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Se financian con petróleo, aporte de amigos poderosos, secuestros, extorsiones y robos. Pero tienen otro negocio bastante menos conocido y mediático. Roban y trafican antigüedades, objetos de valor incalculable, pequeñas y discretas obras de arte que ofrecen al mejor postor a lo largo y ancho del mundo. No son tontos ni todo lo hacen con criterio religioso. Le sacan buen partido a su pasado, el ilustre y conmovedor pasado mesopotámico. El territorio del conflicto sirio está construido sobre la historia, el arte y la cultura milenaria del Tigris y el Éufrates, ríos emblemáticos de la región mesopotámica, cuna de la civilización y la escritura.
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En ese territorio hay dos o tres o cuatro mundos posibles. El que se ve poblado de templos y mineretes, de muros y lugares de honda religiosidad. El que no se ve, el que sobrevive enterrado, el que guarda secretos todavía inexplorados en riquísimas etapas de las sucesivas civilizaciones. En el mundo visible de las ciudades conquistadas, el Estado Islámico desata su furia. En Mosul, ciudad del norte de Iraq, sobre las ruinas de la mágica Nínive (Imperio asirio), se encuentra el templo de Jonás. Se encontraba. Ya no está. Ahora son ruinas sobre ruinas de miles de años.
Estuvo allí reverenciado por islamistas y cristianos. Era un lugar sagrado, supuesta tumba del profeta que según los textos bíblicos fue tragado por una ballena. Quedan de él restos de piedra que dejó la furia del yihadismo salafista (rama sunita que integra Isis). El año pasado fue el de la destrucción de imágenes y templos. También otras construcciones, como un castillo de la época de las Cruzadas.
En parte tienen razón. Son símbolos profanos, según su visión mística del mundo. Lo que no justifica en nada la destrucción, la intolerancia totalitaria, la actitud criminal. Pero en nombre de esa visión ya se sabe que matan inocentes de la peor manera, si es que hay mejores y peores formas de morir. Matan, destruyen y fiel a ese novedoso manejo de las “redes” y la visibilidad mediática, convierten lo destruido en espectáculo.
Mostrar la muerte es matarlos de nuevo. Las imágenes de las ruinas de Jonás son todo un símbolo. Están en Internet y exhiben paso a paso la destrucción y a los niños que corren a llevarse algunas piedras para la casa. También muestran “soldados” colgados que destrozan imágenes asirias a mazazos.
Escenifican y graban acciones como grandes shows performáticos. El espectáculo sobre el escenario de guerra y sangre y odio, la destrucción y el saqueo. Quien quiera verlo, puede buscar en YouTube y se dará cuenta de la estrategia de medios que impulsa la dirección del Isis. Las primeras y aterradoras imágenes fueron ejecuciones. Un hombre prendido fuego en una jaula al aire libre. Una escena cinematográfica salvo por el detalle de que era cierto. En realidad, poco importa, nadie puede comprobarlo. Podría ser una escenificación. Tal es el límite borroso entre la realidad y la ficción de Isis o de cualquiera que ponga un video en Internet. Hasta una guerra puede ser ficcionada.
Otro video muestra una larga fila de hombres vestidos con prolijos mamelucos naranjas que caminan por la orilla del mar. El sol, las olas, el silencio y la caravana humana. Van rumbo a su ejecución. Son muchos, una larga fila custodiada por soldados de caras ocultas con pasamontañas negros. Los colores, el silencio, la edición y el clima ofrecen un espectáculo aterrador, como tantas películas que estamos acostumbrados a ver. Luego, la decapitación. En detalle. Esto es lo peor.
Aunque Isis depara muchas sorpresas. Las niñas y jovencitas vendidas como esclavas. Sus pozos petroleros, sus aliados insospechados. Y otras acciones mediáticas como la proyección de sus ajusticiamientos en un cine al aire libre. Luego de la condena internacional a la destrucción de imágenes en su lucha contra la idolatría, los yihadistas profundizaron otro camino. Roban, trafican y venden reliquias y valiosos objetos de incalculable valor artístico.
Usan las redes y a intermediarios que logran canalizar el producto y establecer los contactos con el mundo del coleccionismo. “De alguna manera estamos todos implicados en la destrucción cultural de la humanidad”, dijo hace poco un alto jerarca de la Unesco, que estableció una red de lucha contra el tráfico de arte. En poco tiempo logró desarmar ventas por varios millones de dólares. “Todos implicados” quiere decir exactamente eso. El FBI acaba de levantar sospechas sobre un importante número de millonarios coleccionistas y de bandas mafiosas que sacan las obras de Irak y Siria y las llevan a Turquía y otros países de la región. De allí a venderlas a diferentes partes del mundo.
Las reliquias incluyen joyas, libros, mobiliario, objetos de culto, efigies. Se calcula que el robo de este período ya alcanza los cien millones de dólares. El Estado Islámico las vende más baratas, mucho más baratas del valor que podría llegar a estimarse en un mercado legal. Es tentador. Se cree que hay compradores que las guardan por años hasta que en algún momento las vuelcan al mercado.
No hay leyes todavía que puedan luchar contra este crimen de lesa cultura. Lo peor es que no hay registros que validen y permitan clasificar y seguir la ruta de la mercancía. Hay otro mecanismo que parece interesarle a Isis: el intercambio por armas o droga, un sistema que habilita a blanquear por valores más vendibles o utilitarios. Paradojas de la contemporaneidad. Es cierto que esto no es nuevo, desde los saqueos romanos, napoleónicos y nazis, por nombrar los más notorios, hasta la más pulcra sangría realizada por gobiernos e instituciones que apoyaron las búsquedas arqueológicas del siglo XIX.
La lista de monumentos y joyas destruidos también es larga. Tan larga como la lucha contra la destrucción, aunque menos redituable. Pero la humanidad sigue porfiada tras un ideal de cultura, de identidad. La memoria permite su crecimiento, porque el legado de la historia también nos hace más humanos.