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Un día salgo de mi casa y veo un ejército de hombres de chaleco naranja levantando mi vereda. Uff, me digo. Todos los emisores de facturas están bajo mis sospechas: OSE, UTE, gas, etc. Imagino la cuadra rota durante unas semanas, la vida entre escombros y la rutina del que lo acepta todo.
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Pero no: pronto la vereda destruida pasa a ser un horrendo camino gris de ¿hormigón, portland? ¿Qué hay bajo mis pies? ¿A dónde conduce este camino de fábrica soviética?
Me explica un vecino que la Intendencia, dentro de su “ambicioso” plan para mejorar la Ciudad Vieja, va a homogeneizar las veredas. Los grandes bloques de granito rosado que aún quedan serán nivelados y pulidos. El resto se verá gris y liso. ¡Como en París!
No digo nada. Me voy a trabajar como el cordero va detrás del pastor a comer verde hierba.
Al pasar los días veo los resultados de la obra. Mi vereda luce francamente horrenda. Desprolija, mamarracha. La puerta de roble de mi edificio, con cien años imponente sobre la calle, está manchada, escupida de pasta gris. Cubierta de polvo. Toda mi cuadra está así. ¿Quién limpiará?
Nunca vi un cordero furioso, pero yo me siento en el hipotético caso de que hubiera uno. ¡Mi vereda estaba en buen estado! Baldosas a cuadritos, típicas, bien organizadas, prolijas, urbanas, paisajísticas.
La reventaron en dos minutos. Le pusieron una pasta espantosa que quedó petrificada como un cambio positivo. Gastaron un montón de dinero en reventar lo que estaba bien y rellenarlo con mediocridad.
Me dicen que muchas veredas de la Ciudad Vieja están en mal estado. Contesto que se deberían arreglar inmediatamente. Pero no: primero se rompe lo que está impecable y luego, cuando llegue su momento, se arregla lo averiado.
No entiendo esta lógica. Una vecina nueva me dice: “Nadie nos preguntó”. Pero aquí no hay nada que preguntar. ¡No me pidan ir a un cabildo abierto a votar si romper o no las veredas en buen estado!
Pienso en la enorme cantidad de arreglos que necesita la Ciudad Vieja antes de invertir millones en homogeneizar veredas.
Si me preguntaran qué necesita mi barrio me vería en apuros: no sabría qué elegir. Si la internación de cuidacoches adictos a la pasta base. Si un hidrolavado para la mayoría de edificios antiguos manchados de negro: hollín y abandono. Si la restauración urgente de casas que se caen, tapiadas o tugurios. Si medidas de protección a joyas históricas, como la casa modernista más hermosa de Montevideo que se avería implacable. Si la eliminación de los terribles ómnibus por un tranvía que siguiera por 18 de Julio. Si menos mugre.
Pero no soy nadie. Nada. Ni siquiera un dulce cordero. Soy una ciudadana desinflada.
Un viejo amigo allegado al poder me dice que no puedo opinar de aquello que no sé.
Y no sé nada de urbanismo de los cascos históricos. De su reconversión en espacios habitables.
Pero sé que me vine a vivir aquí hace veinte años, que me la jugué por este barrio y que nunca tuve de vecino a un político de ningún gobierno.