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    La peor prepotencia

    Columnista de Búsqueda

    N° 1770 - 26 de Junio al 02 de Julio de 2014

    Rousseau sostenía que “el pueblo podrá equivocarse, pero siempre tiene razón”. En pocos lugares de la historia de las ideas encontré una apelación de tan dilatada y grave influencia en la realidad como en este dislate; junto con la depravada tesis de la lucha de clases y con la infundada creencia en el progreso indefinido de la humanidad, creo que esta proposición vino al mundo para envilecerlo sin remedio, para conculcar cualquier esperanza de redención de la soberanía y dignidad de las personas.

    Lo que está encerrado en la maldad de Rousseau es la pretensión de que el mayor número de integrantes de un cuerpo que toma decisiones o adopta opiniones determina la calidad de la decisión y la pertinencia de las opiniones. La trabazón ingenua de este procedimiento consiste en dar por supuesto que al igual que un concilio de expertos —un congreso médico, una cámara de teólogos, la corporación de los ingenieros químicos, el gremio de los mejores jugadores de golf— constituyen de por sí más autoridad en razón del conocimiento y de la experiencia, que un solo médico, que un teólogo aislado, que un solitario químico dialogando con su espejo en un laboratorio olvidado o que un golfista dictando cátedra a su resignada familia o quien tenga paciencia de oírlo sobre las bondades de la meditación búdica al momento del Stance. La especie dice: la cantidad es directamente proporcional a la calidad; cuantos más hay, más verdad hay, mejor es el producto, más confianza inspira, más eficaz resulta.

    Aquí reside la debilidad de la democracia, que acaba por ser su enfermedad mortal. Creer que el conjunto de los ciudadanos, por el simple hecho de ser conjunto, es un centro de decisión idóneo y hábil, tiene, como se sabe, horribles consecuencias en la historia de los pueblos y de los países. Y a la inversa: el concurso de algunos líderes preclaros, la desconfianza en esa errática sabiduría de la que habla el envenenado ginebrino, ha dado los momentos de mayor empuje y mayor prosperidad a las sociedades. En esta tesis se encuentran Plutarco, Maquiavelo, Thomas Carlyle, Emerson, y también Leopoldo Lugones, que en su libro “Elogios” (ediciones Pasco, Buenos Aires, 2009) expone algunos conceptos que de tanto en tanto conviene recordar, especialmente en esta época donde la bacanal rousseauniana se entonó y acabó por emborracharse con las cabriolas del ordinario y espeso caldo del marxismo a la violeta, que es la versión barata que se consume pródigamente por estos desahuciados arrabales del mundo real. En su texto de homenaje a la figura del General Roca, distingue precisamente los términos que muchos hoy se empeñan en mantener empastados: “Las grandes presidencias no fueron perfectamente democráticas. Más que la soberanía del pueblo, representaron la soberanía de la nación; y nadie duda ya que lo hicieron de maravilla. Es que ello constituye a su vez un hecho importante que en este momento define la orientación histórica de los pueblos de nuestra raza: lo esencial no es la democracia, sino la nación. El pueblo, como persona política, es una de las entidades la nación, pero no está sobre ella, sino dentro de ella, y al solo objeto de constituirle gobierno para el triple servicio de esta institución: conservar el orden, garantir la seguridad exterior y promover el bienestar general. Triple servicio que se debe a todos los habitantes de la nación, sean o no pueblo político”.

    Sobre la fuente de legitimidad de los gobiernos, según este concepto central de la preeminencia de la nación, dice: “El gobierno se define, pues, no por su origen, sino por su objeto. Y de esta suerte, el mejor gobierno es el que mejor sirve al país, no el que mejor fue electo”. Por eso proclama con certera determinación que hay que curarse definitivamente de esa dolencia que consiste en atribuir sabiduría y prudencia a la turba legitimada como soberana: “si las elecciones correctas producen gobiernos perjudiciales o inútiles, sacamos en consecuencia que dicho sistema de formar gobierno es malo. El gobierno es un instrumento de bienestar social inmediato, no un ensayo a crédito de postulados filosóficos” (pág. 125).

    En otras páginas, específicamente en su elogio de Bartolomé Mitre, el pensador vigoroso y específico que supo ser Lugones no ahorra observaciones acerca de la fragilidad y falta de consistencia de los gustos y decisiones de las mayorías. “La verdadera virtud —escribe con énfasis que no cuesta compartir— como toda superioridad, es impopular porque desiguala. De ahí que los pueblos no amen, por lo general, sino a individuos inferiores o mediocres, sobre todo si los adulan, rebajándose y consintiéndole viles desahogos.”

    Como habitamos en un tiempo y lugar que es el paraíso de los demagogos más funambulescos que la imaginación pueda concebir, este libro de Lugones debería leerse entre aquellos a los que todavía no se les quebró irremediablemente el ánimo para rebelarse contra la peor de todas las prepotencias, el gran becerro de oro de la democracia nacional: la vulgaridad instituida en poder. Peor maldición, créase, no hay.