Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLe escribo para aclarar la palabra mamarracho que usé aplicada al lenguaje inclusivo y referida por la columnista Delgado en el número anterior. Creo que el lenguaje inclusivo invierte la causalidad: la lengua es construida por la sociedad y no al revés. Lo considero “una cosa mal hecha o ridícula” como define el DLE. Paso a fundamentarlo con ejemplos.
El español posee cinco géneros, pero parece que al lenguaje inclusivo no le alcanza. Hay lenguas que prácticamente no emplean género, el inglés es un ejemplo. Otras, como el alemán, tienen tres y emplea el femenino para el plural y el neutro para los jóvenes. En ruso los apellidos tienen género: Pavlov, Pavlova o Karenin, Karenina. La realidad muestra que la estructura de la lengua no cambia nada a la sociedad, a menos de sostener que Rusia o Alemania no son sociedades patriarcales que oprimen a las mujeres: pregúntele a Ana Karenina en caso de dudas. Es como creer que decretar la obligatoriedad de la enseñanza media convierte a todos en bachilleres. Ya la joven Julieta lo sabía: “wich we call a rose by any other name would smell as sweet” (act. II, sc. II).
La lengua —igual que la poesía, el periodismo o el humor— sigue el principio de mínimo esfuerzo. En muchos casos es ambigua y esto siempre se puede subsanar. Antes era común decir “los hombres”, para evitar la ambigüedad se podía decir algo más largo, “los seres humanos”. En el citado caso de los taxímetros, la culpa no es de la lengua, sino del redactor. Podría haber escrito, algo más largo, “conductores de todo sexo”. La ambigüedad no es una perversión de la lengua y es usada frecuentemente en juegos de palabras que muchas veces suelen ser intraducibles debido a la estructura de los idiomas.
En algunos casos el leguaje inclusivo fuerza una e, una x o, mucho peor aún, una @. Me parece que es “una cosa mal hecha o ridícula”. La x convierte las palabras en impronunciables. La @ es peor aún. El carácter condensa la palabra inglesa at, así como el carácter $ condensa ps., abreviatura de pesos, & condensa la palabra latina et y ñ a nn. El español nombra @ con una obsoleta palabra árabe que designa la cuarta parte del quintal, una medida de peso. Su uso se popularizó con las direcciones de correo electrónico con el significado de “at”, usada por no ser empleada en la escritura. Es muy curioso que ahora se pretenda prolongar el alfabeto latino con algo que rompe siglos de tradición y obligaría a modificar demasiadas cosas.
Veamos la palabra presidenta. ¿Qué decir del uso de la letra e como terminación del género común o del epiceno? Se puede usar sin dificultades la expresión “veo a mi dentista”, donde no se especifica su sexo. Si se quiere levantar la ambigüedad se dice “veo a mi dentista mujer”. Lo mismo sucede con gran cantidad de profesiones: “pianista”, “ebanista”, “poeta”. Presidente parece ser una palabra inclusiva, pero no basta, también ahora exigen presidenta. ¿Por qué no entonces usar presidento, poeto o dentisto? Olvidar el principio de economía del lenguaje me parece “una cosa mal hecha o ridícula”.
Para finalizar, no hay que olvidar nunca que el español es una lengua internacional. Hay más de 20 países y unos 500 millones de personas que la emplean. Es la única lengua internacional que posee un organismo también internacional que la fija y ordena. Es la única que posee un diccionario internacional: el DEL, heredero del viejo DRAE. No debemos permitir que ocurra lo que jocosamente decía Bernard Shaw sobre el inglés: Estados Unidos e Inglaterra son dos naciones separadas por la misma lengua. Destruir la unidad de la lengua es también “una cosa mal hecha o ridícula”.
Juan Grompone