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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Ellos tampoco”, pensó. También los grandes, si querían seguir siendo grandes, debían aliarse con el jefe, venderle parte de sus empresas o comprarle parte de las suyas, y contribuir de este modo a su grandeza y poderío. Con los ojos semicerrados, arrullado por el rumor quedo del mar, pensó en lo endiablado del sistema que Trujillo había sido capaz de crear, en el que todos los dominicanos tarde o temprano participaban como cómplices. “Lo peor que puede pasarle a un dominicano es ser inteligente o capaz “,había oído decir una vez, y la frase se le grabó. “Porque, entonces, tarde o temprano, Trujillo lo llamará a servir al régimen, o a su persona, y cuando llama no está permitido decir No”.
El Chivo había quitado a los hombres el atributo sagrado que les concedió Dios: el libre albedrío. Quería recuperar la facultad de aceptar o rechazar las opciones en los diferentes ámbitos de sus vidas. Ya no sabían lo que era eso. De niños tal vez lo supieron, pero lo habían olvidado. Debió ser una cosa linda. La taza de café o el trago de ron debían saber mejor, el humo del tabaco, el baño de mar un día caluroso, la película de los sábados, o el merengue de la radio debían dejar en el cuerpo y el espíritu una sensación más grata, cuando se disponía de eso que Trujillo les arrebató a los dominicanos hacía ya treinta años: el libre albedrío.
Mario Vargas Llosa .“La fiesta del chivo”.
P.D.: Cualquier similitud con el fútbol uruguayo queda a consideración del lector.
Juan Ache
Bañados de la India Muerta, Rocha