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    La responsabilidad social

    Sr. Director:

    Nuestras irresponsabilidades. Hace años se habla de responsabilidad social empresarial (RSE) y algo se practica. ¿Es suficiente? No.

    ¿Cómo puede pedirse o exigir a las empresas lo que no se asume ni se practica en lo individual? Admitámoslo: hay un trasfondo de índole cultural e idiosincrasia. La suma del individualismo y el relativismo del “más o menos” posterga los compromisos: Se zafa de las responsabilidades.

    Lo previo nos trae a la responsabilidad social individual del ciudadano (RSC), que es la forma natural de vincularnos con la sociedad. Para colmo, la RSC está insuficientemente definida y se practica poco. Lo que se hace o no se hace individualmente repica en el entorno, sea este cultural, social o medioambiental.

    Ahora bien, si la RSE (empresas) se nutre en última o primera instancia de la RSC (ciudadana), es necesario plantear otra, tanto o más importante: La responsabilidad social institucional pública (RSIP).

    El concepto RSIP aplica a los responsables de diseñar, administrar, gestionar, ejecutar o controlar las políticas públicas. En los poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), los entes autónomos, las empresas públicas y su descendencia de hijas y nietas, las agencias (el Ejecutivo esquiva el control parlamentario), los organismos de contralor, las intendencias, etcétera. Sus acciones e inacciones vía leyes, decretos, regulaciones o prácticas repercuten de forma notable sobre el sustrato de la nación, la ciudadanía.

    Para colmo, la RSIP debe darse hacia dentro y fuera de cada institución. En salud se exige el cumplimiento de metas e indicadores a las instituciones privadas, y ASSE las omite. Lo mismo en la educación, medio ambiente, seguridad, producción, etcétera. La incoherencia: Se ordena qué hacer pero el Estado no lo cumple.

    La primera tarea de la RS Ciudadana debiera ser dar fiel cumplimiento de la RS Institucional pública.

    Pero para ello debemos complicar —¿o simplificar?— un poco las cosas. Resulta que la RSC, RSE y RSIP requieren, inexorablemente, tener claro algunos abordajes previos que brillan por su ausencia.

    Una es la nebulosa que se advierte cuando los políticos hablan de la tríada de ética, legitimidad o legalidad: conceptos parecidos e interrelacionados, pero necesariamente diferentes. Dejémosle lo legal a los jueces, lo legítimo a la conciencia y lo ético al consenso de la nación. Confundirlos sin ton ni son resultan en una indigesta “olla podrida”. Lo ideal es atenderlos, relacionarlos, complementarlos y armonizarlos en su justa medida. Tarea pendiente.

    Una segunda es reflexionar y distinguir la tríada de ideologías, ideas e ideales. Vinculado a lo previo. Vivimos una era en que el péndulo fue atraído por las ideologías en detrimento de los ideales, cuando el fiel del balance son las ideas. Otra mezcla indigesta. Tarea pendiente.

    Tercero, en el parlamento y en los partidos políticos se habla de códigos de ética que no se concretan y —según tengan comités o tribunales— emiten recomendaciones o resoluciones propias de niños mascando chicle: lo estiran a límites increíbles y emiten globos sin repercusiones prácticas. Decretan el RIP, réquiem in pace, de la RSC y la RSIP. Tarea pendiente.

    La cuarta, ¿qué tal adoptar el “prohibido prohibir” del mayo francés? Referido a la moda de “prohibir” firmar o votar en contra de lo que dice el partido o el sector. ¿Partidos de “hombres libres” a los cuales se les prohíbe actuar a conciencia? Aquí la tríada remite a “partidocracia”, “líderocracia”, o democracia. ¿Vamos a ser tan hipócritas de defender la bendita libertad de prensa y, simultáneamente, acallar de forma autoritaria las conciencias individuales? Hora de releer Los partidos políticos de Robert Michels (1915), que refiere al “estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia”. Mantiene vigencia plena.

    En casos graves y trascendentes es razonable plantear la disciplina política. Pero en casos de interés sectorial y circunstancial es lógico respaldar la libertad de conciencia individual sin cortapisas. Según sea el caso, inclinar el fiel de la balanza hacia la RSIP o la RSC.

    Estos intríngulis, ¿se abordan y resuelven ahora, o se postergan para el próximo quinquenio? Si fuera por lo hecho hasta ahora, será postergado; si es por lo que se puede y debe hacer, sería para hoy mismo, sin dilaciones.

    A fin de cuentas lo que se requiere es: 1) La RSC, de los ciudadanos políticos, de dialogar, definir, decidir y acordar o pactar, y 2) la RSIP, institucional, con los responsables de poner en práctica lo acordado.

    El tema parece complejo y difícil. O, si se le pone pienso, decisión y voluntad, relativamente simple y fácil. Para un país con un territorio bendecido por la naturaleza, con poco más de tres millones de habitantes y con un talante dialogante sin grandes brechas, parece absurdo no apuntar a la excelencia y lograr lo óptimo. Es posible.

    Entre la mediocridad y la excelencia nacional está la ciudadanía. De aquí en más debemos tener claro en qué estamos, cómo nos va y cómo nos irá si logramos cambiar la pisada. Si seguimos como vamos se nos escurre el futuro posible. Si cambiamos lo construimos.

    Trastoquemos el título: Dejemos de lado las irresponsabilidades, asumamos nuestras responsabilidades.

    Gonzalo Pou