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    Lo que le falta es actitud

    N° 1847 - 23 al 29 de Diciembre de 2015

    Por el año 1340, el pintor Laurentis de Voltolina dibujó un cuadro representando una clase magistral en la Universidad de Bologna (fundada en el año 1088), que no difiere demasiado de lo que es una clase universitaria en el día de hoy, 700 años después: se ve al maestro impartiendo cátedra desde un púlpito y los alumnos en el valle, mirándolo hacia arriba. En la primera fila, los más atentos, sacando apuntes y prestando atención al profesor. En la segunda, algunos atienden y otros conversan. En la tercera y cuarta filas, ya todos conversan y hasta alguno está dormido. Un calco con las aulas del siglo XXI.

    ¿Pero qué ha sucedido que a pesar de tantos cambios tecnológicos, sociales y políticos, las aulas hayan quedado petrificadas en el Medioevo?

    Mi explicación es que el conocimiento se ha transformado en un commodity, un producto que cada vez tendrá menos valor porque cada vez es más fácil acceder a él gracias a Internet y a los miles de cursos gratis que se ofrecen a través de la modalidad MOOC (Massive Open Online Courses, o cursos online gratis y masivos), pero la manera de entregar ese conocimiento sigue siendo la misma que siglos atrás.

    En un curso sobre educación online que tomé en Sloan Consortium, un profesor de Harvard decía algo muy sensato: “Como mis alumnos cambiaron la forma de aprender, yo tuve que cambiar la forma de enseñar”. Por eso en sus clases incluía casos, role playing, preguntas a través de Twitter, un grupo en Facebook y una serie de apps específicas para educación, como Socrative, GoAnimate, Voki o Tellagami. La clase no era el ámbito donde recibir el conocimiento, sino donde discutirlo, pensarlo y aplicarlo. Pero la mayoría de los profesores no están preparados para hacerlo. Y a la mayoría de los estudiantes tampoco les importa demasiado.

    Si el conocimiento puede llegar a ser una tabula rasa, lo que no lo será jamás es la capacidad del ser humano de interpretar ese conocimiento y aplicarlo al caso concreto. Como dice Herbert Spencer: “La gran meta de la educación no es el conocimiento, sino la acción”.

    Y para pasar del saber al hacer se necesita tener actitud, esa “disposición del ánimo” (como dice el diccionario de la Real Academia) que tanto escasea. Si bien son necesarias las aptitudes, es la actitud lo que determina la altitud a que una persona puede aspirar en la vida. Pero tales horizontes son muy vagos y muy cortos.

    Si bien las aptitudes nacen del interior de cada ser humano, no menos cierto es que un buen entorno familiar, social o laboral fomentan las actitudes proactivas de mejora y de superación o sus contrarios: la dejadez, la mediocridad y el conformismo.

    Las empresas que se quejan de la actitud de sus empleados y creen que las van a adquirir en los salones de clase trayendo títulos con hermosas filigranas, están equivocadas. Las actitudes deben cultivarse con el ejemplo y creando el clima necesario para que afloren. Los empresarios quejosos de sus empleados apáticos deberían revisar primero su actitud ante ellos, pues una mano lava a la otra. Si cree que lo que falta en su equipo es actitud, entonces que dé el primer paso.