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    Le Belle Epoque

    N° 1986 - 13 al 19 de Setiembre de 2018

    —Me extraña que sus amigos más antiguos le digan el Gordo. Usted es… ¿cómo decirlo?... normal.

    —¡Ja, ja! Sí, ahora sí. Pero a comienzos de mi adolescencia yo era flaquito y ya trabajaba mucho. Y por insistencia de dos tías con espíritu materno, mi vieja me tuvo un tiempo comiendo como un desesperado; así llegué a pesar cien quilos. ¡Imagínese! Por suerte, ya independiente, zafé…

    Fue la primera, pero no la única experiencia algo estrafalaria de su vida que, en un lejano reportaje en Clarín, contó Federico Scorticati, nacido en La Unión, Montevideo, el 6 de noviembre de 1912, aunque su familia lo llevó a cuestas, siendo muy pequeño, a Villa Domínico, Avellaneda, provincia de Buenos Aires. Allí, con el tiempo, se convirtió en uno de los mejores bandoneonistas en la historia del tango.

    Se enamoró de niño del instrumento oyendo tocar a su padre, un “orejero”; apenas con ocho años le regalaron uno, que dominó precozmente gracias a enseñanzas de un músico vecino y luego tomando clases con Arturo Bernstein, al que todos conocieron por el Alemán. Y ese primer bandoneón fue, en sí mismo, otra anécdota inusual de Scorticati: el único que usó hasta que, próximo a su muerte, el 2 de julio de 1998, dejó de hacerlo; ¡más de 70 años cuidando aquella “oruga”, el preciado regalo paterno!

    —Los botones, en su mayoría, estaban gastados —observó, cuando el bandoneonista iba a cumplir 80 años, el historiador Néstor Pinsón—. Al pulsarlos, la nota musical salía acompañada por el golpe de su dedo en la madera del teclado.

    Federico Scorticati debutó a los diez años en un cine de su barrio, animando los bailes familiares que seguían a cuadros teatrales actuados por aficionados. Luego, su padre lo llevó a Radio Nacional —hoy Belgrano—, donde integró un trío que actuaba desde las diez de la mañana a las diez de la noche: cobraban de tanto en tanto, pero les daban de comer todos los días.

    —Yo era un pibe y volvía caminando a mi casa cargando el bandoneón. Nunca me pasó nada. Otros tiempos, otra vida…

    Poco después le cayó encima el éxito y lo empujó a una actividad incesante: llamaba la atención tocando tan bien a esa corta edad. Primero lo contrató Roberto Firpo y por dos años trabajó con él animando los entreactos del cine Paramount. En 1928 se integró al grupo de Cayetano Puglisi y al año siguiente fue llamado por Juan Pacho Maglio, quien, generoso, le consiguió una entrevista con Julio De Caro, a quien Scorticati admiraba; pero reaparecieron en la vida del joven las experiencias raras: apenas había actuado tres veces con el sexteto del autor de Boedo cuando le ofrecieron un contrato muy ventajoso en un transatlántico anclado en el puerto porteño, que daría la vuelta al mundo. Armó un trío y tocó varias semanas. Pero el barco no se movía. Al final estalló el escándalo: los propietarios se quedaron con el dinero de los pasajes, dejaron a un “encargado” y huyeron. Un caso extraño. El barco, del que se supo tenía averías, fue a remate; Scorticati salvó su bandoneón y perdió la relación con De Caro.

    Se las arregló: armó una orquesta propia varias veces, fue bandoneonista de Pugliese y De Canaro —quien lo echó por adherir a una huelga de músicos—, grabó en las principales discográficas y trabajó once años con Carlos Di Sarli desde comienzos de la década de 1940 hasta la muerte del director:

    —Fue, tal vez, mi mejor época. Todos sabían que a Di Sarli no le gustaban los solos de bandoneón. Yo hice un arreglo especial para El choclo, y lo permitió. ¡El único en la historia de su orquesta!

    Supongo que por delicadeza, esa vez Scorticati omitió decir que el trayecto con Di Sarli tuvo una interrupción también por problemas gremiales: deudas que el pianista-director, inesperadamente, demoró en saldar con sus músicos.

    Viajó cuatro veces a Japón, compuso tangos recordables —Alma, Romance, Bandoneón de mis amores, Desesperanza, Plumitas, Cansancio, Confidencia, Despojos, Por quererte así y, entre tanta obra a recordar, la milonga Como pelea de novios, con letra del uruguayo Erasmo Silva Cabrera—, y, ¡por supuesto!, acompañó a Gardel en Madreselva para los cortos que filmó Eduardo Morera, versión que se escucha en la película Il Postino (El cartero, de Neruda).

    Si tuviese que valorarlo hoy, me quedo con lo que escribió Oscar Zucchi: “Una notable expresividad, brillantez sonora y sugerentes tonos del toque perlado y una sorprendente digitación para variaciones, fraseos y la difícil técnica de los ligados”.

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