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    La serpiente que se comió la cola y defecó un elefante

    Desde Polonia, Slawomir Mrozek, un escritor que se mueve entre Kafka y los Simpson

    Cada tanto uno hace grandes descubrimientos literarios. Un día te topás con Witold Gombrowicz, un señor que además de polaco tuvo la rareza de quedar estancado en Buenos Aires por muchos años y allí juntarse con otros poetas, es decir, con otros raros.

    Otro día te presentan al barroco Andrzej Kusniewicz, que ha llegado a nuestras tierras gracias a la editorial Anagrama, y soñás con él las vicisitudes de un oficial de caballería en el brumoso imperio austrohúngaro.

    Pues bien, para no salir de Polonia, saludemos ahora a Slawomir Mrozek, un escritor de cuentos breves, brevísimos, también dramaturgo y caricaturista, un fenómeno.

    El motivo es que Acantilado publicó este año La vida para principiantes, una recopilación de textos que desbordan imaginación, humor, sátira política e inteligencia. Hay algo del dibujo animado y del trazo loco que se ha metido en la letra de este hombre.

    Las minihistorias de Mrozek abarcan el mundo en toda su redondez cuadrada. Hablan del funcionario alcahuete del partido (cualquier partido, aunque en su caso está más cerca el comunista), del guardián que cuida un jarrón chino hasta que se harta, del actor que ahora es un fiambre y recibe un discurso y un sombrero ante su tumba, del bombero que asiste a los suicidas, del insufrible compañero de litera que te puede tocar en un tren nocturno, de un obsesionado guerrero encerrado en una torre, de un artista que observa las cucarachas para inspirarse, de un desfile de minusválidos en el que las prótesis y las sillas de ruedas relucen al sol y de muchas otras cosas que suenan absurdas, delirantes, imposibles, pero no lo son porque ahí está este polaco para probar su existencia y darles vida.

    Este inclasificable escritor puede comenzar por un lado y terminar por otro cualquiera, y lejos de brindar incoherencia nos acerca siempre una lucidez felina. Los animales de Mrozek hablan y en contrapartida los humanos rebuznan o bufan o emiten gruñidos. Por lo general sus piezas tienen una delicada estructura onírica con un final mordaz, un tono de caricatura y exageración que paradójicamente jamás se sale de un marco ajustado, estilizado.

    Destaca un toque filosófico a lo Voltaire pero también un raspado poético capaz de integrar la mejor antología fantástica, como en el cuento “De viaje”, que integra el libro “El elefante” (Acantilado, 2010), donde una interminable fila de hombres cuya silueta apenas se percibe, sorprende al viajero al sustituir la línea del telégrafo y transmitir a los gritos las noticias.

    Mrozek nació en Borzecin, Polonia, hace 83 años. Hijo de campesinos, durante su infancia tuvo una educación católica que luego supo valorar irónicamente en sus relatos, lo mismo que los tan delicados gobiernos comunistas que sufrieron sus coetáneos. Sin embargo, se puede burlar tanto de las máximas sacerdotales y de los totalitarismos políticos como de cualquier otro código, sistema moral u orden estatal menos absoluto, digamos. Estudió arquitectura y filosofía oriental. Se fue de Polonia y vivió en Italia y en Francia, luego volvió a su país natal. Actualmente reside en Cracovia, pero capaz que mañana se vuelve a mudar. No parece a gusto en ningún lado por la sencilla razón de que una de las viejas y más queridas costumbres de los primates es que sus semejantes no se sientan a gusto en ningún lado. “No creo que se me agoten los temas porque no estoy de acuerdo con nada”, declaró en una entrevista en 1995. Como principio para cualquier escritor o librepensador, no está nada mal.

    Entre Groucho Marx y Kafka, entre un dibujo animado que va a mil por hora y un filósofo que se toma su tiempo para exponer un sintético sistema de pensamiento, así es la narrativa de Mrozek, quien además practicó el periodismo político. Me imagino la sorna que deberían tener esos artículos y los dolores de cabeza que seguramente provocaron a sus editores o jefes. Aunque el propio Mrozek desmiente esto: “Conociendo la época de Stalin, carece de sentido decir que uno era periodista. (...) Nos limitábamos a colaborar con la propaganda”. Igual insisto: las entrelíneas deben haber horrorizado a los superiores.

    Dicen que sus obras de teatro, que le han dado más fama que sus relatos (en Europa y Sudamérica), son dramáticas. No vi ninguna, pero dudo de que no tengan humor. De todos modos ya sabemos de sobra, por Mrozek y por todos los que lo han ejercido con acierto, que el humor es cosa realmente seria.

    La vida para principiantes recopila varias de las mejores joyas (dos, tres carillas, a veces menos) de Mrozek. Un librito que se puede llevar a todos lados, una Biblia de bolsillo. Tiene apenas 142 páginas y se lee en una noche, pero atención: hay que saborear cada línea, cada imagen y cada detalle (ver recuadro) porque destilan un concentrado, una peinada mínima y furibunda a los personajes muy difícil de encontrar en la narrativa breve. Como todo lo bueno, dice mucho más de lo que parece.