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    La pobreza del presidente

    Mujica es pobre. Vive en un rancho y su pobreza se ha vuelto una sensación planetaria. Los principales diarios del orbe y las grandes cadenas de televisión han enviado a sus corresponsales estrella para que visiten al mandatario en su pobre rincón del Cerro y testifiquen que el presidente uruguayo (“el más pobre del mundo”) se caracteriza por su vida franciscana y su falta de comodidades. Y los uruguayos, contentos y orgullosos, baten palmas reales y virtuales por el privilegio único de tener un presidente único como Mujica. En cierta manera, seguimos siendo campeones mundiales, aunque ya no en fútbol.

    Pero este relato es mentiroso y fantasioso, tanto o más fantasioso que las historias de Harry Potter. Y es que Mujica no es pobre. A menos, claro está, que en este Uruguay patasarriba tener una fortuna personal de muchos cientos de miles de dólares (hay quien la calcula en casi un millón de dólares) sea sinónimo de pobreza.

    ¿Cuánto vale un campo de más de veinte hectáreas con sus instalaciones, habitaciones y maquinaria dentro de los límites de Montevideo?

    El hecho de que la gente, aun sabiendo que Mujica posee una chacra de tales dimensiones en la capital (amén de una colección de tractores y otras piezas de valor), siga subrayando su pobreza, nos muestra que estamos frente a una nueva versión del cuento de H. C. Andersen sobre las ropas inexistentes del emperador. Todos sabían que el emperador andaba desnudo por la calle y todos saben que Mujica es propietario de un respetable pecunio, pero así como antes insistían en alabar los inexistentes ropajes del césar, ahora insisten en alabar la inexistente pobreza del presidente.

    El cuento de Andersen era una variante moderna de un cuento medieval: variante, a su vez, de un cuento de la Antigüedad. Pues bien: el cuento de la pobreza de Mujica es una versión contemporánea de la misma historia. O sea: la misma engañapichanga de siempre pero con diferentes personajes.

    La razón de esta sinrazón radica en el peso decisivo —y positivo— de la pobreza en el paisaje mental de las sociedades atrasadas. La pobreza, en estos países del eterno amanecer, representa el mayor tesoro humano. Por lo menos dentro del campo de los ideales, pues luego, en la práctica, todos quieren sacarse el 5 de Oro o recibir una herencia de un tío millonario, pues como bien se sabe, es muy duro llegar a rico trabajando.

    Como señalé en mi libro El tercer Uruguay (un anuncio de lo que íbamos a presenciar hoy en la República), el discurso sobre el valor de la pobreza es tan viejo como las más viejas fuentes escritas que conocemos. Miqueas y otros profetas hebreos, por ejemplo, defendieron hace más de 3.000 años las cualidades morales de los pobres en textos que hoy forman parte del Antiguo Testamento. San Jerónimo, autoridad emblemática de la Iglesia durante 16 siglos, sentenció que solo los ladrones o sus hijos podían hacerse ricos. Antes de ello, un protosocialista como San Lucas había transmitido su versión del mensaje del Sermón de la Montaña escribiendo “bienaventurados los pobres, pues de ellos será el Reino de los Cielos”.

    En otro libro (La herencia) dediqué un capítulo al problema de los pobres en la España que conquistó y moldeó América, aludiendo a uno de los más largos y sesudos debates de aquella época: ¿qué hacer con los pobres? Ese debate fue ampliamente ganado por quienes defendían el valor sagrado de la pobreza, “que nos acerca a Dios”.

    En las sociedades que nunca han logrado crecer, desarrollar sus potencionalidades y convertirse en países de bienestar, al pobre se lo ve como alguien bueno, humilde, trabajador, solidario, generoso, desinteresado y demás. Una verdadera víctima de los poderosos. Por ende, el rico representa lo peor, pues es malo, es egoísta, es individualista, es chupasangre por naturaleza, está enfermo de avidez, es vago y, como dijesen las señoras de antes, ”no tiene corazón”.

    Basta con ver el entusiasmo y el delirio que causó el papa Francisco en los países cristianos del eterno amanecer cuando anunció que quería “una Iglesia pobre para pobres”. Nos recuerda, sin mayores vueltas, que San Lorenzo, cuando el emperador romano le exigió que entregara las riquezas de la nueva Iglesia, le respondió que esas riquezas estaban constituidas por los pobres (quizás esto explique no sólo por qué Bergoglio eligió el nombre de Francisco sino que también por qué es tan hincha de San Lorenzo).

    Pero volvamos al tema. Mujica no es pobre. Por el contrario, es más rico que la mayoría de los uruguayos. Es más rico también que muchos políticos “burgueses”, odiosos representantes de “la oligarquía explotadora”. Pero el ideal y el peso de la pobreza en el universo mental del mundo pobrista son graníticos. Y contra eso no hay argumentos o pruebas o declaraciones juradas que sirvan.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor