Se sienta en el banco del jardín donde se sentó el Che Guevara e invita al periodista a acompañarlo. Ian Manook, que en realidad se llama Patrick Manoukian, estuvo el miércoles 8 en la Azotea de Haedo de Punta del Este para presentar su novela Yeruldelgger. Muertos en la estepa, editada por Salamandra, sobre un detective mongol y ambientada en Mongolia, con las interminables llanuras, mesetas y cadenas montañosas de ese país que se ubica entre Rusia y China, con sus monasterios ancestrales, el chamanismo y la cultura nómade, las yurtas (carpas familiares que por lo general alojan a unas diez personas) y el bullicio y la sucia modernidad de la capital Ulán Bator. Manook, con su gorro africano, parece desafiar al género policial desde un costado premeditadamente exótico: basta de policías anglosajones, franceses, alemanes, suecos o italianos. Estamos frente a un comisario llamado Yeruldelgger Khaltar Guichyuginnkhen, para acortar, simplemente Yeruldelgger, que ya es un trabalenguas.
Nuestro comisario también tiene las clásicas características del personaje de serie negra ambientada en cualquier parte: es un duro de pocas pulgas, solitario, que arrastra un amargo pasado sobre sus hombros. Leal pero de los que no transan con el sistema, representado por corruptos políticos, empresarios y algún policía débil de carácter. Yeruldelgger es un viejo lobo de mar, o mejor dicho, un animal de la insondable estepa, donde por las noches, según dicen los que allí estuvieron, la oscuridad es total.
Si el escritor es parecido a Leo Maslíah, su hija Zoe se parece a Jessica Chastain. Resulta que Zoe, de 27 años, nacida en Francia y hace ocho años radicada en Buenos Aires donde estudia cine (fue extra en Relatos salvajes), es una especie de madrina benefactora de un chico mongol llamado Gantulga, un adolescente de 18 años que piensa seguir la tradición del nomadismo, una actividad casi en vías de extinción. Zoe muestra una foto de su ahijado. Perfectamente podría integrar el casting para una película de pandilleros.
Con el fin de corroborar que el dinero enviado al chico estaba bien gastado por la organización social que se dedicaba a estas cosas, Manook, su esposa y su hija Zoe realizaron un viaje a Mongolia. En 2008 la familia llegó a Ulán Bator, donde pasó cinco semanas entre la ciudad y la estepa, conviviendo con los nómades y durmiendo en yurtas.
—Ulán Bator es fea y a la vez fascinante —aclara Manook—. Son tres ciudades en una. Hay una ciudad postsoviética, venida a menos, que se cae a pedazos; otra emergente, moderna, con nuevas estructuras y finalmente un costado espiritual que es, en cierta forma, otra ciudad. No olvidemos que Mongolia ha dado al mundo un dalái lama, que es el título mayor otorgado por el budismo. Hoy existe un renacimiento del budismo, y aquellos que iban a buscar la espiritualidad a Katmandú, actualmente viajan a Ulán Bator.
Segunda pregunta, también de cajón: ¿por qué un policial en Mongolia?
—Otra vez es culpa de ella —responde Manook y vuelve a señalar a su hija—. Siempre escribí, aunque nunca pude completar una novela. Escribía capítulos, partes.
Hace 50 años que se dedica a la escritura, entre periodismo, recuerdos de viaje, fragmentos sueltos, algún guion para cómic, algún libro publicado con seudónimo. Pero recién a los 65 años completó y publicó la primera novela del comisario Yeruldelgger, que ya va por la tercera entrega (Les temps sauvages y La mort nomade, de próxima traducción al español, también por Salamandra).
Zoe recibía cinco, ocho, diez páginas diarias de su padre. Los hijos quieren tener la aprobación de los padres, pero sobre todo, los padres quieren tener la aprobación de los hijos. En cierto momento, Zoe se cansó de la fragmentación y exigió completar la tarea: la novela entera o nada. Y su padre le prometió dos libros anuales, de géneros distintos. Hizo una lista con seis opciones: un libro de ensayos, una novela juvenil, una novela romántica, una novela policial, una saga histórica y una novela social. Y eligió la cuarta en la lista: la novela policial.
Silencio de Manook, de su hija y del entrevistador. Cantan los pájaros en el jardín.
La vida de este escritor nacido en Meudon, Francia, en 1949, fue lo más parecido a la de un nómade mongol, aunque sin las cabras ni las ovejas. Actualmente vive en París, pero de adolescente recorrió gran parte del planeta. Vivió tres meses en el Bronx neoyorquino y allí fue tomando forma —en apuntes, en su imaginación— la figura de un policía, que sería de Brooklyn y que finalmente se convirtió en el comisario Yeruldelgger. Al mejor estilo beatnik, Manook hizo un largo viaje entre Estados Unidos y Canadá a dedo. A principios de los 70 también recorrió Escocia, Islandia, Groenlandia, Perú y Brasil.
—Cuando comencé a escribir esta primera entrega del comisario Yeruldelgger no tenía nada de cultura policial. Mi cultura en cuanto a la serie negra se quedó en los 80, con Frederick Forsyth y John Le Carré. Nada más. Nunca había escrito un policial. Elegí un policial porque estaba en la lista. Me gusta el estilo novelístico y punto.
Sincero, el hombre.
Lo que sí tenía claro, en cambio, era que deseaba un ambiente mineral para su policía. Y semejante ambiente podía ser la Patagonia, Alaska o Mongolia. Y eligió este país porque además tiene una cultura chamánica.
—La muerte y el destino, caros al chamanismo, son también caros al policial —dice Manook.
Yeruldelgger comienza con un atroz asesinato: aparece en la estepa el cadáver semienterrado de una niña pequeña con un triciclo. A esto se suma el violento homicidio de tres chinos. Y todo podría tener una conexión que, como tantas veces en tantos países, incluye a los ejecutores y a quienes dieron las órdenes. Entran en juego los personajes principales de Manook: la inspectora Oyun y la forense Solongo, ambas enamoradas de Yeruldelgger. No olvidemos que en toda comisaría hay un jefe desagradable y fácilmente detestable y algún policía alcahuete. Cobran especial importancia un niño de la calle capaz de moverse como una rata en las infernales calderas de Ulán Bator, un kazajo que trabaja en un garaje-desguazadero y el cuñado de Yeruldelgger, un poderoso y duro empresario que ha sobrevivido, entre otras cosas, a la prisión en tiempos soviéticos. Ah, los tiempos soviéticos. “Triste como una terminal de autobuses rusos”, escribe Manook.
—La imagen de una niña con triciclo me ha perseguido durante 30 años —aclara Manook—. El poder de una imagen alcanza para comenzar una historia. Mi técnica es un poco intuitiva. Luego de unos párrafos o de una secuencia, no sé lo que vendrá.
Sus autores preferidos son Dino Buzzati (El desierto de los tártaros, claro), Kafka, Malaparte y Salinger. Y ama las sagas literarias, como las de James A. Michener.
—Pero Yeruldelgger está más inspirado en las series de Netflix que en las novelas policiales —acota Manook riéndose—. Mi personaje ya se ha transformado en una serie con sus tres novelas. Y la segunda está ambientada en el invierno mongol: son 40 grados bajo cero, desde el comienzo hasta el fin —y vuelve a reír.
También ama las extensiones, la extensión de la estepa y las novelas extensas. Este primer libro de Yeruldelgger tiene casi 500 páginas y material como para dos o tres novelas. La trama se bifurca, aparecen más personajes, pasan muchas cosas. A gusto del entrevistador, le sobran unas cuantas páginas.
¿El editor nunca le ha sugerido algún reparo?
—Bueno —dice Manook—, quería que Yeruldelgger viajara, que saliera de Mongolia. Pero yo no quiero. Y me pidió que bajara las revoluciones en la escena de la violación. Pero tampoco le hice caso.