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    Los nuevos charrúas

    Las escenas de la Cámara de Diputados, con los legisladores a los tortazos, y las del Estadio Centenario, son hijas del mismo fenómeno, comentado repetidas veces en este espacio. Se trata de la profunda decadencia de la sociedad uruguaya: una decadencia acelerada y, a mi entender, imparable.

    Hace más de cinco años publiqué aquí una columna titulada El eslabón perdido de la izquierda. Este eslabón perdido era el lumpenproletariado, es decir, el lumpenaje. El lumpenproletariado hace parte del abecé del marxismo y es el concepto creado por Marx y Engels para identificar a un sector nocivo de la población. El lumpen es un proletario sin conciencia de clase, un orillero neto, alguien que se mueve por los costados de la estructura social y que se niega a integrarse.

    El lumpen vive al día y no tiene noción básica de tiempo o espacio. Lo suyo es el acá y el ahora. La pertenencia a un organismo social le es extraña y siente desprecio por un orden legal. Es resentido por definición y, por lo tanto, odia y desprecia a quienes con su trabajo e impuestos lo mantienen a flote.

    Si bien el lumpen clásico —proclive a la delincuencia de poca monta y a la changa momentánea siempre y cuando no sea pesada— se mueve por los cordones de la sociedad, aparece también en otros estamentos. Por ejemplo, en la Cámara de Diputados, en donde un legislador apellidado Cortesía (en francés) atacó a tortazos a un colega...

    Y es que el lumpenaje no es un problema económico, como sostenía Marx, sino profundamente cultural.

    En los últimos tiempos he regresado con alarmante frecuencia a la lectura de uno de los pensadores más originales que ha tenido el país. Me refiero a Julio Herrera y Reissig, quien a comienzos del siglo pasado escribió un fantástico retrato nacional llamado Tratado de la imbecilidad del país.

    Tal como subraya Herrera y Reissig, el medioambiente (la naturaleza, los vientos, la fauna y la flora de cada lugar) moldea a sus pobladores. Es decir: “La topografía, el clima, y las condiciones fisiográficas de una comarca me señalan el carácter de sus habitantes”. En consecuencia, “la psicología de un pueblo coincide perfectamente con la psicología de su territorio”.

    Las características del suelo oriental, escribe Herrera, habían convertido a sus primeros habitantes en “haraganes, revoltosos y estultos (…) y seguirá haciendo haraganes, revoltosos y estultos a los descendientes de los europeos, a los nuevos charrúas, blanqueados de civilización”.

    La tesis de Herrera es que la conversión (o mejor dicho: la deformación) de los europeos emigrados en nuevos charrúas no se limita al aspecto material, físico, corpóreo, sino que abarca también el campo moral y espiritual. Herrera y Reissig no había leído mi libro La herencia, cultura y atraso, pero se me adelantó en cien años cuando escribió: “La América española, lejos de progresar, es cada día más estúpida”.

    Los charrúas, escribe Herrera, eran los indios más salvajes y más necios de todo el continente. Y concluye: “Se comprende que un árbol dé siempre iguales frutos. La naturaleza no ha podido variar en cuatro siglos, y si ha dado charrúas hasta hace poco, seguirá produciéndolos en cantidad”.

    “Los primitivos uruguayos, o sea viejos charrúas —recuerda Herrera— eran holgazanes; los hombres se dedicaban a la caza: trabajaban para comer y vivir. (…) El nuevo charrúa se dedica a la caza de los puestos públicos… Con el fruto de esa caza come y vive. ¡Nótese la semejanza!”. 

    “Está por discutirse”, escribe Herrera, “si los nuevos charrúas, esto es, los uruguayos, aunque tal vez poseen una organización superior a la de los charrúas (los viejos), son menos incapaces de adaptarse a un orden superior de vida. Por mi parte, creo que unos siguen las huellas de los otros, es decir, que los más modernos, no por ser modernos dejan de ser infranqueables a la civilización”.

    Y de pronto, todo queda claro: “Los viejos charrúas, como los nuevos, arreglaban las cuestiones personales dándose de bofetones, (…) rompiéndose los dientes o ensangrentándose las narices”. Las repetidas filmaciones del Estadio y las del Palacio Legislativo demuestran indudablemente la sagacidad de su juicio.

    Estas son las características centrales del proceso uruguayo. Esto es lo que vemos a diario. Esto es lo que comprobamos con el paso del tiempo. La frase final de esta columna es una cita de la frase final de mi artículo de hace cinco años: marchamos raudamente hacia una sociedad de lúmpenes.