En mi percepción, coexisten en un mismo territorio dos Uruguay diferentes.
En mi percepción, coexisten en un mismo territorio dos Uruguay diferentes.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUno de prosperidad económica, de auge en la construcción, de récords de ventas no solo de automóviles sino también de grandes superficies y minoristas. Con una educación privada satisfactoria, los institutos de educación privados crecen, construyen nuevos locales con campus deportivos del mejor nivel, sus estudiantes tienen altos grados de aprobación y bajos de deserción. Lo mismo sucede con los clubes privados de deportes y entretenimientos, los fitness y sitios de fisicoculturismo, etc. Seguramente ustedes pueden agregar infinidad de ejemplos más del Uruguay que funciona. Todos tienen un denominador común: son producto de la iniciativa privada y funcionan dentro de lo que se da en llamar “sistema capitalista liberal”.
Pero junto a este, existe otro Uruguay. Un Uruguay que produce frustraciones, críticas, amarguras. En fin, un Uruguay que nos duele a todos, donde la educación pública gratuita estatal viene en picada, donde la violencia crece y los valores decaen, un Uruguay donde las cosas más simples se hacen difíciles como la seguridad, el tránsito, los contenedores, la limpieza de la ciudad e infinidad de hechos más que nos impiden o dificultan disfrutar del otro Uruguay. En este que no funciona también hay un denominador común: el gestor es el Estado. Y cuando no lo es en el 100% es el que mete la pata, como en Pluna.
Sin embargo, la gran mayoría de las personas no se dan cuenta. Reclaman al Estado más intervención y a los políticos que les solucionen sus necesidades, con lo cual cada vez se separan más los dos Uruguay.
El primer Uruguay, el que funciona de una manera similar a todos los países en crecimiento, arrastra el lastre del segundo Uruguay, debe aportar impuestos cada vez más elevados, precios de los bienes producidos por el Estado cada vez más caros y al mismo tiempo pérdida de competitividad causada por el bajo precio del dólar.
Esta situación ya la vivimos en 1980 y los memoriosos saben cómo terminó.
No debo olvidar que hay un ingrediente diferente: el alto precio de nuestros commodities. El mundo desea comprarnos nuestra producción agropecuaria y paga gustoso por ella mientras el Estado derrocha esos ingresos sin hacer reserva alguna para los años de vacas flacas. No lo hace por maldad sino por imprudencia.
La historia y la razón indican que nada es para siempre. Cuán cerca o lejos está el cambio de sentido de la economía yo no lo sé, pero que cambiará, cambiará.
Guillermo Asi Méndez
CI 1.064.746-4