En invierno me invitaron a una parrilla en el barrio Sur. Había estado alguna vez y como soy vegetariana pedí verduras asadas, lo más barato de la carta. Pero esa noche, morrones, zucchinis y cebollas raleaban.
En invierno me invitaron a una parrilla en el barrio Sur. Había estado alguna vez y como soy vegetariana pedí verduras asadas, lo más barato de la carta. Pero esa noche, morrones, zucchinis y cebollas raleaban.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCuando miraba apesadumbrada mi magra ración entró el ministro Fernando Lorenzo. Nosotros estábamos en la mesa junto a la puerta: la persona que estaba conmigo le dijo: “¡Lorenzo, venga para acá!”, con un apretón de manos y un“¡Viva el Frente Amplio!”. El ministro le sonrió y luego me miró a mí; con extrema educación también me dio la mano.
Entonces mi acompañante le dijo: “¿No la conoce? Es Andrea Blanqué, la escritora”. Me sonrojé hasta la raíz de los cabellos, como los personajes de las novelas del siglo XIX.

Lorenzo me escrutó y me pareció por su mirada que no tenía idea de quién era, lo cual me cayó muy bien y me alivió: hace seis años que no publico un libro y tengo pocas ganas de hacerlo. La literatura no es una cuestión en la agenda uruguaya.
Fruto de la frustración del plato que tenía adelante, le murmuré: “¿Ministro… por qué están tan caros los alimentos?”. Él me sonrió con su habitual amabilidad y se fue junto a su compañero. Buscó una mesa del fondo. La angustia por Pluna debía acaparar sus pensamientos. Vi a un hombre joven que había sufrido un sofoco casi cardíaco, atendido con urgencia por Mónica Xavier.
Cuando fui al baño pasé junto a su mesa. Estaban comiendo carne. Pero sus caras no mostraban delectación, sino entrecejos preocupados. En el baño, me miré al espejo y me dije: “¡Qué terrible es tener jefes!”. En mi vida de asalariada sufrí jefes poco gratos. En las agencias de publicidad donde fui redactora cundían. Los profesores también se enfrentan a los directores. Aunque hay directores que dan la vida por su liceo, otros se pertrechan en la dirección, otros son dulces demagogos con padres y alumnos, aunque duros con los profesores, otros son ineficientes. Pero son jefes. El proletariado docente no puede ponerles puntaje, como sí el director lo hace con cada uno, con criterios a veces inescrutables.
Ahora Lorenzo renunció. La gente que me rodea está apenada. Se escucha la frase “pagaron justos por pecadores” (refrán y cita del Quijote). “Tuvo la mejor de las intenciones”. “Era lo mejor del gobierno, el más eficiente”. “Va a haber una caravana de apoyo a Araminda, donde está descansando”.
Yo creo que con Pluna cumplió órdenes de jefes. En un liceo, ante una situación terrible, me vi en esa disyuntiva: o acataba a la jefa o renunciaba. En la jerga docente se dice “bajarse del barco”. Y los docentes luchan cual marinero en tormenta y aguantan el oleaje. Al año siguiente me cambié de liceo, perdiendo mi sentido de pertenencia, mi cariño por colegas y amargando mi gestión como profesora de la cual me sentía orgullosa.
La semana pasada la cara de Lorenzo en todas las portadas de los diarios me llenó de culpas por lo que le dije en la parrilla.
Y pensé, como frente al espejo: “¡Qué terrible es tener jefes!”.