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    Los buenos pibes en la cima

    Nº 2252 - 23 al 29 de Noviembre de 2023

    Leyendo los ecos del anuncio de Spotify de su retiro del mercado uruguayo, creo que es de rigor aplaudir su estrategia. Desde su primer amague, hace un par de meses, hasta hoy, que anuncian el retiro con fechas y todo, han logrado que un montón de músicos que cobran exiguas sumas de su plataforma, apuestan por volverse visibles y cobrar más en un futuro brumoso, se saquen los ojos con otros músicos, que no cobran absolutamente nada. Y es que uno de los logros del poder, el postalina, el que tiene sedes corporativas en medio mundo y cuyos CEO cobran millonadas por “gestionar” el trabajo ajeno, es la habilidad de ser sistemáticamente dejado fuera de la ecuación. Esto es: que su voluntad, su mapa y sus beneficios sean incuestionables, casi parte del paisaje.

    Carentes como andamos de cualquier cosa que se pueda parecer a un proyecto más o menos colectivo de cooperación, hemos incorporado de buen grado que lo que diga cualquier multinacional cuando mete el gaucho es una verdad tan objetiva como el Palacio Salvo. Si el señor dice que gana poco, gana poco. Si el señor dice que unos músicos que se cagan de hambre son ambiciosos, lo son. Si el señor dice que se tiene que ir porque unos malvados que cobran entre 0,003 y 0,005 centavos de dólar por escucha están de vivos, es que están de vivos. A la multinacional no se le discute, no sea cosa que se ofenda y se vaya. A la multinacional se le agradece su bondad y se le aceptan sus condiciones sin chistar. Las siglas UPM me vienen a la cabeza y no sé por qué.

    En alguna columna hablé de ese “neoliberalismo de la vida diaria”, en donde ya nadie se reconoce como parte de un tejido común, parte de un andar juntos hacia alguna parte. Sin tejido común al cual apelar, en el cual recostarse, solo somos, según la bella y precisa imagen de Jaime Roos, “panadero en la brisa”. Cuando la meta de nuestra vida es acceder a dispositivos tecnológicos que te hagan la vida más sencilla, cuando nos convertimos en los humanos de la película Wall-E sin darnos cuenta, es natural que cualquier cosa que atente contra esa comodidad, absoluta e inane, sea percibida como un problema. Se desplaza así lo que es una cuestión de garantizar derechos a una cuestión de garantizar el consumo más inmediato y hedonista posible. Como máquinas que creen ser autónomas pero que en realidad dependen de su dosis de ocio, como el yonqui depende de su dosis de heroína.

    Es interesante que la idea de colaboración excluya siempre a las multinacionales. La colaboración se reserva, aunque sea como posibilidad, para las relaciones humanas. Y en algún sentido es natural, las multinacionales son empresas esencialmente extractivas que carecen de moral, alma e interés por nada que no sea el lucro. Lo llamativo es cómo eso, que es casi la definición del antihumanismo, se acepte como lógica social y se extienda al resto de las relaciones, las relaciones entre músicos, por ejemplo. Desesperados como migrantes centroamericanos perdidos en el desierto de Arizona, cualquier gota de agua, la que sea y en las condiciones que sea, es codiciada y aceptada. Y cualquiera que cuestione las condiciones en que esa gota es ofrecida, es percibido como un enemigo. Un error mayúsculo.

    Los reclamos de los artistas que venden sus obras a través de Spotify (yo mismo sin ir más lejos) no deberían dirigirse a quienes simplemente no cobran un peso porque fueron jopeados en los acuerdos que se hicieron con su trabajo, de manera inconsulta. Y eso es lo que ocurre con el trabajo de los intérpretes: quien firma el acuerdo con el sello, que a su vez firma con la plataforma (Spotify en este caso) es el artista, no los músicos que lo acompañan en su grabación o espectáculo. Por eso el argumento de que se cobra dos veces (lo escribí hace menos de dos meses, pero se ve que no fui claro) es absurdo. Se paga por dos cosas distintas, algo que ya se hacía en el mundo analógico. Otra cosa es si Spotify piensa distinto. Bien por ellos. Pero no es eso lo que ocurre.

    Señalar como culpables del eventual raje de Spotify a los intérpretes que luchan para cobrar algo por su trabajo es un error que los músicos no se deberían permitir. Del resto, de quienes insultan a los músicos sin entender mínimamente la lógica del problema, preocupados por perder sus playlists, ni hablo. Allá ellos con su orden de prioridades. Esa es la belleza perversa y negativa del “neoliberalismo de la vida diaria” y de la ausencia de un proyecto común: si el ingreso de los intérpretes uruguayos te importa un pito, a mí me importa un pito que pierdas tus playlists. Nótese la distancia en relevancia que existe entre un pito y otro. Pero bueno, el hedonismo y el consumismo del presente son así: primero yo y después, también yo.

    Obviamente, cualquier empresa tiene el derecho de retirarse de un mercado si las condiciones que ese mercado ofrece no le interesan. Eso es lo que suele ocurrir cuando un país establece determinadas leyes laborales: hay empresas que se van del país en busca de un mercado con leyes que los favorezcan. Sin embargo, no creo que sea razonable concluir por ello que lo mejor para el país es no tener ninguna clase de ley laboral. De hecho, los países que mejor garantizan la calidad de vida de sus ciudadanos son aquellos que tienen una legalidad sólida al respecto. Y los más miserables suelen ser, por lo general, aquellos que tienen peores leyes en la materia. El problema es aceptar, a conciencia o no, el eje de debate que propone la multinacional. Porque ese eje no es neutro ni ajeno a sus intereses. Un eje que no tiene por qué coincidir necesariamente con el de sus clientes y gestionados. De hecho, este caso demuestra que no coincide con los de muchos de estos últimos.

    Harina de otro costal es la calidad de instituciones uruguayas que se encargan de la gestión de esos derechos. Ese sí es un debate que nos debemos, más allá de lo que diga o haga Spotify. Ha sido llamativa la inoperancia del Estado en esa fiscalización, especialmente respecto a Sudei, una institución de fines nobilísimos, pero de funcionamiento más bien opaco. Y uso el término Estado porque ha habido gobiernos de todos los colores y ninguno ha sido capaz de hacer los deberes en la materia de manera adecuada. Así, los músicos intérpretes terminan siendo descuidados tanto por quien gestiona su trabajo como por quien gestiona los derechos que se derivan de ese trabajo. Ojalá este debate sirva al menos para que Sudei sea más transparente y amistosa con sus administrados, sin duda eso haría más sencilla la tarea de defender su gestión.

    Quizá el camino para introducir el tema del pago a los intérpretes podría haber sido otro. Quizá habría sido deseable que los sellos, el actor en las sombras de esta polémica, alineados con Spotify, estuvieran más presentes y parados al lado de sus artistas. Y que la solución hubiera sido consensuada por todas las partes. Pero, como dijo Justin Sullivan en una de sus mejores letras: “Ningún derecho fue concedido por la gracia de Dios, ningún derecho fue concedido por una cláusula de la ONU, ningún derecho fue concedido por un buen pibe en la cima”.