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Me lo recomendó un amigo: Leé a Eduardo Halfon, todo lo de Eduardo Halfon. Ya mismo dejemos las comillas de lado porque nada de lo que diga esta nota tendrá la exactitud de que lo dijo alguien. Y sin embargo será la pura verdad. Le hago caso a mi amigo y pido en Gussi El boxeador polaco, recientemente distribuido en nuestro país, un libro editado por Libros del Asteroide de 193 páginas, cuya tapa muestra a un señor andando en bicicleta por una avenida vacía, sin otros vehículos ni peatones. Es una foto vieja pero de tremenda actualidad en estos días. Lo primero que llama la atención es que el personaje principal, el narrador, se llama Eduardo Halfon. Perfecto, el autor se pone a sí mismo dentro de la ficción. No hay nada nuevo, pero resulta curioso que a veces le digan Halfon, a veces Eduardo y a veces Eduardito, una especie de fina ironía que recae sobre sí mismo.
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Según el índice del libro son nueve capítulos, o cuentos. El primero, Lejano, nos presenta al profesor Halfon que da clases de literatura. Dicen que Halfon, el verdadero, también da clases. Los alumnos papan moscas, se dispersan con los celulares y miran por la ventana —si el celular los deja— mientras el profesor relata las bondades de Poe o de Maupassant. Entre el auditorio abúlico, con esa apatía de para qué la literatura, de qué nos sirve, destaca un tal Juan Kalel con intervenciones fugaces, sensibles, inteligentes. También hay una alumna, Ligia, que increpa al profesor y le pregunta por qué su curso de cuentos incluye a una sola mujer, una tal O’Connoly o no sé qué, dice ella. El profesor contesta lo que contesta todos los años: Tampoco incluí a un negro, ni a un oriental, ni a un enano, y solo, que yo sepa, a un homosexual. Grandes cuentistas, y punto. Me cae bien Halfon, dice el lector, digo yo.
En el segundo cuento, Fumata blanca, tenemos a dos judíos en Guatemala, en un bar escocés que no es escocés. Uno ya se percata de que muchas de las cosas que se dicen también se desdicen al mismo tiempo. Interesante contrapunto. El primer judío es el propio Halfon, y el otro, mejor dicho la otra, una señora o señorita israelí de buen ver, que viste una blusa tipo hindú de algodón blanco, unos jeans gastados y unas alpargatas amarillas. No sabía que había judíos guatemaltecos, le dice ella. Ya no soy judío, le responde Eduardo al mejor estilo Eduardito: me jubilé. La chica ríe y comienzan —o siguen— los flirteos, aderezados con muchos cigarros y cervezas. Halfon tiene humor, sabe reírse de sí mismo, sus relatos son sueltos, breves, tiene swing. Además, se acuerda de un verso de E. E. Cummings que aparece en Hannah y sus hermanas, de Woody Allen: Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas.
Voy a Internet y me entero de que el tipo es, además de profesor y escritor, ingeniero. ¿Ingeniero, Eduardito? Sí, ingeniero. Se formó en Estados Unidos, donde vivió mucho tiempo. En su casa no se leía, no había libros. Cerca de los 30 años empezó a leer como loco, todo lo que caía en sus manos. Cuatro, cinco libros por semana. Y se puso al día. Esos fueron sus maestros, dice. No da nombres, pero se ve que ha leído mucho. Y se convirtió en escritor, un escritor guatemalteco que habla mejor inglés que español pero escribe en español.
Twaineando es el tercer cuento y nos presenta otra vez al Halfon profesor, o escritor, que acude a conferencias, esta vez sobre Mark Twain. En el aburrido mundo de los conferencistas, un mundo de horarios estrictos y hoteles impersonales y camionetas que llevan y traen a todos juntos, despunta un viejito muy simpático y pillo y un campo de golf muy particular. Y el señor Halfon, como es fumador empedernido y desea fumar en su habitación, debe ocupar una para minusválido, en la cual todo está más cerca del suelo, hasta la mirilla de la puerta, que se encuentra a la altura de su cintura. Se siente como Gulliver en una cueva de enanos. En una entrevista que leí, Halfon aclara, porque siempre debe aclararlo, que no todo en su literatura es autobiográfico, que él no fuma, por ejemplo. Mentira, hay fotos que lo atestiguan, a menos que estén trucadas. En todo caso, qué importa si fuma de verdad o no, si es autobiográfico o no, si se corresponde con la realidad o no. El asunto es que todo en este señor funciona en el plano literario, y esa es la única realidad que importa, la que al lector, a mí, me importa.
En el cuarto cuento, Epístrofe, aparece el pianista serbio Milan Rakic, con tilde en la ce, que no me sale en esta máquina. Y el tal Rakic, serbio y gitano, se presenta en las grandes salas de conciertos —grandes de prestigio, no de tamaño— y toca lo que le sale de las pelotas. Se sienta ante el piano, causa un silencio incómodo —la gente no sabe si el tipo está drogado, haciéndose el vivo o si ha sufrido una parálisis y caerá de golpe— y de pronto, cuando ya han pasado unos cuantos minutos de exasperante silencio, arremete las teclas con Rachmaninoff o Liszt o Stravinsky o… Thelonious Monk. Porque al gitano, y a Halfon, obviamente les encanta el jazz. A estas alturas ya digo que Halfon, Eduardito, es un amigo.
El gitano se va de copas con nuestro narrador y le explica lo que siente antes de abordar un concierto, la incertidumbre del instante y al mismo tiempo la aventura de no saber en definitiva qué pieza tocará, si priman las ganas, o el gusto por la improvisación pura, o si se trata de una pirueta gitana, que es algo así como una broma antes de morir, y si es preciso, inmediatamente antes de morir. Aquí uno puede intuir —como en otros momentos intuye a Roberto Bolaño— que en esas frenéticas lecturas acometidas por Halfon como un loco, como un judío errante, como un ingeniero frustrado, está presente Cortázar con El perseguidor, dedicado a Charlie Parker y a lo que ocurre en el interior musical de un genio.
El boxeador polaco, el cuento que da título al libro, es una pieza sobre el pasado del abuelo de Halfon, que ha sobrevivido en Auschwitz gracias a los consejos de un boxeador polaco que le dijo qué hacer y, sobre todo, qué no hacer. Otra vez: el abuelo nunca estuvo en Auschwitz. ¿Importa? Para nada. Funciona, todo funciona.
Retomamos la pista del pianista Rakic, el fantasma Rakic, en Postales. Desde distintos puntos del planeta, el serbio le manda postales al narrador, como Amélie Poulain le mandaba postales con un enano de jardín a su padre en la película de Jean-Pierre Jeunet. En letra bien apretada, no dejando ningún espacio, postales de una montaña color horchata, de una bahía en Boston, de un atardecer en Arizona, de una rubia tetuda o de un Pato Donald vestido de bombero, donde le habla de música, de los gitanos y por qué no tienen abecedario e incluso, oh casualidades de la vida, de la poeta romaní Papusza, de quien publicamos en Búsqueda una nota hace exactamente una semana. Ya siento que el señor Eduardo Halfon me conoce y me habla directamente. Es lo que tienen los grandes escritores: no sé cómo pero te conocen.
La obsesión por el pianista lleva al escritor guatemalteco a buscarlo en Belgrado en La pirueta, el cuento más poético y misterioso del libro. Aprendemos más sobre los gitanos, pero también sobre los serbios y los Balcanes. Parecería que Halfon estuvo realmente en la capital de Serbia, caminando por sus calles con árboles sacados de una película de Tim Burton y soportando en su solitario andar —también disfrutando— balines de nieve desprendidos de un cielo siempre gris. De tanto en tanto se detiene en bares de mala muerte para beber —se hace entender con gestos— un café o un vinjak, que es algo así como un whisky barato.
Otra vez: no sé si realmente estuvo en Belgrado, pero con este cuento el lector sí estuvo allí. Belgrado es así, como lo describe el narrador, mi amigo Eduardito. La literatura rasga la realidad y entra en ella.