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    Las cosas que perdimos en el tiempo

    Es un momento intranquilo, ella mantuvo la cabeza inclinada para que él se acercara. Pero él no pudo, por falta de valor. Ella da media vuelta y se aleja.

    Hong Kong, 1962.

    El amor de Con ánimo de amar es uno de desencuentros. Uno que reside en el anhelo y no en la pasión. Habita en los silencios cobardes y no en las palabras valientes. Quiere nacer de las casualidades, pero termina, sin más, renaciendo en los infortunios. El amor que parece crecer y solo crecer, como lo cantaba Nat King Cole en su tímido y seductor español, dentro del quizás, quizás, quizás.

    El amor por Con ánimo de amar es, en tanto, uno rendido ante el cine poético, ese que enfatiza lo que sugiere y no lo que se dice. Uno que lleva al espectador hacia un terreno y tiempo difusos. Recuerdos, amores frustrados y la incomunicación. El cine de Wong Kar-wai.

    La plataforma cinéfila por excelencia Mubi, disponible en Uruguay, comenzó este mes un ciclo dedicado al maestro nacido en Shangai pero de crianza y formación en Hong Kong. El origen del servicio de streaming se remonta, de hecho, a una devoción por la obra del director asiático. En 2007 uno de los fundadores de Mubi, Efe Cakarel, estaba sentado en un café de Tokio con su computadora cuando sintió ganas de ver Con ánimo de amar (In the Mood for Love en su traducción al inglés). Incapaz de encontrar la película en una era donde el on demand todavía no era una expresión de uso cotidiano, Cakarel decidió construir un sitio dedicado al cine arte internacional.

    Mubi nació y, más de una década después, homenajea al cine de Wong Kar-wai bajo un ciclo titulado, con simpleza y acierto, Amor. El programa, que incluye nuevas restauraciones de las películas supervisadas personalmente por el director, irá estrenando Cenizas del tiempo, Chungking Express, The Hand (incluida en la película antológica Eros), Ángeles caídos, 2046: los secretos del amor y Felices juntos. El puntapié lo dio, como no podía ser de otra forma, Con ánimo de amar.

    “Prepárate para que te rompan el corazón”, advierte, con tino, la plataforma.

    En Con ánimo de amar, Wong Kar-wai terminó de convertir su cámara en una herramienta verdaderamente humana. La extensión de una visión que no se rigió por las normas del modo de representación del cine clásico y supo sacar provecho, durante su desarrollo como cineasta, a la mistificación del relato mediante el uso de nuevas tecnologías como cámaras digitales, efectos con colores o la aceleración o ralentización de las escenas.

    Al momento de su gestación, el director concibió el filme como una serie de tres películas protagonizadas por, respectivamente, un cocinero, un escritor y el dueño de una tienda de platos ya preparados. Se concentró, finalmente, en la historia del escritor, al que convertiría en periodista, y su vecina. Lo que comenzó como una historia de dos personas que religiosamente compraban sopa con fideos en la calle se convirtió en una atracción resistente. Una comida de paso que se transformó en un banquete romántico ambientado en un período entre 1962 y 1966.

    No fue un rodaje fácil, ni corto. La filmación se extendió durante 15 meses, convirtiéndose en una demanda física y espiritual para el director, el elenco y el equipo técnico. Wong Kar-wai la calificó entonces como una de las películas más difíciles que hizo, tanto por una crisis económica en China, que amenazó con la financiación del proyecto, como por la propia naturaleza minimalista del guion. Resultaría, según el director, que filmar una película sobre dos personajes puede ser más ambicioso y cansador que una con 10, como estaba acostumbrado.

    Los protagonistas en cuestión son Su Li-Zhen, la señora Chan, y Chow Mo-wan, interpretados por Maggie Cheung y Tony Leung.

    El argumento que los reunió es el no amorío. Estrictamente, la historia de una mujer y un hombre que no están teniendo un amorío. Se cruzan, como vecinos, en los pasillos de su edificio. Se encuentran, como conocidos, en restaurantes y corredores lluviosos de Hong Kong buscando fideos. Se desean, como algo más, en habitaciones. A veces juntos. Otras veces no. Hay distancias y fracasos rotundos, como un beso que no fue dentro de un taxi.

    Ambos comparten una infidelidad, aunque no entre ellos. Son sus respectivas parejas quienes mantienen, aunque nunca ante el ojo del espectador, ese romance prohibido, perpetuado en ausencias, viajes y en retornos demorados al hogar. La dupla descartada convierte jornadas solitarias en consuelo y se enamoran. Vaya si se enamoran. Pero al no querer convertirse en los otros, no actúan de acuerdo con sus sentimientos. La aventura es otra.

    Estrenada hace 20 años (21 este año, pero ¿quién considera hoy al tiempo como una medida fiable?), Con ánimo de amar se exhibió por primera vez en mayo de 2000, con un estreno dentro del Festival de Cannes. Wong Kar-wai llegó a contrarreloj con el corte final de la película en pos de poder entrar dentro de la competencia oficial. Como ganador, en 1997, de la Palma de Oro a Mejor director por su película Felices juntos, el cineasta sabía que una proyección en la Costa Azul de Francia puede cambiar, por completo, la vida profesional de un artista.

    Con ánimo de amar es una película de la que Cannes habla hoy con orgullo. En su estreno, el romance perdió la Palma de Oro contra Bailarina en la oscuridad, del danés Lars von Trier. Obtuvo, de todas formas, reconocimientos para uno de sus protagonistas (el actor Tony Leung), la dirección de fotografía (compartida entre Christopher Doyle y Lee Ping-bing) y para el polifacético William Chang, quien ofició de productor, editor y diseñador de vestuario.

    El verdadero premio de Wong Kar-wai se materializó, casi que con justicia poética en su caso, con el tiempo. Se estableció como un coleccionista de hitos: éxitos comerciales, críticas alentadoras y una influencia marcada entre sus coterráneos.

    El encanto de Con ánimo de amar reside en su distancia constante, no solo en los protagonistas, sino en los propios espectadores. Para Wong Kar-wai, los espectadores debían ser como los propios vecinos de los protagonistas: unos meros testigos accidentales del florecimiento. A la ¿pareja? la vemos, casi siempre, a través de algo: un recoveco, el reflejo de unos espejos o una cocina que da hacia un juego alborotado de mahjong.

    La Hong Kong sesentera de Wong Kar-wai es una ciudad abrumadora, de tonos volcánicos que solo se disrumpen con los vestidos de la Sra. Chan. El cielo no se visualiza y, con excepción de la búsqueda de esos sabrosos fideos, rara vez no nos encontramos entre cuatro paredes. Porque cuando el amor te atrapa, te atrapa de verdad. Te engaña, también, una sensación solo potenciada por la percepción que el cineasta genera en su relato, editado con fundidos súbitos a negro que proveen saltos temporales azarosos. El presente se transforma, ante los ojos del espectador, en un inmediato pasado. Adiós a la trama. Hola a los sentimientos.

    El desenlace del vínculo entre la Sra. y el Sr. Chow, incluso sin presenciarlo, es esperable. No por eso, menos doloroso. Existe, por ahí, un final alternativo, con un encuentro y una conversación en un futuro más alejado. Se filmó y se descartó. Se asemeja a una escena más digna de la mente de Linklater que del corazón de Wong Kar-wai. El director prefirió, en cambio, que la nota final de su obra maestra sea un susurro dentro de un árbol. Delicado y poderoso como Con ánimo de amar, que sigue enamorándonos dos décadas después.

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