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“¿Alguien tiene un marcador para ponerle asesino?”, preguntó un estudiante de no más de 18 años. El timbre del apartamento de José “Nino” Gavazzo tenía chicles, cinta adhesiva y en el lugar de la placa con su nombre, escribieron “torturador asesino”. Se turnaban para timbrar una y otra vez. “¡Nino baja! ¡Te estamos esperando!”.
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Gavazzo no bajó. Y la mayoría de los que le arruinaron la salida no habían siquiera nacido cuando el militar cometía los crímenes por los que fue procesado. Es que muchos de los que se reunieron el viernes 27 de noche en la esquina de las calles Martí y Libertad, en Pocitos, no pasaban los 20 años. Eran integrantes de gremios liceales, principalmente del IAVA, y del liceo Zorrilla.
También estaba Irma Leites, de Plenaria Memoria y Justicia, y otros integrantes de la organización.
“Siempre tratamos de estar en estas movilizaciones”, comentó a Búsqueda Matilde Labandera, una estudiante del liceo Zorrilla. “Lo conversamos entre los gremios y vinimos. Más allá de que pasó hace tiempo, esto no puede quedar impune”.
Había pancartas (“tu nieta está en su 15, ¿sus nietos donde están?”), carteles (“un pueblo que olvida su pasado está condenado a repetirlo”) y fotos con la imagen de Gavazzo bailando el vals pegadas en las paredes del edificio.
“Justamente somos los jóvenes los que tenemos que recordar la historia, y mantenerla viva. La juventud tiene que saber lo que pasó, para que haya Justicia”, dijo Julieta Zidan, otra estudiante.
Los alumnos del IAVA cantaron a coro “A redoblar” y soportaron el frío durante varias horas para mantener el “cerco” que rodeaba el edificio de Gavazzo. Incluso intentaron esconderse para engañar a la Policía —un operativo de Inteligencia vigilaba la zona— y que el ex militar se atreviera a bajar.
Aunque se quedaron con las ganas de increparlo, sí lograron su objetivo: impedir que asistiera a una actividad familiar. El ex militar, procesado por violaciones a los derechos humanos durante la dictadura (1973-1985), había sido autorizado por la Justicia a una “salida transitoria especial” para concurrir al festejo de cumpleaños de su nieta entre las 20:00 y las 6:00 horas (Búsqueda Nº 1.868). Sin embargo, debido a la manifestación, desistió de sus planes y se perdió la fiesta.
El permiso de la Justicia generó indignación en organizaciones defensoras de derechos humanos. “Burla judicial”, tuiteó el abogado Pablo Chargoñia, del Observatorio Luz Ibarburu, luego de que Búsqueda informara el miércoles 25 sobre la resolución del juez Martín Gesto. Ignacio Errandonea, miembro de Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos, dijo a “La Diaria” que la autorización era un “agravio”. Para Plenaria Memoria y Justicia, fue “una nueva cachetada de la Justicia”.
“Me tengo que ir, si podés sacale una foto a este hijo de puta”, le dijo un joven a otro, cuando ya habían pasado las 21:00 horas. La espera se hacía larga y algunos empezaron a irse, sospechando que Gavazzo había suspendido sus planes. Pero cerca de las 10 los ánimos se agitaron: dos policías vestidos de civil entraron al edificio. Todos se prepararon para que el ex militar finalmente saliera, pero después de varios minutos, los efectivos se fueron solos. Y la expectativa empezó a decaer.
Poco más tarde, una señora peinada y maquillada, pero vestida de deportivo y mirando con fastidio la protesta, salió del edificio y se subió a un taxi. Horas antes había tenido un cruce con los manifestantes, cuando muy molesta empezó a arrancar los carteles. La mujer no era una vecina solidaria con Gavazzo, como habían creído al principio los jóvenes, sino que era su esposa. Horas más tarde, resignada a que el ex militar no la acompañaría, se fue a la fiesta y evitó que su ropa la delatara. (Al día siguiente presentó una denuncia contra Leites por agresión, y el domingo la militante debió comparecer ante la Justicia a declarar).
Pasadas las 23:00 horas comenzó a circular entre los presentes el rumor de que Gavazzo no iría a la fiesta. De hecho, un poco antes le había informado la decisión al Ministerio del Interior. Tras varias horas de espera, los militantes y jóvenes terminaron por irse, entre contentos por arruinarle la fiesta y frustrados por la bronca que no pudieron desahogar.