N° 1746 - 02 al 08 de Enero de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPara los que somos aficionados a la novela policial de corte pasional muy propia de mediados de la década de los 30 y de toda la década de los 40, La camarera de James M. Cain representa uno de los acontecimientos literarios de esta época. Si bien su autor murió hace ya cerca de cuarenta años, acaba de editarse una decente traducción al español por parte de RBA (Madrid, setiembre de 2013) de esta obra que recién conoció la luz a principios del 2012.
La lista de personas a quienes ha de agradecérsele por esta ulterior contribución a un género que ha dado obras maestras de la narrativa moderna no es muy extensa; en realidad se compone de dos o tres nombres. Uno es el del editor final de la pieza, que nos permite la extemporánea oportunidad de leer un libro con la rozagancia de otros tiempos más amables para la literatura policial. El otro tributo que debemos dispensar es al editor histórico de las obras de Cain, que estuvo trabajando varios años con los papeles del autor, que relacionó frases, que reconstruyó escenas, descifró apuntes y notas, comparó fragmentos, armó y desarmó secuencias narrativas hasta dar con un ritmo como el que el ya vacilante Cain propone pero no siempre logra en su desaprensivo ocaso. Ese arduo trabajo de paleontología del discurso es en todo punto admirable y constituye, a no dudarlo, parte considerable de la estima que corresponde a la obra que hoy me he propuesto recomendar.
Finalmente, es obvio que está el mérito del propio autor, que a sus 82 años se puso a escribir con un jovial entusiasmo echando mano, es cierto, a muchos de sus lugares comunes (femme fatale, amor sensual al dinero, amoralidad justificada por la frustración y el deseo) pero también a lo que le quedaba intacto de su talento para ver y comunicar la turbación de los espíritus poco obedientes a las reglas y muy dados a condescender a los clamorosos llamados de la selva que todo humano lleva debajo de su piel. Para Cain —autor de “El cartero siempre llama dos veces”, “Pacto de sangre”, “Mildred Pierce”, “El estafador”— el arte de la narrativa descansa en la habilidad de convertir la batería de símbolos que provienen de las pulsiones en encrucijadas que resultan perfectamente funcionales a una trama que casi siempre supone la transgresión de las leyes escritas y de las leyes morales. Tal es lo que ampliamente se ve (lo que se repite) en La camarera.
Aquí tenemos a una mujer que quiere perder a su marido violento y abusador, y lo pierde; el hombre muere en un accidente de auto, alcoholizado. Quiere casarse con alguien con mucho dinero, y lo consigue. En el medio se enamora, intriga, salta los límites de la ley, juega el peligroso juego de las ambigüedades en el orden de los afectos y de los compromisos, desfallece de amor (o de placer, no lo tiene muy claro) en brazos del hombre equivocado. Cuida sus piernas, objeto de admiración y capital de giro o de reserva en las distintas circunstancias a las que su ambición o el destino la arrojan. Es hermosa, es obstinada, de altura mediana, rasgos finos, pero monumental y luminosa cuando sonríe… o cuando camina, o cuando se despereza. Los ojos casi llegan a competir con las piernas, de tan poderosos que son cuando se encienden; pero la verdad es que no llegan a tanto. Las piernas pueden más de un modo mucho más versátil, mucho más directo: brillan y miran y recorren y captan y capturan sin siquiera moverse, y sin embargo, para desesperación de los espectadores que se congregan todas las noches en el bar en que trabaja de camarera, se mueven, laten… A sus veinte y pocos años esta irresistible joven ya tiene la asombrosa capacidad de un veterano jugador del Texas Hold’em para calcular probabilidades, solo que su destreza no está en el tapete verde ni en los corazones, tréboles o diamantes sino en los pasadizos secretos y más delicadamente vulnerables del cerebro de los hombres que cometen la deliciosa imprudencia de cruzarse en su camino.
No cuesta mucho involucrarse con la historia que se narra en la voz precisamente de la protagonista. Ese detalle trabaja en favor de la intriga literalmente hasta la última línea, porque al ser el principal objeto de sospecha se permite jugar con nuestra atención y con nuestra confianza, revelando o velando datos que deberían explicar qué ha pasado con ese conjunto de aventuras que la ha tenido en el centro con un alto costo de salud o de dinero para algunos de sus testigos o participantes.
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