N° 1768 - 12 al 18 de Junio de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLo que hace que una cosa sea lo que es y no otra cosa, aquello que Aristóteles denomina la “forma”, a menudo luce más modesto que su representación y siempre es menos accesible a los sentidos que la materia de la que está compuesta. El origen de las universidades (y creo en verdad que la existencia aun al día de hoy) nos muestra precisamente este contraste: ¿la universidad es el edificio a menudo suntuoso en el mundo real y ruinoso en este país arruinado por la ignorancia y el desprecio? ¿Es la persona jurídica que como tal se conoce con ese nombre y con esa finalidad y giro que le son tan propios? La definición de Aristóteles y la propia historia de la institución contestan negativamente ambas preguntas.
Las universidades, en su origen y en su más entrañable realidad no fueron edificios o escudos o entidades sino un disperso y entusiasta conjunto de personas, de maestros y discípulos que participaban de la aventura del conocimiento. Las universidades eran, en rigor, instancias de enseñanza, de búsqueda, de confrontación crítica, de investigación que estuvieron indisolublemente ligadas a las ciudades. De hecho, conforme a la disposición sociológica de la Edad Media en los siglos XII y XIII, eran gremios, es decir, asociaciones profesionales que tenían un fin operativo y participaban de la vida social y económica del lugar en igualdad de condiciones respecto de otras asociaciones de rubros tan disímiles como el cultivado por los talabarteros, tejedores, constructores, notarios.
Nos cuenta Jacques le Goff (Los intelectuales de la Edad Media, Gedisa, 2006; versión original en francés de 1985), que las universidades se constituyen como una extensión o desarrollo de las escuelas urbanas del siglo XII sobre todo en París, en la famosa Rue du Fouarre, donde se dio una inusitada profusión de maestros ofreciendo sus servicios. Nos dice también que la más antigua universidad de la que tenemos noticia es la de Boloña, que comenzó por dedicarse a los estudios jurídicos como consecuencia del auge que en ese momento comenzó a adquirir el derecho romano. Pero, y el dato parece significativo y pondrá luz sobre el posterior curso de la evolución académica de Europa, en teología y filosofía, dos maneras decisivas en ese entonces. La universidad más antigua y más prestigiosa durante por lo menos un par de siglos es la de París, cuya fundación ubica en torno al año 1215, institución que solamente tuvo como temprana sombra la no desdeñable competencia de Oxford, que, sin embargo —como luego sería norma, tradición y timbre de honor en la enseñanza anglosajona— ya tenía una marcada orientación empirista.
Apenas conoció formalmente la luz, la universidad francesa se convirtió en objeto de disputa en los reyes y el papado. Con mayor lucidez y respeto que el poder político, el poder eclesiástico no tarda en admitir la importancia que tienen estos órganos que nuclean, absorben, dignifican y expanden el conocimiento a través de verdaderas legiones de estudiantes ávidos de sabiduría y de un protagonismo social que hasta entonces le estaba vedada. Los papas, que finalmente pudieron doblegar el desborde de las coronas, aseguraron máxima libertad a la cátedra, dieron considerable apoyo logístico y otorgaron a la universidad de París un buen conjunto de privilegios que garantizaban su independencia respecto de las autoridades locales. Los universitarios estaban exentos de ciertas normas y obligaciones que existían para los demás habitantes de París, lo que los convertía, si se quiere, en los ciudadanos más libres de la cristiandad, pues a las licencias recibidas sumaban la propia índole de su quehacer, que es el conocimiento, factor de liberación por excelencia.
Y es en virtud de esto que tiene lugar la irrupción de algo que más tarde será causa de gloria y luego de miseria en Occidente, a saber: el mercado del saber, el comercio mayoritariamente decente del conocimiento y de las materias y personas que lo sustentan. Lo explica con claridad Le Goff: “Hombres de ciudad, los nuevos intelectuales son hombres de oficio. Lo tienen, como los comerciantes, puesto que son ‘vendedores de palabras’, así como éstos eran vendedores de ‘cosas temporales’”. Ese salutífero tráfico de ideas, conocimientos, de frases, hallazgos, razonamientos y perspectivas será fuente de estímulo, de avances, de poder para la vida de París, y por extensión e influencia, para todas las ciudades que siguiendo su ejemplo decidieron vincular su destino a los infinitos caminos del saber y de la ciencia.
No es misterioso, entonces, porqué el Occidente europeo alcanzó la grandeza que hoy tanto echamos de menos.