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Llama profundamente la atención la escasa repercusión pública que han tenido los datos adelantados del censo agropecuario presentados la semana pasada, y más aún la ausencia de una reflexión nacional sobre los hechos que revelan tales indicadores. Hace más de 130 años que el Uruguay no experimenta una transformación comparable.
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Nos adelanta el censo que de los 57.131 establecimientos agropecuarios registrados el año 2000, hoy quedan, solamente, 44.890. Es decir, desaparecieron 12.241 productores en apenas once años. Pero además, el 91% de los mismos explotaba un área inferior a las 99 ha. Y afinando más el punto, el 67% de ellos menos de 19 ha. Por otra parte, la superficie explotada en todo el territorio nacional se mantuvo constante, lo que indica con claridad meridiana que ha ocurrido una importante concentración de tierras. Y si bien los datos todavía no están desagregados, seguramente veremos que el volumen y la diversificación de la producción han aumentado considerablemente, como lo muestran otros indicadores.
¿Qué ocurre? ¿Por qué desaparecen los productores mientras aumenta la producción? ¿A qué se debe? La razón no es otra que el vertiginoso aumento que han tenido la inversión y la tecnología en el ámbito rural, lo cual multiplica la productividad, al tiempo que exige una economía de escala de mayor área para continuar compitiendo. El glifosato, la siembra directa, las cosechas a granel, los feedlots, los tanques de frío, los niveles láser, los GPS, el transporte, la forestación, la soja, los nuevos rubros como olivares y arándanos y otros numerosos elementos, han cambiado la realidad agropecuaria. Tal revolución provoca la eliminación del pequeño productor; no puede competir. No es un asunto político y menos todavía partidario, es simplemente el resultado del avance tecnológico de los tiempos, al compás de la inversión.
La desaparición de los productores por un necesario ajuste en la escala de tenencia, no es necesariamente mala, en la medida en que el producto nacional aumente y quienes quedan por el camino puedan resolver su propia vida, entrando por alguna de las otras numerosas puertas que el desarrollo les abre. Eso es lo que ha ocurrido. No se sienten lamentos en el interior de la República, al contrario; el dinamismo adquirido es evidente en el tránsito de los camiones, en el aumento del consumo y en la vida de los pueblos donde satisface ver las sonrisas. Se ha terminado con el histórico problema endémico del endeudamiento agropecuario, gracias a la valorización de las tierras que este dinamismo provocó, y con una desocupación de poco más del 5%, mínimo por debajo del cual no funciona una economía, los números demuestran que la pérdida de productores no ha generado problemas sociales.
En el interior; no así en Montevideo.
Si miramos con atención —y ya lo veremos en detalle cuando el censo complete los datos— podemos observar que el 67% de los productores desaparecidos explotaban una superficie menor a las 19 hs con un promedio en la franja de 9 ha. Esa es precisamente la superficie tipo del productor granjero tradicional que se sitúa en el área rural de Montevideo y en un radio metropolitano de 30 km de la capital. Es decir que son los agricultores granjeros los que están desapareciendo vertiginosamente, lo cual, además, lo denuncian reiteradamente sus mismas organizaciones gremiales y también lo evidencia el abandono de las chacras, el aumento de los chircales, y la emigración de los jóvenes. Mientras cualquier ruta nacional, a ambos márgenes del camino nos muestra un vergel antes desconocido, el nuevo anillo colector de Montevideo solo permite ver a cada lado, mugre, malezas invasoras, chircas y abandono.
Y nuevamente, ¿por qué? ¿Qué es lo que ocurre? ¿Por qué no sucede en el área rural montevideana lo mismo que en el resto del país?
Ocurre que la estructura de tenencia rural en Montevideo es por demás pequeña, y día a día se hace más evidente la imposibilidad de competir de dichos predios, cuando la tecnología y el capital permiten hoy explotar cientos y aun miles de ha de fruticultura y horticultura con una disminución radical de la mano de obra. Aquel chacarero que carpía con azada se ve hoy desplazado por la maquinaria, la técnica y el capital. No puede competir. Pero lo más grave es que la Intendencia de Montevideo no permite otras actividades que la agricultura en las áreas rurales. Áreas rurales cuyos minifundios no ofrecen las superficies necesarias para una economía de escala. Destina en exclusividad tierras para la agricultura donde día a día desaparecen los agricultores. Naturalmente nadie compra chacras de esa extensión para producir. La consecuencia es lógica: chircales y abandono.
Aun peor. Este proceso comenzó paulatinamente hace ya largos años. La observación aguda nos mostrará que cronológicamente coincide con la aparición de los carritos en Montevideo y su incremento con la aceleración del mismo. Otro tanto también, la proliferación de los asentamientos. Un chircal abandonado es una tentación para instalarse.
Seguramente conviene aquí, hacer un poco de historia; el Uruguay ya vivió un proceso comparable.
En épocas de Latorre —1876— se incorporan en el Uruguay los reproductores de razas de carne inglesas. Asimismo aparecieron el alambrado y el ferrocarril, y también el telégrafo. Las mestización ordenada del ganado criollo, la clasificación de los rodeos, la introducción del lanar y el ferrocarril provocaron una revolución descomunal. Transformaron la vieja estancia cimarrona dedicada a la corambre en establecimientos productores, lo cual generó un inverosímil incremento del producto nacional conduciendo al país a lo que fue la “Suiza de América”. A comienzos del siglo XX, el Uruguay no sabía qué hacer con el oro; el peso valía tanto como la libra esterlina. Un país que además de generar riqueza material al compás de las inversiones inglesas y de la fuerza pujante del inmigrante, provocó una enorme riqueza cultural: Juan Zorrilla de San Martín, Rodó, Figari, Torres García, Vaz Ferreira, Fabini, políticos profesionales y empresarios de envergadura mundial, el Palacio Legislativo, la arquitectura de la Ciudad Vieja, los campeonatos mundiales de 1924,1928 y 1930 hasta 1950... Y una clase media ejemplo del mundo.
Pero esa revolución económica y cultural también provocó serios problemas sociales. El alambrado y el ferrocarril sustituyeron el trabajo del hombre en el campo; el gaucho quedó en la calle. Tal vez en ello se pueda ver el germen de todas nuestras revoluciones de fines del siglo XIX. Bastaba revolear un poncho y el paisanaje se alzaba. Latorre y Santos durante el militarismo paliaron en algo la situación social con la leva militar. Hasta que finalmente don José Batlle y Ordóñez, en el acierto o en el error, resolvió el problema con el empleo público que hasta hoy día mantenemos.
Hoy sucede algo similar. Aumenta el PBI, el progreso es visible y no estamos lejos de abandonar el subdesarrollo. Pero mientras tanto los granjeros desaparecen sin otra opción. Ya no son posibles ni la leva militar ni el empleo público y el Mides no será ningún remedio eterno. Hay que imaginar soluciones. La tecnología no se puede evitar, el asunto no es político. Cualquiera sea el régimen que nos rija no dejará de usar computadoras, tractores de 200 HP o mosquitos pulverizadores que cuestan medio millón de dólares. Son necesarios para insertarse en el mundo.
Las revoluciones tecnológicas siempre generan problemas y transformaciones sociales. Desde que se inventó la rueda hace siete mil años, hasta las computadoras modernas. Si se quiere abordarlos no se puede prohibir otro destino que no sea la agricultura en tierras donde los agricultores desaparecen. Es menester abrir otras opciones para la lenta y paulatina reconversión que exigirá la historia. Así sucedió con las chacras del Miguelete, con Peñarol y con Sayago. El turismo y las áreas residenciales pueden mantener la naturaleza verde que todos deseamos preservar. El río Santa Lucía, la combinación de la producción con la residencia, la demanda palpable por el entorno natural y otras variables turísticas, podrán brindar a los productores que hoy se funden, otras puertas que el abandono. Y a toda la ciudadanía evitar la tugurización de un entorno que merece conservarse. La Intendencia de Montevideo lo tiene en sus manos. Lo puede resolver.