Puntualmente, el Grupo Trigo, una alianza estratégica entre INIA y el Consorcio Nacional de Semilleristas de Trigo (CNST), publicó en su página web (grupotrigo.com.uy) que “algunos técnicos consultados no ven por ahora un área alejada de las 200.000 hectáreas, que sería la menor desde 2006”. Esto significaría una caída del área orden del 38?%. Sin embargo, aclaran que “algunos productores que no previeron ninguna cobertura vegetal todavía están tomando decisiones” y que es posible que “algo más” de trigo se vaya a sembrar.
Según anuncian los pronósticos, esta zafra de cultivos de invierno estaría determinada por la instalación del fenómeno de La Niña, caracterizado por un menor régimen de lluvias que, en este caso, favorecerían el desarrollo de las plantas. Para el Instituto de Investigación del Clima de la Universidad de Columbia (IRI, por su sigla en inglés), las probabilidades de que esto ocurra durante otoño e invierno en el hemisferio sur se ubican en un 75 %. En las últimas semanas elevó ese guarismo desde un 50 % que tenía pronosticado. En Uruguay, el Instituto Uruguayo de Meteorología estimó que “lo que se espera para el invierno y comienzo de la primavera, respecto a la temperatura del agua de mar en el Pacífico tropical es que esté en promedio en el entorno de un grado por debajo de lo normal. La consecuencia será una disminución de las precipitaciones y temperaturas un poco por debajo de lo que es habitual”.
Las condiciones de temperatura y humedad permitieron en la última semana el inicio en buena forma de las siembras en algunas zonas puntuales, pero en un tono general de “cautela” según apuntó Grupo Trigo, que recogió también declaraciones de Jorge Beceiro, responsable de semillas de Copagran: “La siembra de trigo comenzó con un mayor análisis de los productores a la hora de elegir los materiales, principalmente teniendo en cuenta las dificultades que se han generado en las últimas zafras en temas de calidad”.
Selección de cultivares
Precisamente sobre los aspectos relacionados con la sanidad y por consecuencia la calidad del producto final, la investigadora de INIA, Silvia Pereyra, dijo a Campo que para prever eventuales problemas de calidad lo primero a tener en cuenta es la selección del cultivar, especialmente en trigo, donde la oferta es más amplia, buscando aquellos de mejor comportamiento sanitario, aparte del potencial de rendimiento. Esta información está disponible en el portal web de INIA (www.inia.uy), donde se actualiza la información del comportamiento de cada uno de los cultivares, que los productores pueden consultar.
En segundo lugar, Pereyra destacó el uso de semilla “sana” o tratada con curasemillas para los patógenos presentes en la misma, ya que consideró importante lograr una rápida implantación del cultivo. Apuntó que es fundamental que la semilla sea “de buen vigor y buen poder germinativo”.
En el caso de los curasemillas, se refiere a los fungicidas o a una combinación fungicida-insecticida, e incluso algunos de estos registrados a partir de esta zafra, que tienen un efecto prolongado luego de la emergencia, y que son aquellos que tendrían un mejor comportamiento también pos siembra. Dijo que también una semilla con buen vigor posiciona mejor la plántula que está emergiendo frente a los patógenos presentes en el suelo.
Otro punto importante destacado por Pereyra es la calidad de la siembra de esa semilla. Recomendó especialmente no dejarla “colgada” en el rastrojo de soja, ni que tampoco quede demasiado profunda como para que le cueste emerger y por lo tanto tenga problemas de infecciones.
Dijo que el tercer aspecto a tener en cuenta es el estado nutricional del cultivo y sobre todo asegurarse que en las primeras etapas haya un buen balance, ya que en una siembra sobre rastrojos pueden haber patógenos que estén infectando rápidamente apenas emerge la planta.
Destacó que ese balance nutricional está compuesto por nitrógeno, fósforo, potasio y micronutrientes, ya que todos tienen un rol en la competencia entre la planta y el patógeno, donde cada uno aporta distintos aspectos en el cultivo como para contrarrestar enfermedades.
Después de implantado el cultivo, consideró “clave” realizar un monitoreo para poder utilizar la única herramienta disponible es ese momento, como lo es el fungicida, y tratar de posicionarse en el mejor momento a aplicar, en caso de que sea necesario, para lograr una mayor eficiencia.
En el caso de confirmarse la instalación del fenómeno de La Niña, Pereyra dijo que en general en los años secos se producen menos problemas de manchas foliares y de fusariosis, pero que, por el contrario, se dan condiciones más propicias para el desarrollo de la roya, ya que esta no necesita de la lluvia, sino que incluso puede ser hasta nociva para su evolución. Explicó que la roya solo necesita de seis a ocho horas de rocío y con eso alcanza para infectar materiales susceptibles donde puede desarrollarse bien.
Señaló que en un año seco se debe prestar una mayor atención a esos cultivares sembrados susceptibles a roya e ir siguiéndolos desde bien temprano. “La mejor herramienta contra la roya es la genética de la semilla y su resistencia a las enfermedades”, dijo, y agregó que “lamentablemente” hay cultivares muy conocidos, que son susceptibles, por lo que en esos casos la herramienta a utilizar es el control químico. Hizo hincapié en que si se siembran cultivares susceptibles se los debe ir siguiendo desde temprano, y especialmente si se producen períodos de temperaturas más benévolas, del entorno de 18 a 20 grados en el día. Cuando comienzan a aparecer las primeras pústulas ya hay que comenzar con las aplicaciones, apuntó, mientras que en los cultivares que, sin ser completamente resistentes a roya, presentan un mejor comportamiento, puede esperarse algo más de tiempo.
Aumentar dosis de nitrógeno
El investigador principal de INIA, Andrés Berger, dijo a Campo que la presente campaña de cultivos de invierno tiene diferencias con la anterior, fundamentalmente a partir de la situación climática que se tradujo en un verano seco y un otoño muy lluvioso con problemas de anegamiento importantes en muchas zonas. Esto determina una reducción significativa en la cantidad de nitrógeno disponible para los cultivos, lo que generará algunas complicaciones si el problema no es atendido en tiempo y forma.
Señaló también que un problema ya generado el año pasado y que podría repetirse en esta campaña es el hecho de que la cantidad de nitrógeno que requiere el cultivo ha ido aumentando con el correr de los años, y que no se está cubriendo con las dosis que los productores utilizan habitualmente. Para Berger, la medida correctiva a esta limitante es poner un mayor énfasis en aumentar las dosis de producto a partir de la fase final del macollaje en adelante, lo cual va a posicionar al cultivo en capacidad de alcanzar rendimientos más altos.
Esta situación de falta de nitrógeno está relacionada con el aumento del potencial de rendimiento de los cultivos de trigo y cebada, por lo que la demanda de esos cultivares es mayor en todas las zonas. Sin embargo, aclaró que en las áreas donde las chacras tienen más historia agrícola la capacidad del suelo es menor, por lo que aumenta la necesidad de suplir las necesidades de la planta con fertilizante. Dijo que intervienen en este caso dos factores: uno por el lado de la demanda, que aumentó, y otro desde la oferta, definida por la historia de la chacra. En caso de que esta tenga una historia agrícola importante con varios años de agricultura continua seguidos, la distancia con la etapa de campo natural es mayor y la capacidad de generación de aporte de los suelos es menor.
En caso de confirmarse un año más bien seco, determinado por el fenómeno La Niña, los cultivos de invierno no se verán afectados, ya que en general son años que se presentan como más favorables para el desarrollo de las plantas. Explicó que la ventaja está dada porque durante los períodos de excesos hídricos se produce una pérdida de nitrógeno que en este caso no se da, y por tanto su presencia y eficiencia es mayor. “Son noticias favorables desde todo punto de vista”, indicó.
Berger señaló que del análisis de los datos de Fucrea se observa en esos relevamientos que, en general, con la cantidad de fósforo y de potasio que habitualmente se aplican, se cubrirían las necesidades correctamente y no debieran generarse grandes problemas ni “luces rojas”. Sin embargo, dijo que también surge de esa información que las dosis de nitrógeno que se aplican son mucho más bajas que las que debieran ser para los rendimientos que hoy los cultivos podrían dar.
Dijo que el énfasis hay que ponerlo en la “encañazón”, donde en general el productor se está “quedando corto” y que tiene como primera medida la definición de cuál va a ser el rendimiento potencial del cultivo en cada chacra o incluso en zonas dentro de aquellas que presenten distintos potenciales. Una vez determinado eso, aplicar las dosis que correspondan. Un cultivo donde se puedan esperar rendimientos de 6.000 kilos por hectárea demandará dosis mucho más altas que para una chacra donde se estime una producción de 3.000 kilos por hectárea. De lo contrario podrán presentarse problemas de proteína o directamente no se van a alcanzar los resultados esperados.
Consideró que una dosis alta para un cultivo de potencial alto, de 6.000 kilos, puede ubicarse en una cifra de un entorno de los 100 kilos de nitrógeno en la etapa de “encañazón”, y unos 150 a 200 kilos para el total del ciclo. “Si el promedio hoy de Fucrea son 80 kilos, tenemos que pensar en duplicarlas”, indicó.
Dijo que las condiciones para que el trigo rinda 6.000 kilos están dadas, pero que no alcanzan esos máximos fundamentalmente porque no se les aplica suficiente nitrógeno.
Control de malezas
Alejandro García, investigador adjunto de INIA La Estanzuela, dijo a Campo que en los últimos años, a partir de la siembra directa que ha llevado a tener una mayor dependencia de los químicos, se dio un cambio en las comunidades de malezas, ya que comenzar a aplicar mayores cantidades de producto y no laborear determinó un cambio en las especies que iban dominando en las chacras. El laboreo representaba un “disturbio” muy grande para las malezas, que al dejar de hacerse, la selección grande se efectuó con los herbicidas, indicó.
Señaló que en principio se dio un cambio hacia especies más resistentes, sobre todo a los químicos más usados, y eso derivó en problemas de resistencia en algunos biotipos que antes se controlaban bien.
Subrayó que lo más importante a considerar es la planificación, que, según estimó, como consecuencia de la siembra directa y el uso de glifosatos, en muchos casos se dejó de practicar. Dijo que eso motiva que muchas veces se llega tarde a los controles, lo que determina que las aplicaciones se realicen sobre malezas grandes con los problemas que eso trae aparejados y las dificultades para coordinar acciones con escaso tiempo.
El técnico dijo que es fundamental la revisión de las chacras y realizar esa tarea con tiempo, para luego, en función de las malezas que se encuentran en el barbecho, comenzar a diagramar la estrategia que se va a aplicar para un cultivo en particular. Aclaró que siempre hay que tener en cuenta que el período crítico de competencia de las malezas para la mayoría de los cultivos son sus primeros 30 a 50 días. “Es ahí donde se juega el partido”, expresó, y agregó que si se dejan competir las malezas en ese momento, después ya se determina el potencial bajando el techo de rendimiento posible.
La forma en que se siembra “es fundamental”, explicó, por lo que la revisión del barbecho para matar realmente bien las especies presentes en ese momento, es una de las claves. Recomendó la utilización de herbicidas de suelo en caso que corresponda, a ser aplicados junto con el glifosato, fundamentalmente porque son de modos de acción diferentes a los posemergentes de uso habitual. El hecho de usar estos herbicidas previos a la siembra permite asegurar un período libre de malezas y al mismo tiempo poder rotar principios activos que van a ayudar en lo vinculado a las resistencias.
Otro aspecto que consideró importante es el de hacer una segunda aplicación del herbicida lo más “pegado” posible a la siembra del cultivo. Consideró un error bastante frecuente el de utilizar una sola aplicación en el barbecho tratando de acercarla a la siembra. Explicó que de esa manera no se da el suficiente tiempo para que salga un buen cultivo y en segundo lugar porque al dejar nacer la maleza, aunque esta sea de muy reducido tamaño, es en ese momento “que se pierde la pelea”, ya que al haberle ganado al trigo en la germinación, después evolucionan más rápido y hay que esperar que el trigo macolle para hacer las aplicaciones.
Recomendó leer con atención las etiquetas de los productos, ya que estas están “bastante” ajustadas a las necesidades para cada caso en cuanto a las dosis a utilizar. En general, para malezas pequeñas, de menor desarrollo e infestaciones moderadas, deberían controlarse con las dosis menores establecidas en la etiqueta, y por el contrario, cuando las malezas son de mayor tamaño o ejercen mucha presión sobre los cultivos, deben utilizarse las dosis mayores.
Este año en particular se está dando lo contrario a lo que sucedió en la campaña anterior. En 2015 el otoño fue muy seco, las emergencias de las malezas fueron muy pocas, y surgieron ya con el cultivo implantado. Este año, con la humedad disponible en el suelo, se está produciendo mucha emergencia de malezas, por lo que “el pico” es mucho más temprano y es “justamente” cuando deben sembrarse los cultivos. “Este año hay que poner mucho más énfasis y cuidado en el control temprano”, señaló.
Resaltó la importancia de la rotación de herbicidas, la necesidad de “reeducarse” con respecto a su uso, y de “empezar a aprender de nuevo, o acordarse de lo olvidado, estudiar los herbicidas de suelo, las mezclas y las residualidades de los productos”.