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    Los animalistas y las criollas

    Sr. Director:

    “¡Dios mío, líbrame de mis amigos! De los enemigos me encargo yo”.

    Voltaire

    La muerte de un caballo en la criolla reavivó la actitud de los animalistas para tratar de prohibir esta práctica. Hay que aclarar que en nuestros campos cada vez quedan menos caballos, porque existen otras formas más rentables de aprovechar las praderas que sirven de alimento a los equinos. Los potros que van a las criollas integran una tropilla que alguien cuida y sostiene todo el año para participar en 3 o 4 domas, donde la participación del animal es de 8 segundos por vez y creo que lo hace 2 veces por espectáculo. ¡¡¡El caballo trabajaría en total 30 o 40 segundos por año!!! El resto del tiempo pasa pastando en verdes llanuras.

    Hay varios deportes que aseguran la existencia de nuestras caballadas como son: las carreras, los raides, los enduros, la equitación, el polo, las jineteadas y otros juegos o destrezas que requieren del animal un esfuerzo y un riesgo y por parte del jinete una destreza y un rigor.

    En todos los deportes enumerados se registran muertes de caballos o lesiones que obligan a su sacrificio. También hay que dejar sentado que son casos excepcionales. Si por los animalistas fuera, ninguna de estas disciplinas existiría, porque consideran que hay una utilización del animal no voluntaria e innecesaria. Por supuesto, estas actividades crean millones de puestos de trabajo alrededor del mundo, pero vamos a dejar de lado al hombre y sus conveniencias y ubiquémonos en el pellejo de estos animales. ¿Qué pasaría con estos caballos si le hiciéramos caso a los animalistas e instaláramos la prohibición? Nadie criaría caballos de carrera, ni de polo, ni de salto, ni de enduros ni de raides. Nadie mantendría tropillas de potros todo el año. ¿Cuál sería la consecuencia de esta prohibición? El destino de un porcentaje muy grande de los animales vivos, al momento de que se legalice la proscripción, sería el frigorífico de carne de caballo para ser consumido por aquellos países que lo hacen (Francia v.g.) es decir la muerte, (muchas gracias, amigos míos, diría el caballo). Aquellos que aún no hubieran nacido y hasta antes de la prohibición hubieran tenido gran chance de hacerlo, no lo harían, porque mataron a sus posibles progenitores. El caballo quedaría reducido a algunos ejemplares que aún se usan en las faenas camperas, para las cuales cada vez son menos utilizados. La especie y sus diferentes razas estarían condenadas a extinguirse o a lo sumo a que existieran algunas reservas, de unos pocos ejemplares, que por supuesto sería conveniente que mantuvieran y cuidaran los socios de las agrupaciones animalistas.

    Por eso lo de Voltaire: “¡Dios mío, líbrame de mis amigos!”.

    Pablo Arocena

    CI 972.883-5

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