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    La pandemia no construirá el futuro

    N° 2066 - 02 al 08 de Abril de 2020

    El coronavirus tuvo la peculiar virtud de disparar prospectivas donde los cambios y las transformaciones del “día después” van desde lo dramático a lo totalitario, sin olvidar la opción revolucionaria o la posibilidad de bifurcaciones donde elegiremos entre el mandato autoritario y el poder ciudadano.

    Si bien podemos consensuar que esta experiencia global, por original e inédita, no pasará sin huella, su profundidad y características serán muy diferentes según el lugar y la sociedad. Quien suponga un cambio general y planetario sigue homogeneizando la realidad mundial que, hace ya mucho, quedó en claro que es múltiple y diversa. Esperar una mutación radical y sincrónica es imposible. La esperanza de repetir el estilo transfronterizo de 1789 quedó desconfirmado por todo el siglo XX, desde octubre de 1917.

    Descartado el cambio general, el espanto hacia la afirmación de la vigilancia orwelliana tiene un lugar preferencial en las especulaciones. Pero ¿ese control no está instalado desde hace décadas? ¿Cuánto le cuesta a un Estado ubicarte o seguirte, rastrear tus pasos o tus acciones? Uruguay, un país tan democrático como ilustrado, vivió hace poco un escándalo cuando se descubrió la vigilancia en democracia de sus servicios de inteligencia sobre organizaciones y ciudadanos. El control tan temido existe hace años y todos somos pasivos ante una realidad tan evidente como peligrosa. Temer a futuro por lo que existe no es de recibo para un análisis prospectivo.

    Soñar el día después

    Cuando la pandemia termine todos nos reencontraremos en una euforia casi natural. ¿Pero el golpe qué cambio profundo y realista dejará? El capitalismo seguirá tan vivo como siempre, el mercado será el instrumento probado y probable para reactivar la economía, que será golpeada a escala mundial como nunca antes. La inyección monetaria para la reactivación es la solución esperable, pero tal vez el endeudamiento masivo no tenga el costo ni los intereses de otras épocas. El capitalismo necesita que todos los jugadores se reactiven y pronto, nadie puede jugar al póker en soledad, y cuando los apostadores quiebran la banca ofrece préstamos para que el casino no cierre. Pero la crisis no es el virus; desde el año pasado los principales analistas llaman a cerrar las escotillas, convencidos de que el presente nos traería una crisis de proporciones épicas, como la que comenzó hace un par de meses, y para la que el sistema no tiene una respuesta viable o sostenible.

    Es probable que la crisis económica —financiera y productiva— necesite de una solidaridad singular. Los últimos cimbronazos del capital fueron solucionados con inyecciones monetarias y aperturas de mercados, pero las asimetrías de las coyunturas permitían que unas zonas del planeta fueran locomotoras que halaban a los rezagados para sacarlos del pozo. Hoy todas las regiones fueron golpeadas, ninguna tiene la fortaleza ni el poder de tirar por todos para salir adelante. Se impone, entonces, un acuerdo económico de mercado que, obviamente, será en algo solidario, pero en mucho especulativo, basado en la ganancia y el poder.

    No habrá cambios en las correlaciones de fuerza global. La geopolítica seguirá su curso actual, afirmando más el papel de Asia y de su sudeste, pero Estados Unidos mantendrá la rienda financiera planetaria, su poder de negociación, su capacidad impositiva, su dinámica tecnológica y su papel militar. Y en la disputa interimperial nada cambiará, con Rusia igual que antes, aliada a China, y una Unión Europea interpelada y en problemas mirará hacia Berlín, que ratificará su liderazgo. El sistema de libertades y garantías no puede estar en discusión, por más que muchos quieran cuestionarlo. Es más, la pandemia dejará una huella importante en el enriquecimiento de la democracia. Y no será por la solidaridad, sino por la tecnología.

    Muchos de los encerrados, 3.000 millones en el mundo, optaron por versiones de teletrabajo o comunicación a distancia, popularizando aplicaciones de contacto. El entrenamiento en su uso fue obligatorio e inevitable y saldremos más duchos en su manejo, y en consecuencia tal vez habilite mejoras en la manera de trabajar, facilitando las labores, abaratando costos e, inclusive, aumentando la productividad. La biología terminó de instalar la revolución tecnológica y no la necesidad económica. Y las consecuencias de este cambio podrían incidir en la calidad democrática, gracias a los instrumentos masivos para hacer oír nuestra voz, nuestros proyectos y nuestras propuestas. Si manejamos bien la oportunidad podríamos salir más empoderados. El poder tendrá que darle atención, muy a su pesar. ¿Qué burócrata dejará de prestar oídos ante las requisitorias o ante la sapiencia de los que conocen los temas? Por supuesto que habrá reacciones en contra. Viktor Orban en Hungría obtuvo poderes absolutos que dejan a la democracia en suspenso, preocupando a sus aliados europeos. Donald Trump se declaró admirador de la eternización política china, ¿lo ayudará la pandemia a realizar ese proyecto en su país? Tal vez su tentación sea grande, pero el sistema político norteamericano parece bastante blindado para ese tipo de aventuras.

    ¿Una nueva sociedad?

    Llama la atención que ninguno de los futurólogos pusiera el foco en las consecuencias sociales reales de esta crisis. Aquellos que nada tienen, los escalones más bajos de la sociedad quedan expuestos a la muerte como ninguno. Se prevé que África sufra un “escenario italiano” en pocas semanas, y el desastre continental, si se confirma, ¿cuántos millones de vidas liquidará? ¿Cuánto preocupa a los poderes económicos la muerte de los más pobres? ¿Es una manera de solucionar problemas sociales insolubles? En Estados Unidos Donald Trump advierte sobre lo peor, en vidas y en dolor, mientras que Bolsonaro apenas lamenta las muertes inevitables, como ofrenda necesaria para no parar la economía.

    Un virus nos arrinconó en nuestras casas, para aquellos que tenemos la suerte de tenerla, pero también interpeló convicciones ideológicas que se creyeron victoriosas. Uno de los dilemas para el día después será el papel del Estado. Sin Estado todo hubiera sido infame; sin sistemas de prevención social y de salud amplios queda claro que todo es peor. El papel de lo público rompe los ojos; ¿será el momento de un nuevo Estado de bienestar para los sobrevivientes? ¿O se afirmará el valor de lo privado haciendo de la salud pública una mercancía como tantas? Quizás la experiencia vivida ponga en evidencia la necesidad de ser un poco más humanos con nosotros mismos. La necesidad de nuevos contratos sociales estará en el aire, ¿habrá alguien que se atreva a asumirlos? ¿O serán los hechos los que impongan su realización ante los riesgos sociales que sobrevendrán? Una realidad de crisis, no ya económica sino existencial, con posibilidades de protesta y de comunicación renovadas, puede ser explosiva si no se ofrecen alternativas viables y esperanzadoras.

    La pandemia, el Covid-19, simplemente asustó a todos, porque afectó a todos, sin reparar ni en las propiedades ni en las cuentas de banco. En Uruguay ingresó por el segmento más rico de la sociedad, y al día de hoy los barrios pudientes tienen el nivel de contagio más alto. Atacó gobernantes, nobles y plebeyos, judíos, musulmanes y cristianos. Y fue la ciencia, no Dios, el recurso exigido para salvarnos. El virus también cuestiona ritos y religiones, dioses y plegarias. En Brasil, un pastor evangélico sostuvo que Dios era la cura, mantuvo abierto su templo y murió poco después. ¿Hasta qué punto se mantendrán en cantidad y calidad las creencias y los creyentes?

    Decíamos que ninguna sociedad sale indemne de una experiencia de este calibre, pero hoy es el mundo entero el que fue tocado en sus realidades tan diversas; todos quedaremos marcados de una u otra forma. No habrá cambios radicales ni caídas en locuras totalitarias más allá de las existentes. Pero sí habrá más y nuevas experiencias producto de los encierros y de la cercanía de la muerte. El peligro hermana, un poco por solidaridad y otro tanto por miedo egoísta. Pero también separa. No dejaremos de ser lo que somos, solo habremos pasado una experiencia distinta que cada uno vivirá a su manera. Y si puede haber “condiciones objetivas” para algún cambio inquietante, será neutralizado por la correlación de fuerza favorable a los poderosos que controlan los hilos y los resortes que resultan tan lejanos como incomprensibles para el común de los mortales.

    La pandemia no construirá nuestro futuro, eso depende de los actores sociales y políticos, de las personas en todos sus roles, de la capacidad de hacer y de proponer, de cuestionar, de interpelar y de exigir. No será por el Covid-19 que llegarán los cambios, pero, si el virus ayudó a poner sobre la mesa las penas y lo lamentable que no se veía a simple vista, habrá cumplido una función histórica. El cambio va por nuestra cuenta.

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