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    Las marchas del Filtro

    N° 1933 - 31 de Agosto al 06 de Setiembre de 2017

    Había una vez tres vascos. Los tres habían abandonado España y se habían radicado en Uruguay. Como Uruguay ha sido siempre un país de inmigrantes, fueron acogidos sin problemas en Montevideo. Casi nadie sabía entonces que eran miembros de la organización terrorista vasca ETA, responsable de centenares de homicidios en España. En Uruguay se dedicaban a tareas lícitas y legales. Al menos uno de ellos trabajaba en un restaurante donde podían ser consumidas unas deliciosas cocoxtas al pil pil.

    Un día, la Justicia de España solicitó al Estado uruguayo la extradición de los tres vascos para ser juzgados por haber estado involucrados en asesinatos y demás actos terroristas. Arrestados en Montevideo, los tres vascos decidieron iniciar una huelga de hambre en un intento por evitar volver a España.

    Pero la Justicia uruguaya había dado el visto bueno al requerimiento de su par española y, por tanto, al gobierno de entonces, presidido por Luis Alberto Lacalle Herrera, no le quedaba otra alternativa que hacer cumplir la sentencia.

    Como supuestamente estaban débiles por la presunta “huelga de hambre”, los tres vascos fueron internados en un antiguo hospital público (el Hospital Filtro), para ser atendidos allí antes de su traslado a Madrid.

    Fue entonces que comenzó a fraguarse uno de los capítulos más oscuros y peor contados de la historia política reciente.

    El Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), que aún se debatía entre su vocación por el ejercicio de la política mediante las armas y la “novedad” de las urnas como único método para llegar al poder, decidió poner en marcha un operativo semiguerrillero con el objetivo de impedir el cumplimiento de una orden judicial y de los tratados internacionales que el Estado uruguayo está obligado a respetar.

    El MLN-T —que tenía desde los años 60 muy importantes vínculos con la ETA— era propietario de una radio (CX-44 Panamericana). Desde allí, durante varios días antes de que se concretara la extradición, José Mujica y Eleuterio Fernández Huidobro (que serían años después nada menos que presidente de la República y ministro de Defensa Nacional, respectivamente) llamaron a sabotear la extradición a través de la “movilización popular”. La “manija” de ambos tupamaros fue tan grande que varios cientos de personas se congregaron en torno al Hospital Filtro y los líderes frenteamplistas de entonces, Líber Seregni y Tabaré Vázquez, se vieron forzados a concurrir hasta el lugar, en parte para “cumplir con la militancia” y en parte para tratar de tranquilizar los ánimos exaltados de esa gente, resuelta a trancar a como diera lugar el mandato judicial.

    Cuando llegó el momento de llevar a los etarras al aeropuerto de Carrasco, el 24 de agosto de 1994, comenzó la acción. Los “militantes” procuraron obstaculizar la marcha de las ambulancias y arrojaron todo tipo de objetos contundentes contra los policías que estaban custodiando el operativo. La refriega fue en aumento y alguien disparó la primera bala. Hubo de ambas partes. Por desgracia, murió allí uno de los manifestantes, Fernando Morroni.

    Los tres vascos bajaron caminando en Madrid del avión que los llevó desde Montevideo. La “huelga de hambre” había sido una farsa. Mikel Ibáñez fue absuelto, regresó a Uruguay y luego se trasladó a Francia, donde fue capturado nuevamente y condenado a 27 años de cárcel. Jesús Goitía cumplió seis años de cárcel. Luis Lizarralde fue condenado a 74 años de cárcel por dos asesinatos y salió en libertad en 2013.

    Desde entonces, cada 24 de agosto un grupo minúsculo de agitadores de la mentira conmemora lo que llaman “la masacre del Filtro” con una marcha que parte del Obelisco de Montevideo hasta donde estaba el hospital, en el barrio Jacinto Vera. Van 23 años desde aquel día aciago, pero estos defraudadores de la historia no cejan en su empeño por contar todo al revés a las nuevas generaciones. Y obtienen —a la vista estuvo ese día en los informativos de la televisión, que ellos mismos suelen identificar con “la derecha oligárquica”— generosas coberturas completamente deformadoras de la realidad.

    El miércoles 23, en las afueras del Liceo Bauzá, los agitadores reunieron a 30 personas. Irma Leites habló contra el “crimen de Estado cometido contra este pueblo” en 1994. Habló sobre “los militantes vascos que luchan por su tierra”, sobre las “torturas” que atribuyó a los gobiernos democráticos de Julio Sanguinetti (1985-1990) y de Lacalle Herrera (1990-1995), sobre la Policía y el Poder Judicial que “protegen los intereses de los poderosos” y contra el presidente Tabaré Vázquez, a quien atribuyó la promoción de policías asesinos. Luego de Leites, un par de vascos que dijeron pertenecer a una “brigada internacionalista por la liberación nacional” dieron “gracias” por la “emocionante acogida del pueblo uruguayo”, hablando ante su audiencia de 30 —¡treinta!— individuos. Para no quedarse corto, uno de los vascos manifestó que están luchando contra “el imperio español” desde el año 1512. “Somos la última colonia española que queda por independizar”, dijo.

    Por cierto, los familiares, amigos y correligionarios de Morroni tienen todo el derecho a reclamar por su muerte. Pero si de marchas hablamos, cada 24 de agosto debería haber varias.

    Una, por Morroni.

    Otra, organizada por jueces y fiscales defendiendo la legitimidad de las decisiones de la Justicia independiente del Uruguay.

    Otra, convocada por el expresidente Lacalle y el Partido Nacional defendiendo la resolución de aceptar los mandatos judiciales y la institucionalidad democrática.

    Y una más, llamada por los “manijeros”, que, hoy, están arrepentidos de haber alimentado el fuego en aquella circunstancia.

    Todas deberían converger cada 24 de agosto en Jacinto Vera.

    O mejor, no. Quizá se volverían a agarrar a tiros.