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    Libros de guerra

    Columnista de Búsqueda

    N° 1784 - 02 al 08 de Octubre de 2014

    Hay personas que tendrían que hacer un curso acelerado de historia, de filosofía política, de filosofía; apurarse a comprender qué ocurre en la realidad cuando se desata una situación de enfrentamiento irreconciliable no meramente entre modelos de organización o entre escuelas económicas sino entre concepciones antropológicas abismales. Considerar que el hombre es un plácido rumiante colectivo o creer que es una criatura dotada de razón y capaz de construir con libertad su destino no son diferencias menores. ¿Cómo se trata semejante abismo?

    Aquí es donde la cultura hace la diferencia, pues permite entender qué significa afrontar no ya una mera distinción de ideas sino posiciones que van en direcciones exactamente contrarias, donde una de ellas se ha juramentado desbordarse sobre la otra para destruirla. La situación formalmente se llama guerra, aun cuando su retórica corresponda a un escalón anterior, que es la política.

    Así como de tanto en tanto ciertos pelotones de fusilamiento salvaron la civilización, ciertos libros también cumplieron y todavía pueden cumplir ingentes servicios. Pero, claro, no hay que rehuirles, principalmente entre quienes tienen el deber de saber, para saber conducir. Mi lista de lo que debería leerse hoy y aplicar sin demora es exigua aunque la creo sustancial; principia lógicamente por La Política de Aristóteles, que nos habla de cuáles son las causas de las revoluciones y de los cambios de gobierno: “Los inferiores se rebelan para conseguir igualdad; los iguales, para conseguir superioridad”. Ciertamente no es un idealismo sentimental y blando lo que orienta la pretensión revolucionaria (que es el tema del que se ocupa en el actualísimo Capítulo V); antes bien se trata de la sed simple de posesión de lo ajeno, “porque los hombres se oponen unos a otros por amor al lucro y dignidades, y no para obtenerlos en sí mismos, sino al ver que otros medran, justa o injustamente”. Luego hay que leer a Polibio, que razona sobre la inestabilidad de los Estados, cuando en estos falla la equidad y en nombre de una redistribución que siempre es confiscatoria algunos se benefician en perjuicio de otros y ambientan divisiones que terminan en levantamientos si los pueblos son dignos o en silencio y resignación si resultan pusilánimes.

    El otro libro que por fuerza debe ser de la partida a la hora de asumir las cosas políticas en todo tiempo y lugar, pero especialmente en esta época de desconciertos y desvíos, es con toda obviedad los Comentarios a las Décadas de Tito Livio, de Maquiavelo; obra que permitirá conocer lo que justamente hoy no se está conociendo, es decir, los signos que indican el rumbo de la realidad. En uno de los pasajes dice exactamente que “estando el aire lleno de inteligencias, estas, por virtud natural, prevén las cosas futuras y tienen compasión por los hombres y, a fin de que puedan prepararse para la defensa, les advierten con tales signos”. Este fragmento le pido al lector que lo memorice, que lo grabe firmemente en su conciencia ciudadana, porque es una fuente de consulta constante para comprender las incidencias de la política y los muchos aprietos en los que rivalizan los historiadores y los científicos de la política en su baldío afán por hallar trazos de coherencia, de lucidez y de respetabilidad en la acción de los pueblos. La frase encierra, me atrevería a decir que de manera casual y con mayor contemplación que las apropiadas páginas de El Príncipe, las dos premisas centrales del pensamiento de Maquiavelo, a saber: que siempre hay alguien más inteligente que la plebe, que la plebe es retrasada por definición y tamaño, y que la idiotez del ambiente se puede oler de lejos y utilizarse en provecho de quien ha tenido la perruna virtud de olfatearla con anticipación.

    Por último, y más importante: no se puede avanzar un paso en la guerra sin comprender que estamos en ella. Hay que conocer el concepto de enemistad que trata Carl Schmitt en su ensayo El concepto de lo político; para este autor es justamente la enemistad una de las razones fecundas de la política, y, de hecho, la parte más viva de su esencia. Decía más: la política solo se hace comprensible bajo el signo de la dialéctica entre amigo y enemigo; la realidad política es siempre el relato de un conflicto, y el conflicto, consecuentemente, es la fuente natural de la historia.

    Y por si nada de lo anterior fuera suficiente en la perturbación electoral, me queda por rogar la consulta de otro libro: con devoción coránica hay que volver a Von Clausewitz; que ha dicho: “Ha de restringirse la potencia enemiga a un número lo más reducido posible, a uno si se puede, y, en todos los casos reducir a un mínimo el número de choques contra esos centros , y si es posible a uno solo. Los factores morales constituyen la cuestión más importante en la guerra, porque los efectos de las fuerzas físicas están completamente fundidos con los efectos de las fuerzas morales, y no pueden separarse. Ahora, en el combate, toda la actividad, pues tal supone su concepto, se encamina al aniquilamiento del contrario, o, mejor dicho, de su capacidad de combatir; la destrucción de las fuerzas en combate es, pues, siempre el medio para conseguir este fin del combate”.