigió a la platea y dijo: “Estudiantes: Cuando volváis purificados de la guerra y entréis a estudiar en las aulas, tened mucho cuidado con los hombres sutiles y engañosos que con palabras rebuscadas y falsas llevarán el veneno a vuestras almas”.
Por este lado parece estar la verdad, según lo testimonia también José María Pemán, asistente al acto. El hecho habría tenido esta secuencia: un profesor habló, mentó el daño de los separatismos, Unamuno pidió la palabra, habló en contra de la guerra como solución, invitó a la compasión, invitó a respetar las particularidades nacionales, elogió increíblemente la figura del enemigo filipino y dijo que no había que manejarse con la lógica de la guerra sino con la razón. Es en ese momento que levantando la mano lo interrumpe Astray, que eleva su voz contra “la intelectualidad traidora”, los legionarios lo aplauden, y él les dice “¡Viva la muerte!” para saludarlos como era habitual. Ahí se produce una confusión de gritos y ante el temor de desmanes —los ánimos estaban encrespados desde antes del acto— el propio Astray le pide a Miguel de Unamuno que se tome del brazo de la esposa de Franco para salir debidamente protegido de la Universidad. Doña Carmen lo llevó en su auto hasta la casa y le ofreció toda su ayuda, lo que Unamuno, que la conocía y apreciaba, agradeció encarecidamente.
Me parece consistente esta versión; pienso que todo lo demás es leyenda interesada. Calumnia.