N° 1777 - 14 al 20 de Agosto de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa literatura comparte con el amor dos rasgos esenciales; el segundo es que tanto la literatura como el amor cambian la vida de quien se atreve a tratar con sus contenidos. Pero esto es menos meritorio que el primero de los rasgos, a saber: ambos, amor y literatura, carecen de fechas precisas para establecer su inicio. El origen del amor es misterioso por definición, nunca se sabe con qué mirada, con qué sueño, bajo qué mareo, qué tono de voz o que desesperación están en el punto de partida; su llegada a la conciencia es siempre tardía. Con la creación literaria ocurre lo mismo. Hay, es cierto, una idea, pero detrás de ella está la sombra imprecisa que arroja el espíritu, las admiraciones o las desavenencias de la historia personal. Es vana, pues, la tarea de intentar tanto una biografía augural de la experiencia amorosa, como una arqueología más o menos confiable de la creación literaria; ambas realidades se pierden en el farragoso mundo de la vida interior y nada ni nadie —salvo el propio amor haciéndose patente y la literatura siendo el discurso dentro del que nos encontramos con los fragmentos mal comprendidos de nosotros mismos— pueden decir responsablemente la verdad.
Dos son las novelas en las que León Tolstoi —noble de cuna, libertario de conducta— abunda sobre el tema del matrimonio; una de ellas es Anna Karenina, que nos habla de la hipocresía, del deber social, de la sensualidad fatal pero también de la salida heroica en la figura del álter ego autobiográfico del autor, que es Livi (diminutivo de Lev), quien huye de la infección urbana y marcha al campo a construir hogar junto a su esposa. Al parecer, Tolstoi se inspiró tal vez no en la vida, pero sí en algunos atributos (psicológicos y físicos) de una de las hijas de Pushkin, de la que quedó impresionado. La otra novela es de origen más remoto; de hecho comienza en los albores del siglo.
La historia ha de remitirse a un episodio que tiene como uno de sus protagonistas al notable violinista George Bridgetower, que fue la gran atracción de las cortes europeas hacia finales del siglo XVIII. Suscitaba la atención Bridgetower no solamente por su destreza y virtuosismo sino por sus características físicas: era hijo de un sirviente africano que había vivido en Barbados y de una robusta campesina alemana. En 1803 fue invitado a Viena a dar una serie de recitales, entre los que se contaba una sesión conjunta con Beethoven, que había escrito una sonata para violín y piano con el propósito de inmortalizar esa tan solemne ocasión, que tuvo lugar el 24 de mayo en el Augarten Pavillion. El concierto fue aplaudido y ambos músicos decidieron ir a celebrar su coronación en una popular taberna donde no faltaba la grata compañía de algunas damas. Entusiasmado por el suceso y el mosto vienés, Beethoven decidió dedicarle la sonata al violinista; lo hizo en la propia partitura, y en los siguientes términos: Sonatica mulattica composta per il mulatto Brischdauer. Dos botellas más tarde, la exultante conversación de los músicos derivó al inevitable tema de las mujeres, y Bridgetower cometió la imprudencia de deslizar insinuaciones sobre cierta señora muy amiga de Beethoven, el que rápidamente montó en cólera ante la especie, insultó al violinista y le arrebató la partitura de su querida sonata. Así terminó la relación entre ambos. A los pocos días, Beethoven decidió enviarle a Rudolph Kreutzer, el más reputado violinista de entonces en aquella capital, su sonata con una dedicatoria. Kreutzer la recibió con escepticismo, sin ninguna gratitud y se juramentó a no ejecutarla nunca (cosa que cumplió) debido al desafío de ciertos endiablados giros en el tercer movimiento.
Esa sonata fue la causa de que la esposa de Pozdnyshev, aburrida de la incomprensión de su marido, se pusiera a estudiar música con un violinista que la visitaba y acabara por enamorarse sin mayores esperanzas. Las extenuantes sesiones de ensayo y el diálogo que establecen piano y violín urdieron la comprensión primero, luego la cálida cercanía y finalmente el fuego sin remedio. Cierta tarde que la música había sido abandonada en favor del abrazo llegó fuera de hora el marido; el violinista huyó de manera innoble y la mujer fue prolijamente ajusticiada. Como la ley estaba de su lado, Pozdnyshev apenas visitó la prisión, y gastó los días de su vida en subir y bajar de los trenes contando a todos su drama y las buenas razones que hay en el mundo para desconfiar de instituciones que, como el matrimonio arreglado y sin amor, degradan a la mujer a esclavizarse por sus necesidades. El personaje piensa lo que piensa Tolstoi sobre el uso puramente económico de la institución matrimonial, quien cuando escuchó por primera vez la pieza de Beethoven quedó conmovido y se propuso escribir una novela —precisamente La Sonata a Kreutzer— que reflejara la perturbadora emoción de esa música y los buenos estragos que el arte produce en el prosaico dominio de las realidades indecorosas, villanas. Recomiendo ambas obras maestras.