N° 1753 - 20 al 26 de Febrero de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNo tengo título universitario y nunca nadie me lo exigió para darme trabajo. Lo mismo sucede con la mayoría de los periodistas en actividad de mi generación y con algunos jóvenes que hoy trabajan en los medios. Nada tengo contra los títulos. Por el contrario, enriquecen la profesión si son auténticos.
Nunca supe que en Uruguay algún periodista falseara títulos para darse brillo y obtener beneficios económicos. Supongo que debido a principios, dignidad y por conocer casi todas las miserias humanas, ningún colega utilizaría títulos falsos. Si ocurriera y lo descubrieran, su vergüenza sería tal que sería repudiado por su empleador, sus colegas y la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU). Además de ser procesado.
Otros han violado el artículo 167 del Código Penal que sanciona a “el que se abrogare (erróneo uso del vocablo porque debe ser ‘arrogare’) títulos académicos o ejerciere profesiones para cuyo desempeño se requiere una habilitación especial”. Se castiga con entre 20 y 900 Unidades Reajustables. En los últimos años, Búsqueda ha dado cuenta de varios.
Arrogarse es, según el diccionario, “apropiarse indebida o exageradamente de cosas inmateriales, como facultades, derechos u honores”.
Últimamente, quizá debido al vértigo o la desidia, la credibilidad se ha convertido en un rito ante algunas “estrellas”. Se admite un currículum sin suponer que puede ser falso o que wikipedia y las redes sociales nos hacen zancadillas. Cada vez más el glamour le gana la partida al rigor.
Es lo que sucede con Pilar Rahola, una española de 56 años, ex diputada por Barcelona, asesora del gobierno catalán para su independencia, periodista, escritora y conferencista. Durante diez años se atribuyó la doble condición de “doctora”. Cuando descubrieron que era falso, en lugar de esconderse avergonzada, intentó justificarse. La impunidad, la decadencia moral y la corrupción muerden fuerte en su país. También en quienes dicen combatirla pero la llevan en el portafolios.
Durante una década su historia de vida en castellano, inglés y francés (no en catalán) la presentó como “doctora en Filología Hispánica y también en Filología Catalana por la Universidad de Barcelona”. Es licenciada en ambas, pero al monstruo de su vanidad le pareció insuficiente. Tal vez influyó la codicia: probablemente los honorarios de un “doctor” por una conferencia son mayores.
Como “doctora” fue presentada en conferencias y entrevistas en varios países. Así la consideraron también algunos jurados: en 2005 le otorgaron en Israel el premio “Circa” y en 2010 el Círculo de Mujeres de Negocios de Navarra, el premio a la Excelencia Empresarial y Profesional de Mujeres de Negocios. Ambos jurados refirieron a la “doctora”.
Llegó a Uruguay varias veces. El 6 de junio de 2013 dio una conferencia en la Universidad ORT sobre “Israel, el mundo árabe y el rol de los medios de comunicación”. Las invitaciones, aún en Internet, la destacan como “Dra”. Así la presentó Sergio Puglia en “Puglia invita”. A ambos los indujo en error, abusó de su credibilidad y los estafó. También al público que asistió. Debió aclarar que no era doctora, pero lo ocultó.
Un mes después, en España, una denuncia en Twitter la obligó a modificar su currículum. Replicó que es “Doctor Honoris Causa de la Universidad de Chile”. Pero como también era una mentira obvia, aclaró que se lo otorgó la “Universidad de Artes, Ciencias y Comunicación” (Uniacc). Es un centro chileno sin aval de la Comisión Nacional de Acreditación.
Ahora que el diario español “El Mundo” (“Los falsos doctorados de Pilar Rahola”, 5 de febrero) amplió la investigación sobre los títulos falsos, se defiende ironizando. En una entrevista posterior, a la pregunta de por qué no aclaró que no es “doctora”, responde: “No le di importancia”. Se siente impune. Respecto al cambio de su currículum tiró la pelota afuera: “debe ser mi ‘secre’ (secretaria) que lo debió ver y pidió que lo sacaran”.
Sobre sus presentaciones en América Latina como “doctora” discrimina: “Es muy suramericano (…); te dicen doctora para todo (…); licenciado es otra cosa”. ¡Y da conferencias sobre igualdad, derechos humanos y ética periodística!
Aunque empalagosa, Rahola tiene un discurso bien armado y fundamentos teóricos varios de los cuales comparto, como por ejemplo sus críticas a los gobiernos de Siria e Irán, al ex presidente de Venezuela Hugo Chávez, a su heredero Nicolás Maduro, y a la presidenta de Argentina Cristina Fernández. Pero eso es una cosa y mentir, otra. Entonces es válido preguntarse: luego de atribuirse dos títulos falsos durante una década, ¿se puede creer en su honestidad intelectual? ¿Cuándo dice la verdad y dónde empieza la mentira? A mí también me estafó.
Muchos han falseado currículum y títulos. Pero en algunos países, cuando los descubren, les arrancan la cabeza.
En Uruguay, pese a la pérdida de calidad en educación, relaciones humanas y convivencia, los periodistas nos vamos salvando. Habrá que ver hasta cuándo el saco aguanta sin romperse ante el empuje de la codicia.
Las carreras de Ciencias de la Comunicación deben poner énfasis en que los estudiantes no supongan que un camino como el de Rahola es lícito o apto para alcanzar el éxito y el dinero. Es un buen ejemplo de clase para docentes de ética.
Sería bueno, además, que quienes legislan para el nuevo Código Penal, evalúen si la sanción para este delito no es demasiado leve considerando su impacto negativo.