N° 1731 - 19 al 25 de Setiembre de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSostenía Scoto Erígena que “no hay nada visible y corpóreo que no signifique algo incorpóreo e inteligible”. Bajo esta premisa se ha edificado no solamente la ética del hombre medieval, sino el arte en los distintos momentos de ese período. La idea dominante es casi platónica: la realidad inteligible emite una suerte de sombra sobre el mundo sensible, que no es otra cosa que una mustia réplica del mundo esencial.
Con frecuencia esa copia o testimonio de lo real se expresa en el lenguaje del símbolo, que tiene la virtud de poder encerrar ideas complejas y comunicarlas con velocidad y elocuencia en distintos registros de comprensión. Quien haya embellecido sus días y sus noches entre las páginas de la comedia de Dante, por ejemplo, sabe muy bien que detrás de cada figura, de cada imagen, de cada una de esas espectrales acciones que ocurren en el reino de ultratumba, se agitan reflexiones, valores o conceptos que tienen que ver con la perspectiva moral, política o teológico-filosófica de un autor cuya curiosidad ha sido infinita y universal, aunque estuvo profundamente atado a las cadenas del siglo y de la ciudad que lo cobijó, que lo humilló, que afrentosamente lo desterró, y a la que tanto amó.
La etimología del vocablo griego symbolum nos remite a la noción de una cosa única dividida en dos partes; así, una cruz es una figura geométrica formada por dos líneas que se atraviesan o cortan perpendicularmente (dicc. R.A.E) y solamente eso. Pero a ella se asocia el supremo sacrificio de Jesús, manifestación central de su doctrina de la salvación por medio de la entrega sin reservas. Para quien ignore esta última acepción, la cruz es la simple y desnuda figura de la que nos habla el diccionario, un elemento frecuente en la construcción de herramientas y poca cosa más. Pero ya significa muy otra cosa para el que está meramente informado de la historia del cristianismo, y significará muchísimo —será centro de devoción y de meditación— para quien participa de su mensaje, de su incesante apelación redentora; un creyente verá en la cruz la suma y resumen de la totalidad de la pasión y muerte de Jesús.
Lo no visible, pues, es la parte que importa de lo visible. En esto puede resumirse la estética medieval, según la estudian con solvente precisión y vasta asistencia de una muy calificada bibliografía dos profesores de la Universidad de Milán, Mariateresa Fumagalli y Beonio Brocchieri, en La estética medieval (La Barca de Medusa). Consideran estos autores que la abundancia y dispersión de los símbolos que se registraron en la Edad Media acabaron por configurar una gramática que luego sería la base de muchos lenguajes visuales a lo largo de la historia occidental. En su opinión, junto a las obvias referencias teológicas se verificaron nociones morales o lugares comunes merced a cuya repetición fueron forjándose distintas creencias o verdades que habrían de diseminarse en distintas modalidades artísticas de épocas posteriores.
Son interesantes los ejemplos que invocan para ilustrar su premisa: el perro es un notorio símbolo de la fidelidad en todas sus connotaciones; la liebre, que connota lujuria y belleza, tiene suerte diversa: tres liebres unidas por las orejas significan la Santísima Trinidad, pero una liebre al pie de la Virgen María significa el triunfo sobre la carne. Por su parte, a la rosa se le añade a su virtud de curar borracheras la condición de favorecer el sigilo, la discreción; de ahí su uso frecuente en la decoración de los confesionarios. Uno de los casos que supera a los anteriores por su especificidad y, quiérase o no, por su exotismo —dado que ya perdió actualidad— es el del unicornio, figura recurrente de la ardiente imaginación medieval. “El unicornio es un animal tímido y salvaje. Sería imposible capturarlo si no fuera porque tiene una debilidad: adora a las vírgenes. Cuando una muchacha virgen le llama, acude rápidamente y coloca su morro (mitad caballo y mitad cabra) en su regazo. Mientras la mira dulcemente se deja acariciar. Se trata de una trampa (¿es consciente de ello la muchacha?): los cazadores llegan de inmediato y lo matan. Esas son, sucintamente, las características y la trágica historia del unicornio o liocornio en la literatura y en las representaciones figurativas medievales”.
La literatura y parte de la iconografía medievales nos contarán las desventuras de damas ingenuas al tratar con estos amables especímenes de un mundo perfectamente ordenado al bien y a la armonía y en el que las discontinuidades, los desvíos y las tentaciones se pagan caro en todas las dimensiones de la existencia, en este y en el otro mundo.