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    La silla más bella e incómoda

    El grupo De Stijl cumple cien años

    Los niños entran corriendo derechito a la silla. Está en el medio de una construcción altísima que preside el formidable hall de entrada del Banco do Brasil de Río de Janeiro, reciclado en gigante Centro Cultural de cuatro pisos. Es un lugar de indudable valor arquitectónico, con escalinatas de mármol, bóveda enorme que permite la luz natural y un entorno de columnas neoclásicas. La construcción del centro se eleva hacia la altísima bóveda y atraviesa el primer piso. Es un mastodonte liviano, de acero, de colores fuertes, armado en planos rectos. Un gran cubo rectangular hacia el cielo donde se alternan los rojos y amarillos con algunas líneas negras y azules. El que lo ve no duda en identificarlo a un pintor aunque no sepa el nombre. Es que la obra del holandés Piet Mondrian (Utrech, 1872-1944) logró ese salto universal que pocas obras o estilos dan. Es el estilo Mondrian, inconfundible, inigualable aunque se ha repetido miles de veces en imágenes de todo tipo a lo largo y ancho del mundo. El “estilo” Mondrian, su lenguaje, su caligrafía pictórica, es parte de la iconografía moderna, del mundo de utopías visuales y constructivas que emergió en los años 20 y llegó hasta hoy.

    En la entrada, en medio de ese rectángulo alto y espacioso, inspirado en la gramática Mondrian, está la silla de Gerrit Rietveld (Utrecht 1888-1964). Una silla igual pero más grande que la construida por el arquitecto y carpintero holandés. Está allí para subirse y que todos se saquen fotos. Es divertida. Nadie la compraría para sentarse en casa. Un crítico dijo que fue hecha para que se sentaran las estatuas griegas. Un diseño ideal para culos ideales. Es incómoda, pero bellísima, de una armonía insuperable. Bella como una escultura, como la más hermosa escultura.

    Esa perfección abrió las puertas a innumerables batallas por definiciones y obsesivas clasificaciones. Lo funcional parece estar reñido con el arte. Una apreciación tramposa. La silla de Rietveld tal vez no sea el ejemplo de los defensores de la aplicación cotidiana de la creación, pero son excepciones. Gana en belleza y pierde en comodidad. Es cierto que las sillas no son el mejor ejemplo. El ser humano es muy exigente con su cola. El resto de los muebles y los utensilios, así como el estilo tipográfico y varios derivados de la escuela De Stijl, inspiraron parte de la andanada visual posmoderna, la moda de cubos o cuadrados y rectángulos blancos que invadieron espacios arquitectónicos.

    El caso Mondrian se emparenta a De Stijl (El estilo), escuela holandesa liderada por el pintor y arquitecto Theo Van Doesburg (Utrech, 1883-1931) al frente de un grupo de artistas que a partir de 1917 propusieron cambiar el mundo. El movimiento De Stijl cumple cien años. O mejor, el arte como instrumento de cambio, como camino y meta de un mundo mejor, como expresión vital y plenamente revolucionaria. Un arte para vivir. Con él y en él, dentro si fuera posible. Una utopía surgida en medio de una de las guerras más sangrientas vivida por Europa. El arte como forma de protección, como proyecto universal de superación.

    Esa era la idea básica de los Stijl, ideas que Doesburg plasmó en una publicación donde colaboraron muchos artistas del momento. Expusieron allí sus sueños, ideas, imágenes, siempre en rectas, en planos, formas puras sin rastros del mundo de transformaciones y horrores que les tocó vivir. Ellos lo intentaron. Un arte para cobijarse de tanta locura. Un arte que revelara lo más oculto de la vida, su sentido más profundo y despojado. El arte que Mondrian supo expresar como nadie en sus famosas “Composiciones” en colores primarios que consagraron la búsqueda espiritual del artista, lejos de toda representación, de las apariencias, cerca de los principios matemáticos que rigen el universo.

    Mondrian y sus compañeros no veían formas, veían estructuras, construcciones simples, lineales, planos básicos en los que se podía reconstruir toda la visión del mundo. Su lucha no era por las formas sino por la búsqueda de los principios eternos que rigen al mundo. Esas construcciones son en realidad parte del mundo, pero parte esencial. En esta muestra se percibe este contexto, el nudo del De Stijl formado por artistas como Vilmos Huszár, Cornelis Van Eesteren, Bart Van der Leck y los más mediáticos Mondrian, Gerrit Rietveld (el autor de la silla) y Theo van Doesburg. Un conjunto de obras que ilustra y rinde tributo a los cien años de este grupo menos promocionado y estudiado que reconocido y masivamente reproducido en sus productos. Lo notable es que en el conjunto solo Mondrian parece un artista mayor. Aun cuando los demás aportan a otras disciplinas, la producción pictórica del holandés colorido marca a fuego la época, el tono y la visión creadora, original y lograda. Tanto que hay un cuarto diseñado por Huszár que parece salido de un cuadro de Mondrian. O las sillas o la propia estructura montada en la entrada del ex Banco.

    Lo bueno es que allí se sigue al pintor anterior influenciado por las pinceladas de Van Gogh, los tonos y estructuras de Cézanne y las estructuras del cubismo más ortodoxo. Para ejemplo basta seguir sus cuadros de árboles, proceso que parece ir diluyéndose en líneas y escasez de pinceladas que poco a poco darán paso a las “Composiciones” de colores fuertes, alegres, provocativas pero precisamente ordenadas, pintadas con estricta y rígida libertad creativa. Suena a contradicción pero es la extraña sensación que irradia la obra de este creador de cuadrados y rectángulos que expresan espiritualidad. Está allí su famosa Construcción en gran plano rojo (1921), una de sus pinturas más influyentes, que se insertó en el colectivo óptico y sensible del mundo de la segunda posguerra. Tanto que hasta Ives Saint Laurent produjo su ya legendaria colección Mondrian en los años 60. La lista de influencias es interminable.

    Pero también hay un De Stijl en la herencia aplicada en arquitectura, objetos cotidianos, muebles. El arte dedicado al diseño crecía de la mano de la alemana Bauhaus y se proyectaba colorido y triunfante desde la geometría de De Stijl. Afiches, carteles, montajes, casas que nunca se construyeron, pero dejaron una influencia radical, diseño de interiores, techos de edificios, espacios para oficinas, estudios de artistas. El de Mondrian fue un ejemplo notable, tanto que se convirtió en la imagen del movimiento. Todo el entorno de su vida fue construido en rectas y colores, en planos cuadrados o rectángulos.

    El recorrido central de esta muestra que llegó a Río y por primera vez a América Latina, lo organizan las obras del artista holandés muerto en Estados Unidos. Se ve el proceso de un hombre que fue maestro y se inspiró en la Teosofía para hurgar en la espiritualidad del ser humano. Desde allí, desde las ideas y la profundidad del alma, el artista procesa árboles y paisajes hasta dejarlos desprovistos de la evidencia y convertirlos en un mundo o realidad paralela. Uno entiende entonces el paso de la visión de una playa desierta a una tela salpicada de pequeñas líneas que se atraviesan como cruces. Basta deslizar el punto de mira, dejar de apuntar a la visión superficial, entrecerrar los ojos, intentar ver lo que no se ve, encontrar un patrón universal que exprese lo intangible, el extremo de la percepción y el orden espiritual, donde ni siquiera el arte sea necesario. Reencontrar el hilo conductor que extiende el artista para entender cómo se mueve el mundo, más allá de las apariencias. En un mundo dominado por la extrema superficialidad, De Stijl dejó una enseñanza que cien años después moviliza el alma. Desde la más pura belleza. No es poca cosa.

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