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    Los dientes de la maestra

    Un amigo me hace llegar un mail que en el asunto pone: “crisis civilizatoria”. Es la noticia del brutal ataque que una maestra sufrió por parte de la madre de un alumno. Una golpiza que dejó a la docente con la dentadura destrozada.

    Cuando era adolescente, recuerdo cómo todos mirábamos con ojos de espía a los profesores. Si eran viejos o feos, si eran lindos o jóvenes. Si los hombres tenían traje y corbata raídos, si las profesoras tenían el abrigo rojo pasado de moda o los zapatos con los punteros gastados. Los dientes eran algo fundamental en el retrato de un docente: dientes blancos de una maestra joven y preciosa, dientes postizos de la anciana profesora de música, dientes marrones del profesor de filosofía que no paraba de fumar en clase.

    Pero me pregunto qué hubiéramos sentido al ver, en la esquina, a una madre arrancarle los dientes a la maestra. La maestra, con su túnica blanca manchada de sangre. Nuestra maestra. Era algo inverosímil.

    La violencia contra los docentes, dos generaciones atrás se reducía a un chumbito clandestino. Mal o bien vestidos, decadentes o emperifollados, los docentes nos producían un respeto incuestionable. Cuando entraban, nos poníamos de pie, a los de francés les decíamos a coro: “Bon jour, monsieur le professeur”.

    Y aunque algunos fueran más o menos exigentes, más o menos “machetes”, inteligentes, aburridos, simpáticos, queribles, inolvidables, anodinos… no recuerdo ni un solo incidente violento contra la galería de docentes de escuela y liceo público que tuve: una gran cantidad de personas que me ayudaron a amar el estudio y los libros, que me dieron una tabla donde aferrarme en todas las tormentas de la vida.

    Hoy, es cada vez más frecuente enterarme de episodios violentos contra docentes: un inspector me contó que un alumno había tirado un zapato contra la cabeza de un profesor como le ocurrió a Bush. Un liceo denunció que una joven profesora fue manoseada y golpeada por un alumno pero no obtuvo el apoyo de la dirección. El hecho fue investigado en “El Observador”, pero nunca más supimos del resultado de las investigaciones que las autoridades hicieron al respecto. Hay profesoras que escriben en el pizarrón con la cartera colgada porque temen que si la dejan en el escritorio pueda ser abierta y saqueada. Una profesora en la Costa de Oro discutió con una madre por las notas de una alumna y a los metros recibió una puñalada desde una moto.

    Son historias… Colegas argentinos me dicen que esto no es nada. Que en Argentina les queman el pelo a las maestras, las escupen, las insultan, les retuercen los brazos.

    En una ocasión llevé a mis alumnos al teatro Solís. Gratis. Al otro día, pregunté a los que no habían ido qué había pasado. Uno me dijo: “Usted no me va a obligar a ir al teatro; no me manda mi madre, menos me va a mandar usted”. Quedé anonadada: solía ser un chico dulce, atento y trabajador.

    Pero la madre no lo mandaba; tampoco podía hacerlo yo.

    A esto llama mi amigo “crisis civilizatoria”.