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    La vieja anormalidad

    Director Periodístico de Búsqueda

    N° 2070 - 07 al 13 de Mayo de 2020

    ¿Puede lo normal, en referencia a lo más común y repetido, ser en algún momento nuevo? ¿De qué forma se sostiene que la normalidad, esa que busca igualar a todo el mundo y establecer reglas muy estrictas de juego, sea asociada a lo distinto, sinónimo de lo novedoso? En concreto: ¿puede existir una nueva normalidad? En tiempos de coronavirus hasta esas dos palabras juntas tienen sentido. Unirlas es una forma distinta de decir, de parte del gobierno y de los académicos, que nada volverá a ser igual. Ni siquiera lo normal.

    Es un sacudón difícil de digerir. Llevará un tiempo acostumbrarse a este nuevo mundo que amenaza a cada hora usándonos a nosotros mismos como herramienta. Pasamos a ser, de un día para el otro, las armas de destrucción masiva. Los millones y millones que habitamos el planeta nos transformamos sin quererlo en el más temible ejército en esta guerra, uno casi imposible de vencer.

    Pero no todo es negativo ni solo la nueva normalidad es lo que importa. La pandemia de coronavirus es también el momento ideal para poder dejar atrás algunas características de la vieja anormalidad, esa que en Uruguay causa tanto daño. El miedo generalizado suele provocar tiempos trascendentes, en los que es mucho más fácil separar lo verdaderamente importante de lo superfluo. El tema es hacer permanente esa separación y no seguir abrazado a lo accesorio. Educación y política son quizás los dos ejemplos más claros al respecto.

    La educación uruguaya estaba y está estructurada a base de parámetros del siglo XX o hasta del siglo XIX. No toda, por supuesto, pero sí la inmensa mayoría. Se le sigue dando mucha más importancia a aprender textos de memoria, a repetir conceptos vetustos, a sentarse durante horas frente a profesores que repiten conocimiento adquirido hace décadas. Mientras, el mundo avanza en un minuto lo que antes le llevaba años y los niños y adolescentes son testigos de ese desfasaje entre lo que logran ver en sus dispositivos electrónicos y lo que tienen que aprender en las aulas.

    No está bien eso, no es normal. Es una de las características de esa vieja anormalidad en la que vivimos y aceptamos sin pensar demasiado. Pero el coronavirus y su confinamiento para todos los estudiantes por semanas mostró que es posible establecer una red distinta para enseñar. La infraestructura estaba instalada, solo restaba utilizarla para el intercambio académico. Y eso está ocurriendo, al menos mucho más que antes. Los teléfonos inteligentes, las computadoras, las redes sociales, toda la tecnología está al servicio de la educación, como nunca antes.

    Lo importante sería mantenerlo una vez que todos puedan salir de sus casas. No de la misma manera, pero sí que no haya vuelta atrás en el uso masivo de la tecnología para enseñar y aprender. Si la cuarentena sirvió al menos para cambiar un poquito el sistema arcaico de enseñanza, entonces habrá valido mucho más la pena.

    Lo mismo con la política, el origen de casi todas las cosas y tan necesaria como el pan, aunque algunas veces cueste asumirlo. El tema no es la política, el verdadero problema es que en Uruguay está muy atada a esa vieja anormalidad. Por eso de uno y otro lado se acusan de hacer política con la pandemia, como si eso fuera negativo. Es al revés: hagan toda la política posible con el coronavirus, pero de la buena, de la alta política.

    Pongan sobre la mesa, por ejemplo, algunos de los aspectos positivos que dejaron los anteriores gobiernos, como toda la infraestructura tecnológica que hoy facilita que la enseñanza y el trabajo a distancia sean una realidad para la mayoría de la población. Asuman también que la actual administración adoptó medidas rápidas y correctas con los primeros casos de coronavirus y que eso dio buenos resultados.

    Algunos lo hacen, pero siguen siendo los menos. Otros, también de un lado y del otro, prefieren vivir cobrando viejas cuentas o enrostrando al adversario cada paso en falso. Discuten en la superficie, se pelean por el color del pasto, mientras en las profundidades arden los viejos, los locos y los niños, esos que pocas veces tienen la capacidad de decidir.

    Porque eso también llegó con el coronavirus, como restos de construcciones y trozos de árboles que arrastra un tsunami. Los viejos siguen hacinados como siempre, los locos siendo tratados como lo más bajo de la sociedad y los niños, desprotegidos. Es responsabilidad de los anteriores gobiernos, por supuesto, pero no solo de ellos. Todo el sistema político tiene su culpa, incluidas las actuales autoridades. Ninguno de estos temas estuvo ni tangencialmente en la campaña electoral ni en los debates parlamentarios de los últimos años. ¿O alguien hizo propuestas concretas para los residenciales de ancianos el último año? ¿O alguno de los candidatos se refirió a las condiciones de los locos en el Vilardebó? ¿O a la cantidad de niños golpeados o abusados sin que nadie los defienda?

    Ahora sí esos temas vuelven a estar sobre la mesa. Ahora todos quieren solucionarlos y se olvidan de que tuvieron años o décadas para hacerlo. Ahora la vieja anormalidad con la cual siempre se vistió la política local parece pasada de moda. Pero puede ser solo un reflejo, un paréntesis mínimo en un sistema mucho más fuerte, que es probable que prevalezca una vez que toda esta pesadilla termine.

    Ojalá ocurra lo contrario. Ojalá que se aborden esos temas postergados, que todo el sistema político se haga cargo, que prevalezca la alta política y que la nueva normalidad también traiga un horizonte de avances y acuerdos en los grandes asuntos. Ojalá que de una buena vez por todas abandonemos la retórica vacía y las palabras seductoras y que, además de al coronavirus, sea a la vieja anormalidad a la que hayamos logrado vencer. Difícil, pero no imposible.

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