• Cotizaciones
    viernes 10 de abril de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    La peste más negra

    Columnista de Búsqueda

    N° 1732 - 26 de Setiembre al 02 de Octubre de 2013

    La felicidad perfecta no existe; hay sí fragmentos de estabilidad y progreso interferidos por caudales de odio, muerte y destrucción. Ejemplo: lo que salvó a Europa, y con ello a la civilización occidental durante la baja Edad Media, que fue la recuperación de las rutas marítimas, con toda su dilatada influencia sobre las costumbres, las instituciones, los valores y la calidad de vida, también resultó fuente de su más memorable calamidad, la Peste Negra de 1348.

    Se conjetura con buenos argumentos que la epidemia vino del promisorio Oriente, al que se iba a buscar ricas mercaderías para comercializar en los principales centros de demanda que tenían su eje entre Florencia, Flandes y Champagne. Quienes estudiaron el fenómeno, por ejemplo, Jean Louis Goglin en “Les Misérables dans l’Occident médiéval” (Seuil, Paris, 1976), Simone Roux en el libro “Le monde des villes au Moyen Age” (Hachette, Paris 2004), Colette Beaune en “Éducation et cultures du debut du XIIe. siécle au milieu du XVe. siécle” (Sedes, Paris 1999) se aventuran a precisar el origen de ese mal: alguno de ellos dice que fue un navío genovés que, tocando puerto en Sicilia y culminando su larga travesía en Génova, depositó en las entrañas del occidente europeo el implacable mal.

    La peste se llevó la vida, en apenas pocos meses, de por lo menos la mitad de la población de las principales ciudades europeas. Bajo la forma bubónica o pulmonar (esta última no deja ninguna posibilidad de supervivencia), la peste golpeó a poblaciones desamparadas con velocidad eléctrica. Ha podido verificarse que la única protección más o menos fiable a la extensión del mal fue refugiarse en las zonas rurales, salir del encierro de las ciudades donde muchos antiguos habitantes de la campiña habían llegado en busca de libertad y progreso personal. No todos pudieron ir hacia el salutifero campo; solo quienes tenían propiedades. El resto, la vasta generalidad, era rigurosamente desalentada por grupos que no hesitaban en aplicar remedios todavía más terminantes que la propia enfermedad.

    Giovanni Boccacio perteneció al reducido grupo de los privilegiados a los que aguardaba una cómoda finca en la idílica protección de la campiña. Hombre de ciudad y de mediana fortuna, el escritor se refugió en sus posesiones y se dedicó a la tarea de contarle historias divertidas e indecentes a las vecinas del lugar. El “Decamerón” es el resultado no solamente de una tarea de erudición histórica que recoge parte de la memoria de la antigua Florencia, de mitos y leyendas de la antigüedad clásica, sino que es, además, el producto del sano amparo que encontró Bocaccio para discurrir el forzoso exilio al que le obligó la diseminación de la peste.

    El camino que siguió la peste puede ser trazado en cualquier mapa comercial. Todas las ciudades que van desde la Península Itálica hacia el norte y en parte hacia el este, llegando incluso a las Islas Británicas, las rutas de los mercaderes y los centros de distribución e intercambio de productos importados que estaban desgranados por el vasto hexágono francés, cayeron bajo la inquina de este mal. Es como si el principal factor del crecimiento de Europa, que fue el comercio de las ciudades y la efervescente vida de las ferias internacionales, hubieran sido castigadas con el peso de un devastador tributo; como si el campo, de tantas hambrunas, se vengara con envidia de las aglomeraciones en puertos y cruces de caminos que fueron definiendo la improvisada libertad del hombre en la Edad Media.

    De acuerdo a datos parciales, como la evolución del número de los magistrados municipales, o de la cantidad de miembros de una comunidad religiosa, se consiguió estimar la catástrofe demográfica. Así se sabe que las ciudades hanseáticas fueron literalmente diezmadas: Lübeck perdió 35% de su población, Bremen 70%, Hamburgo 76%. Se dice que París debió llorar al 40% de su población y que Florencia, para no ser menos, una ciudad que rondaba en los ciento diez mil habitantes, donó a la peste cuarenta mil almas. En Ypres, uno de los centros comerciales y de producción de tejidos más prósperos del continente, la población pasó de treinta mil a dieciocho mil habitantes.

    Lo curioso es que medio siglo más tarde, y como resultado del incesante crecimiento del comercio ultramarino, el mismo que había traído la peste, esas mismas ciudades mostraron un asombroso dinamismo económico y social, y los guarismos casi llegaron a equipararse a los que existían antes de la llegada de ese maldito navío genovés. Lo que demuestra, entre otras cosas, que en las sociedades abiertas el mal es lo episódico, un daño colateral; lo permanente es el crecimiento, el bien al mayor número.