Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl hombre de las eternas Causas. Supe que estaba grave por un WhatsApp que envió mi hija, pidiendo una oración para quien —se sabía— le quedaban horas de vida.
Días antes le había visto en televisión en la última edición del muy buen programa “El Origen”, disertando con sabiduría y su proverbial desparpajo sobre las razones últimas de los fundadores de la República, y le noté físicamente desmejorado pero con la lucidez de siempre.
La cotidianidad con la que presentaba a los personajes de siglo y medio atrás, la descripción de sus pliegues y la naturalidad con la que exponía el sentido común de la época que les había tocado en suerte, hacían de sus explicaciones auténticas disecciones del drama de la naturaleza humana en cualquier circunstancia histórica.
Pero como el programa había sido producido con alguna anterioridad, me inquietó pensar que su salud podía haber empeorado.
Conocí a Lincoln Maiztegui Casas (su insistencia por el segundo apellido no era por una pretensión aristocrática, sino una reivindicación militante del influjo que su madre tuvo en su forja cultural) en la redacción del semanario “Patria”, donde por años compartimos los cierres eternamente apurados que tienen las publicaciones políticas.
Era la segunda mitad de la década de 1990 y aquellos fueron los años más duros de la fracción liderada por Luis Alberto Lacalle, por entonces ex presidente de la República, quien acorralado por la adversidad política decidió salir a dar su combate de ideas con la edición de aquel semanario que llevó por lema una hermosa frase del poeta Juan Zorrilla de San Martín, quien por haber sido fundador de la Unión Cívica (el partido católico, entonces fuera del Partido Nacional), supo provocar escozor en algún fundamentalista de los que siempre hay en todas las tribus: “La Patria, cuyo nombre es canción en el arpa del poeta, grito en el corazón, luz en la aurora, fuego en la vida y en el Cielo estrella”.
Los miércoles, y cuando apretaba el frío en aquel caserón de calle Mercedes en el que funcionaba el semanario, se hizo habitual compartir a eso de la medianoche, una cena que carecía de toda pompa —una comida de olla— que se convirtió en un formidable pretexto para iniciar largas tertulias políticas que solían conspirar contra el cierre habitual de la publicación.
Por aquella cena de los miércoles supo pasar buena parte de la dirigencia del Partido Nacional, de entonces y ahora, y nunca faltó “Arbolito”, que era como Lincoln Maiztegui Casas firmaba sus notas de contratapa.
Era un hombre que no sabía vivir sin una Causa por la que combatir.
Retornaba de su largo Camino a Damasco, que lo había llevado de sus orígenes blancos a tiendas del Partido Socialista del Uruguay, en sus años de exilio en España a su vinculación con el Partido Socialista Obrero Español, a su desexilio ya desencantado del socialismo y a su retorno a las viejas raíces blancas que lo habían iniciado a la política.
Desde aquella trinchera de papel compartimos toda la peripecia de un sector que era minoría dentro de la minoría política del país, dando una batalla épica que no supo de bajas ni renuncias.
Allí fue cuando relató que su tío abuelo, Julio Casas Araújo, nacido en Casupá (Florida) y tempranamente emigrado a Minas (Lavalleja), había sido el autor de la letra de la “Marcha Tres Árboles”, como se le llama al Himno del Partido Nacional, solicitado por el Directorio blanco en la década de 1940 al eximio poeta minuano.
Puede parecer una simple anécdota, pero la carga romántica de su pensamiento político tuvo en la “Tres Árboles” una piedra angular, cuyas estrofas solía recordar en aquellas tertulias con su estentóreo vozarrón:
“Las muchedumbres iluminadas,//
por las antorchas de su fe,//
y el sacro fuego de su ideal,//
alzan al Cielo con arrogancia,//
la voz gloriosa del Partido Nacional”.
Y culminaba con solemnidad, como el himno cierra su son:
“Juventud radiante del Partido Nacional,//
Todo por la Patria, pensamiento y sangre de ideal,//
Firmes en la lucha, ¡Vivir es combatir!,//
con la fiereza de vencer,//
y el anhelo de imponer//
nuestra divisa al porvenir”.
¡Qué duda cabe sobre dónde alimentaba su gesto!
En aquellos días, en que aún sobrevivían con fuerza las aldeas tribales dentro del Partido Nacional —herreristas, wilsonistas, independientes y por extensión, lacallistas, larrañaguistas y los que estaban en tercería— Lincoln solía saltearse todas las polémicas sobre ortodoxias y heterodoxias, definiéndose como “blanco”, sustantivo que tuvo ocasión de explicar en múltiples oportunidades.
“Soy blanco ‘como hueso de bagual’, y lo he sido siempre, incluso cuando milité en el Partido Socialista”, escribió en una ocasión a un colega frenteamplista, que osó dudar de su independencia intelectual por abrevar en la colectividad de Manuel Oribe.
“¿No lo entiende; le parece incongruente? No es el único. Simplemente permítame decirle que no es lo mismo ser blanco que votar al Partido Nacional, como bien dice, entre otros, el Pepe Mujica. Ser blanco es adherir a una corriente histórica del país, que tiene sus valores y su forma de entenderlos y vivirlos”, explicó en una nota de incitación a la polémica.
En otra intervención más reciente, en una “Tertulia” radial de Emiliano Cotelo de hace tres años, cuando le preguntaron qué era él, políticamente hablando, contestó con prístina claridad:
“Soy blanco, por encima de cualquier otra consideración. Entiendo por blanco una determinada visión del país, una determinada visión de su historia, y de su trayectoria histórica. Desde mi punto de vista, y esto lo aprendí de mis mayores, de don Julio Casas Araújo, autor de la letra de la ‘Marcha Tres Árboles’, que se puede ser blanco dentro y fuera del Partido Nacional. No todo el mundo entiende esto, pero yo cuando actué en el Partido Socialista, de lo cual no me arrepiento ni un instante, y cuando tuve el privilegio de actuar hombro con hombro con gente como Vivián Trías, por ejemplo, o siendo yo muy jovencito, Dubra o posteriormente José Díaz, no dejé ni por un instante de ser blanco. En determinado momento, por razones ideológicas que tienen que ver con determinadas posturas del Partido Socialista respecto a algunos episodios, fundamentalmente internacionales, la Revolución cubana y todo lo demás, decidí responsablemente volver a mis raíces, volver a la trinchera natural de los blancos, que es el Partido Nacional. Esa fue mi peripecia personal; la asumo en su totalidad”.
Hombre culto y curioso, pero de cultura y curiosidad renacentistas, poseía una memoria prodigiosa para el detalle, una acerada fineza para la mordacidad y un punzante buen humor.
Era hombre de teclados y computadora, pero al leerlo nadie dudaba en aseverar que por la galanura de sus textos, en realidad escribía con pluma, por el refinado manejo del lenguaje y su riqueza expresiva.
Desde que lo conocí hasta hace muy poco, Lincoln era una chimenea caminante, un fumador impenitente de los de antes, que militó de modo desafiante contra la decisión del presidente Tabaré Vázquez de prohibir el tabaquismo en los espacios cerrados, y los programas periodísticos tenían en él a un formidable polemista defendiendo el derecho a fumar donde se quisiera, sin argumento posible que lo disuadiera.
Decía que lo suyo era en nombre de “los hombres libres”, para contradecir una resolución que consideraba abusiva de un gobierno frenteamplista.
En realidad, ignoro si ese reclamo era una demanda con sustento real o respondía a la necesidad de tener en su mochila una nueva Causa a sostener, para verle como siempre imaginamos al Quijote atacando molinos.
Disfrutaba de los desafíos joviales y partía de la base que todos los días amanece, con un Universo para conquistar.
Recuerdo cómo se plegó a la Causa de Jacinto Párraga, cuando se enteró que un puñado de floridenses estaban empeñados en sacar del ostracismo de la memoria a un personaje con tanta gallardía como poca prensa, defensor de la villa de la Florida en la sangrienta toma de 1864 protagonizada por Venancio Flores.
Enterado de que estaba en vísperas de escribir una historia general del país, se le pidió que no olvidara un renglón para el personaje en los días previos a la caída de Paysandú, y a pesar de que su sucesión de libros “Orientales” se redactó bastante después del pedido, a la hora de explorar la revolución florista de 1863-1865, casi un año más tarde, tuvo la delicadeza de llamar por teléfono a casa para usar algunas de las investigaciones floridenses, y cumplió su compromiso.
Los que más lo tentó para tomar partido por esa Causa, fue saber que para los que habían trabajado por la memoria de Jacinto Párraga, esta era la historia de un héroe del “partido de los Pérez”, de los sin apellido ilustre, de los que sembraron República y cosecharon olvido, sin otro merecimiento que el cumplimiento del deber.
Definitivamente, a Lincoln le tentaba tener Causas para defender.
Él, que gustaba definirse como “profesor de Historia”, a secas, se volvió historiador y en sus crónicas periodísticas dejó infinidad de páginas históricas, todo por una Causa: evitar la desmemoria.
Causas defendió en sus múltiples libros, Causas enseñó a sus centenares de alumnos, por Causas entró en polémicas, por Causas se exilió de sus raíces políticas y por Causas se exilió de su exilio de las raíces, volviendo al hogar del fuego primigenio.
Esa fue, tal vez, su gran Causa.
Quizás por ello (porque siempre hay Causas para sostener), era muy difícil verlo falto de optimismo.
Solo alguna vez, cuando recitaba los hermosos poemas de su tío abuelo, se lo podía hallar melancólico, aunque de una melancolía que añoraba la esperanza.
Eso le sucedía cuando parafraseaba el soneto “La vieja casa”, que publicó en los tiempos del viejo semanario y luego reiteró en alguna de sus columnas de “El Observador”, con un rictus de pena:
“Vieja casa, sola y triste//
bajo cuyo tejado enrojecido,//
el polvo miserable del olvido//
en eterna quietud aún persiste.
La hiedra milenaria que te viste//
te hace un sepulcro mudo y dolorido,//
donde el cadáver del ayer querido//
duerme el silencio de lo que no existe.
Al darte mi postrera despedida,//
añoro los recuerdos de otra vida//
y el llanto empaña de dolor mi ojos.
Cierro en silencio las vencidas puertas//
y gimen, enmohecidos, los cerrojos//
como llorando por las cosas muertas”.
Se ha dicho que Lincoln era un hombre solitario, y otro de los poemas de Julio Casas Araújo que solía exhumar, hablaba de una casa vacía —probablemente, la casa familiar— “como una larga hilera de pasos que aturdían”.
Lo reflexiona Juan Grompone en una despedida que publicó el día después de su muerte, aseverando que “era un solitario”, y el propio Lincoln en los últimos tiempos solía mencionar, como al pasar, la “feroz soledad” en la que vivía.
Cuando cumplió 70 años, descubrió “que era mortal” y resolvió grabar un disco, para él y sus amigos, sin cometido comercial, porque siempre dijo que él había sido un músico frustrado y deseaba romper el molde.
“Ya que es inevitable que me voy a morir, porque eso no lo cambia nadie, por lo menos, que eso (las ganas de dejar sus propias canciones) no se vaya conmigo”.
Hace poco, emprendió un viaje por España, lo que motivó una serie de crónicas publicadas en “El Observador”, alguna de las cuales fue reproducida en el suplemento editado por el diario, a su fallecimiento.
Todo indica que él lo tomó como un viaje de despedida, porque marchó al reencuentro de la memoria ancestral y de sus pilares esenciales, en particular, la de doña Brenda, su madre, a la que siempre fue devoto.
“Luego de la muerte de mi madre, en 1997, me había jurado a mí mismo no volver jamás a la Ciudad Condal. Sin embargo, creo que mamá se merecía una foto, que seguramente será la última, de los cuatro hermanos. La sueño, donde se encuentre, feliz de semejante reencuentro”, escribió en la que, de seguro, fue una de sus últimas crónicas.
En la misma nota, se pudo leer:
“Me siento inseguro para moverme, de alguna manera hecho polvo, y muy, pero muy triste y decaído”.
La noche anterior a ese texto, se había desmoronado sobre una mesa de cristal, y la había hecho trizas.
“Ahora, cuando se aproxima inevitablemente la hora de la noche final, uno se irá de este mundo sabiendo más, y ese saber se trasladará a las sucesivas generaciones. Como ya he señalado, este ha sido mi último viaje largo. Pero gracias a Dios que pude realizarlo. No hay cosa más hermosa que conocer el mundo, y yo llegué a hacerlo. Este viaje justifica todo lo hecho, aunque me haya caído arriba de una mesa de cristal y no me matara de pura suerte”.
Tenía 73 años y Lincoln Maiztegui Casas se marchó, despedido por los WhatsApp de cientos de sus discípulos, pidiendo una oración por su Alma y por la mansedumbre de su tránsito.
Se nos adelantó, como decían los viejos castellanos.
Pero sabiéndole un optimista impenitente, su partida me trae a la memoria otros versos, esta vez del mexicano Octavio Paz, que también hablan de la partida:
“pelear por la vida de los vivos,//
dar la vida a los vivos, a la vida,//
y enterrar los muertos y olvidarlos//
como la tierra los olvida: en frutos...”
Lincoln se fue, pero nos dejó su obra.
Esa es su postrera Causa.
Heraclio Labandera