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    La violencia en la sociedad

    El martes 22 se cumplió un mes de un hecho muy desagradable que le tocó vivir a mi hijo Francisco y a su novia.

    Ambos habían concurrido en la noche del sábado 22 de diciembre pasado al casamiento de un amigo en una chacra en el departamento de Canelones.

    Al finalizar la fiesta, una camioneta tipo “van” los llevaría a ellos y a otras personas de regreso a su casa. Se encontraban dentro de la “van” esperando a un amigo de la novia de mi hijo que había ido al baño, cuando un muchacho ingresó a la camioneta y comenzó a molestar de palabra a los presentes. Francisco y otros más le dijeron de buen modo que “no daba” para molestar a gente que no le había hecho nada y que por favor se retirara. La reacción del muchacho invasor fue tomar de la solapa a mi hijo, que estaba más cerca de la puerta, diciéndole “es contigo la cosa”, sacándolo de la camioneta e intentando pegarle un puñetazo. Cuando Francisco atinó a defenderse, sintió un fuerte golpe en la cabeza proveniente de alguien que estaba a sus espaldas y que él no había visto. Este golpe lo tiró al suelo, momento en que aprovecharon a pegarle una andanada de patadas y piñazos entre cuatro “valientes” (el instigador del problema y tres amigos del mismo que aparecieron por detrás de mi hijo). En momentos en que le estaban dando una paliza a Francisco, apareció el amigo de su novia que volvía del baño y lo primero que atinó a hacer fue defender a mi hijo. Consecuencia: los cuatro matones la emprendieron contra él también.

    Luego de sufrir unos minutos de violencia desenfrenada e injustificada que les parecieron eternos a Francisco, a su novia y a su amigo, se pudieron subir a la “van” y el conductor de la misma emprendió una rápida huida del lugar.

    Después de que se enfriaron los cuerpos y se calentaron las heridas, vinieron los dolores, las consultas en el hospital, la tomografía y el camino de la recuperación del cuerpo y del alma dañados.

    Hasta aquí el lector podría pensar: “Qué barbaridad, vivimos rodeados de violencia, ya no se puede ir ni a un casamiento tranquilo”. Y tiene razón.

    Alguno más suspicaz podría agregar: “seguro que entre los integrantes de la patota había algún menor y/o algún pastabasero de la zona”. Sin embargo, no fue así.

    Resulta que los cuatro “valientes” eran invitados a la fiesta, jugadores de rugby, de “buena educación” y todos ellos mayores de edad.

    Hasta quizá alguna de las familias de estos individuos sean de las que reclaman más “mano dura” para combatir la violencia, o la baja de la edad de imputabilidad, o meter presos a todos los drogadictos, etcétera.

    ¿Reclamarían lo mismo para sus hijos? ¿O a lo que hicieron no lo consideran hechos de violencia, que atentan contra la convivencia pacífica que, descarto, todos queremos?

    Y creo que no aplica la justificación de que estuvieran alcoholizados, ya que si todo el mundo reaccionara como ellos por tomar unas copas de más, todas las fiestas terminarían en una batalla campal, cosa que no sucede en la inmensa mayoría de los casos.

    Una de las características que nos diferencian de muchos animales es que los seres humanos podemos ser capaces de contener nuestros impulsos. Otra diferencia es que, en general, los animales actúan violentamente para alimentarse o para defenderse, pero casi nunca por el simple placer de hacer sufrir a sus semejantes.

    Me pregunto yo, si estos muchachos lo que querían era satisfacer sus impulsos violentos, ¿por qué no la emprendieron entre ellos, evitando así hacerles daño a terceros?

    ¿Estas conductas no nos estarán mostrando la punta de un iceberg, en cuya base se encuentran algunos futuros “machos” golpeadores de mujeres o niños en sus hogares, o los que ante cualquier problema en la calle la emprenden a golpes, o los que arman lío en los espectáculos públicos, o los que generan otros casos de violencia cotidiana?

    Por suerte, o mejor dicho por educación, no me considero un hombre violento. Lo mismo sucede con mi hijo. De ahí que en ningún momento se nos pasó por la cabeza pagarles a estos agresores con la misma moneda, a pesar de nuestra bronca e indignación. Tampoco se nos ocurrió dejar impunes estos hechos. Nos sentiremos mejor si podemos evitar que otras personas pasen en el futuro por lo que pasó mi hijo. Creemos que una convivencia pacífica puede y debe ser posible, apoyada en la educación, en el respeto por los derechos del otro, en el cumplimiento de nuestras obligaciones y en el imperio de la justicia.

    Agradeciendo desde ya la publicación de estas líneas, le saluda atentamente,

    Uruguay Larre Borges

    CI 1.750.065-7