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    Las referencias a los negros en el idioma español (I)

    Le escribo porque me ha invadido una inquietud que tiene que ver con una gresca que tuvo serias consecuencias, médicas y judiciales (y puede haber más secuelas). Estos hechos violentos acaecieron a la salida de un local nocturno llamado “Azabache”.

    Las resultantes de esa riña entre mujeres, una de ellas una muchacha negra, quien llevó la peor parte, tuvo al parecer como detonante la disputa por acceder a un taxi, no pudiéndose establecer cómo comenzó la trifulca.

    La pericia forense estableció que las lesiones fueron graves (laceración de hígado) en la muchacha negra agredida, lo que determinó el fallo del juez con el procesamiento con prisión de tres de las cuatro mujeres (una sigue prófuga). El pronunciamiento del juez no tiene el alcance de incluir el móvil de un atentado racista como causa del episodio, al menos en las primeras actuaciones.

    Sin embargo, esto ha dado lugar a un movimiento político-académico, que reúne a respetables personalidades del medio, que se pronuncian por dirigirse a la Real Academia de la Lengua Española, solicitándole que la frase “trabajar como un negro” sea suprimida del Diccionario.

    No estoy de acuerdo en encontrar en el lenguaje una superestructura. Ni pienso en que sea un hallazgo encontrar en el idioma el reflejo de una infraestructura social que demuestra la “verdad-consecuencia” de una situación social imbuida de intención racista. Y de resultas de ello se intenta operar en una frase sobre los diccionarios. La Real Academia no es la responsable de que se hayan dado esos hechos en el país; no es responsable de que en la fragua del lenguaje, el habla de generaciones acuñara esa expresión.

    Hubo antecedentes lamentables, durante la dictadura, o quizá antes, en que un ministro procedió a proscribir determinadas palabras y sustituirlas por otras. Era un ejercicio a favor del poder que hacía brotar la censura. Hoy ya casi nadie recuerda la ocurrencia chambona del ministro censor.

    George Orwell, en su novela 1984, habla de un Ministerio de la Verdad, encargado de establecer lo que está permitido en el habla, en la escritura, en la historia.

    La cuestión me parece, pues, compleja. Hay un componente pasional de odio (el extremo sería el dar muerte) propio del alma humana. La sobredeterminación del lenguaje comprende este malestar y lo esclarece. Lo que demuestran con creces estos hechos y otras muestras variadas es la existencia de corrientes de amor, de odio y de ignorancia, empozadas en las entrañas de los seres humanos.

    Quiero enfatizar la ignorancia como pasión de no querer saber. ¿Qué hacían los espectadores que, indiferentes, miraban la golpiza y no intervenían para terminar con aquella insanía?

    La lengua, en su riqueza de producción, hace posible la ironía, la parodia, la sátira, la injuria. Es sabido que una lengua filosa hiere más que una espada. Un personaje de un film de Thorold Dickinson decía de su estilográfica: “Esta es mi espada”.

    El lenguaje tiene un potencial virtual que, ora se usa en la batalla política, ora se usa en los partes de guerra, con los eufemismos consiguientes para ocultar significaciones que se procura ocultar. “Daños colaterales” se usa en declaraciones que informan sobre bombardeos que incluyen a la población civil. “La oposición tiene sed de poder” es la incomprensión de un gobierno que desconoce el libre juego de la razón política en la democracia. “Hay infiltración de terroristas en la fila de los manifestantes”, ha sido frecuente comodín usado por gobiernos de facto.

    Y tenemos ahí la pasión, la verdad agujereada que muestra más su embuste al pretender ocultarse. Las diferencias se dirimen a veces a golpes de ingenio (y no a golpes de puño o salivazos).

    “El Sr. Diputado ha dado otra vez en la herradura y no en el clavo”; “Lo que pasa es que Ud. se mueve”.

    La arenga política trasunta la pasión puesta en las distintas tendencias con diversidad de pensamiento —lo que es deseable— y con variedad de recursos lingüísticos a los que se acude con fervor e inteligencia —lo que es más deseable aún. Ese es el ramal eferente del espíritu de la pasión cuando se usa lícitamente acudiendo a la producción que provee el lenguaje.

    Hacer llorar, hacer reír, hacer pensar, es propio de la producción de la lengua, manantial inagotable que alcanza dimensiones de torbellino.

    Es una lástima porque aprecio, estimo y quiero a algunas de las personalidades que hacen esta solicitud —errada, a mi entender— a la Academia.

    No se puede refrenar la poiesis (producción) de la lengua. Es irremediable que se produzca. Es deseable que se produzca.

    “Cosas de negros” no es una diatriba racista; es un hermoso libro del escritor uruguayo Vicente Rossi, que Borges menciona más de una vez, y en ese libro se esgrime la hipótesis que adjudica el nacimiento del tango a los bailes de los negros en nuestra ciudad.

    “Tenés paladar negro” es hablar de alguien que tiene gustos o exigencias desmedidas.

    La novela negra americana no alude a los afroamericanos y sus luchas; es un género de novela policial americana y ha sido escrita no solo por escritores blancos, sino también por escritores negros.

    “Azabache” es una memorable milonga compuesta por Stamponi y Expósito, que festeja, en el año 1942, el desfile de una comparsa negra por las calles de San Telmo, donde hay una sabia mezcla de lamento por el dolor de las penurias padecidas por los negros, enlazado a la atracción de una hermosa mujer negra bailando candombe. La letra se permite un leve tono parodial: “Tu cala palece un sueño, un sueño de chocolate”.

    “Milonga en negro”, escrita por Héctor Negro, es una sátira a un casamiento de negros que Edmundo Rivero cantó con toda la riqueza de su magisterio, pero la letra era un poco gruesa, aunque eficaz en su sátira no suficientemente atemperada.

    Pero también hay sátira a las deformidades físicas, a las meretrices, al casamiento de gays, a los judíos, a los gallegos, a los italianos (gringos), a los americanos (gringos, yanquis), a los chinos, a los sudamericanos emigrados en España (sudacas), a los porteños, a los cordobeses, a los brasileros. Y suma y sigue. Esas son indudablemente explosiones xenófobas o pasionales sin más. Pero no por ello nos la tomaremos con el idioma, y menos adecuado a razón me parece el acudir a erróneos procedimientos de ablación lingüística, aunque esgriman razones de corrección política.

    El juego limpio (“fair play”) en el fútbol en nuestro país, y aún en partidos amistosos, termina muchas veces a trompadas y en casos extremos a balazos y puñaladas (nada de esto es invención, y ¡ay! ha ocurrido más de una vez).

    Pienso que hay mucho por hacer en otras realidades, en otros campos, en nuestro medio, que no entrar a saco en el terreno de la lengua, en España, como parece proponer el manifiesto de la asamblea, con visos de militancia fallidos.

    Juan Carlos Capo

    CI 653.367-1

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