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    Las penas de la otra mitad

    Columnista de Búsqueda

    N° 1737 - 31 de Octubre al 06 de Noviembre de 2013

    Prisionero de sus perplejidades, esclavo de sus vértigos, Fernando Pessoa afirmaba que es innecesario trasladar el cuerpo para viajar, que los únicos viajes que realmente sirven son los que uno hace con el alma. Encierro análogo nos presenta Proust, que nos enseñó más o menos lo mismo refiriéndose a los paisajes y a la posibilidad de los paraísos que acechan en el destino de las personas. Antes que ellos, en 1794, Xavier de Maistre debió purgar una benevolente reclusión y escribió Voyage autour de ma chambre (Garnier-Flammarion, Paris, 2003), obra en la que también demuestra que las grandes distancias y los horizontes que se dilatan a la vista se alojan no en el espacio sino en esa suerte de cuarta dimensión de todo lo real y de todo lo posible que es el espíritu.

    Los hechos que explican el encierro de cuarenta y dos días, base anecdótica del libro, son irrelevantes: una mujer que no puede domesticar sus ojos, una indiscreta enramada que no supo ocultar de la luz de la luna lo que las noches deberían cobijar sin excusas, un indefenso novio que prefiere darse por agraviado antes que admitir su derrota de siempre, los padrinos que intercambian cartas y condiciones, las insensatas pistolas al amanecer, algún rebuscado hilo de sangre, el escándalo de las familias, la tardía intervención de la autoridad, el encierro punitivo en una cómoda habitación de provincias, la inútil prohibición de buscar a la efusiva dama; la advertencia de un castigo peor.

    Xavier de Maistre, narrador de su propia historia, se plantea el dilema de desesperar ante la infausta situación o sacar provecho reflexivo de la obligada soledad. Como prefiere esto último tenemos uno de los libros más gratos de ese riesgoso subgénero de la literatura que es la literatura filosófica, donde comparte justificado protagonismo con Swift y con Hawthorne. Su premisa no es contar qué hace en el confinamiento —aunque en parte lo cuenta, pero el cuarto siendo amable no es tan grande como para explicar las cerca de cien deliciosas páginas de la obra— sino referirnos qué cosas ha pensado, es decir, de qué modo ha decidido prescindir de la opresión externa para entregarse a esa libertad que nadie nunca le puede quitar a nadie, que es la libertad del alma, la libertad de reflexionar, de juzgar, de imaginar, de razonar, de relacionar ideas y acontecimientos.

    Inicia el relato con una perfecta defensa de esa curiosa forma de viajar; en su opinión una de las más saludables que existen. Dice que las personas que están tranquilamente en su cuarto podrán viajar sin temer “las inclemencias del aire y de las estaciones. Los cobardes, estarán a salvo de los ladrones; no encontrarán precipicios ni barrancos. Miles de personas que no habían osado antes de mí, otras que no habían podido, y finalmente otras que no habían soñado con viajar, van a animarse a seguir mi ejemplo”. Tras este elogio que se dispensa, y que sin duda merece, de Maistre pasa revista al paisaje que tiene a mano: una butaca, una estufa, una ventana que permite la vista de olmos ondulantes y plácidos, y una cama. En ella se va a detener para meditar acerca de su entrañable servicio a todos los reclamos del destino: “¿Existe escenario más propicio a la imaginación, que despierte ideas más enternecedoras que el mueble en el que me abandono algunas veces? Lector púdico, no temas; pero, ¿no podré entonces hablar de la felicidad de un amante que estrecha por primera vez entre sus brazos a una esposa virtuosa? ¡Placer inefable que mi desgraciado destino me condena a no probar jamás! ¿No es en una cama donde una madre embriagada de gozo por el nacimiento de un hijo olvida sus dolores? Es ahí donde los fantásticos placeres, fruto de la imaginación y de la esperanza, vienen a agitarnos. Es finalmente en ese mueble delicioso donde olvidamos durante la mitad de nuestra vida las penas de la otra mitad. ¿Pero qué multitud de pensamientos agradables y tristes se agolpan a la vez en mi mente? Mezcla sorprendente de situaciones terribles y deliciosas. Un lecho nos ve nacer y nos ve morir, es el escenario cambiante donde el género humano interpreta alternativamente dramas interesantes, farsas risibles y tragedias horrorosas. Es una cuna adornada de flores, es el trono del Amor, es un sepulcro”.

    Esa triple condición del lecho le planteará a de Maistre, como veremos la próxima semana, un abismo existencial. Va a considerar que en ese polémico arco que se abre entre el nacer y el morir hay una tensión inexplicable; algo que el lecho ilustra pero no resuelve.