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    Los pliegues de la memoria

    Elián Stolarsky en la muestra colectiva Un cuarto de siglo de Taller

    Desciende de inmigrantes polacos y esa trayectoria familiar ha inspirado su obra, primero en forma más o menos inconsciente, después como reflexión sobre la historia. Para Elián Stolarsky (Montevideo, 1990) las fotografías fueron en su origen un medio para adquirir una técnica de trabajo, pero luego se dio cuenta de que en ellas estaba la naturaleza misma de sus obras, que tratan sobre los vínculos entre la historia individual y la colectiva.

    “Cuando estudié grabado con Eduardo Flores, empecé a reflexionar sobre qué hacer con las responsabilidades heredadas de aquellos acontecimientos que no viví personalmente, pero que están en mi historia. De allí surgieron una cantidad de preguntas y cada exposición o instalación se vuelve una búsqueda de esa temática”, explica Stolarsky vía Skype desde Bélgica. Allí, en la Universidad pública de Ghent, una pequeña ciudad en la zona flamenca, está culminando una maestría internacional en instalación y grabado.

    Fue justamente con una obra a partir de fotografías familiares que en 2013 ganó el Premio Paul Cézanne, que otorga la Embajada de Francia a artistas jóvenes. En esa pieza, hecha con estilo “punta seca”, está simbolizada su concepción de la historia y la memoria: son 21 caras talladas en acrílico que se arman en una especie de biombo, de tal forma que cuando se cierra se adquiere la sumatoria de todos los rostros en uno solo. “Considero que así funcionan la historia y los recuerdos, como una sumatoria de capas. No tiene tanto que ver con el tiempo lineal, sino con la superposición. Se dejan entrever hechos pasados y se tapan otros, pero en la superposición se conforma una nueva identidad que contiene a las anteriores y a su vez es distinta”.

    Stolarsky explica que su obra es un “grabado trunco” porque no llegó al proceso de impresión. “El grabado se va haciendo con pequeños surcos de líneas muy finas en los que se coloca la tinta. El proceso culmina con la impresión para que la obra quede sobre papel o tela, pero yo decidí no imprimir y presentar la matriz porque condice con la temática en la que estoy trabajando. Son las marcas o ‘heridas’ sobre el material, entonces la técnica en sí misma habla del proceso artístico”.

    En su poema Inventario, Jorge Luis Borges escribió: “Hay una fotografía que ya puede ser de cualquiera/ Hay una piel gastada que fue de tigre/ Hay una llave que ha perdido su puerta/ ¿Qué podemos buscar en el altillo sino lo que amontona el desorden?”. Y es de ese poema que Stolarsky tomó prestado el nombre para agrupar sus obras en serie, similares a la del Premio Cézanne, en las que se suceden rostros y recuerdos, como una suerte de homenaje a “las cosas del olvido”.

    En Bélgica, la artista está leyendo a autores que han trabajado el tema de la memoria después de la II Guerra Mundial, entre ellos W. G. Sebald, George Perec o Marguerite Duras. “Casi todos con raíces europeas o vinculación francesa. Estoy en un momento de muchas lecturas y espero que se cuelen de alguna forma en mi obra y en mi escritura, porque estoy escribiendo una especie de prosa poética”.

    Ahora, en el espacio IMPO (18 de Julio 1373), la artista está exponiendo en la muestra Un cuarto de siglo de Taller, que reúne la obra de quienes pasaron por el taller de los dibujantes Fermín Hontou (Ombú) y Luis Prada (Tunda). Allí envió dos de sus primeras piezas en blanco y negro, de grandes dimensiones, que también muestran rostros y cuerpos en una especie de vida superpuesta a la muerte. “Hice esas obras cuando era adolescente, pero no me daba mucha cuenta de lo que estaba procesando, aunque había algo latente y muchos cuestionamientos. El taller de Tunda y Ombú fue mi primera incursión consciente en el dibujo y un lindo comienzo. En un principio no me interesaba la caricatura, pero sí la propuesta que ellos tenían de taller para jóvenes”. Esta muestra colectiva puede verse hasta julio de 9.30 a 16 horas.

    Stolarsky recuerda con afecto y agradecimiento a otros artistas que también fueron sus maestros: Carlos Musso y Eduardo Flores, y más atrás en el tiempo Mayerling Wolf y Claudia Anselmi, con quienes estudió cerámica siendo una niña.

    Entre otras de sus inquietudes, está la animación. Tuvo una experiencia en equipo al participar en la película Anina, dirigida por Alfredo Soderguit y basada en la novela de Sergio López. “En mi corta trayectoria he tenido la suerte de encontrarme con gente que realmente tiene amor por la que hace, y creo que los logros que está teniendo Anina en el exterior es por la fuerza del equipo de trabajo”, explica.

    En cuanto al arte que se está desarrollando hoy en Europa, considera que está pasando por “un gran apego a las modas”, impulsado por las galerías, las instituciones culturales y el propio mercado. Por otro lado, ve que en el ámbito europeo hay “una manera establecida” de cómo debe verse una obra que en parte es fruto de los siglos de historia del arte. En ese sentido, ve ciertas ventajas en Uruguay, que, como país joven y sin un mercado importante, puede tener un arte que no busca una forma establecida y no se apega a las modas.

    Sobre lo difícil que resulta para el público entender el arte conceptual, piensa que toda obra debería tener un concepto detrás y que eso lleva a la distinción entre artista y artesano. “Para mí, un artesano es el que tiene una destreza o habilidad técnica, pero el artista necesariamente tiene que tener estudio, investigación y un concepto, una pregunta o una postura con respecto a la obra”, algo de lo que el artesano puede carecer.

    En ese sentido, aclara que en Europa desde hace años sucede que muchas muestras son incomprensibles para el público porque cada vez más se dirigen hacia otros artistas. “Cuando esto sucede, se incorpora más abstracción y los códigos pueden estar más encriptados. Entonces la pregunta es para quién está haciendo uno la obra. La primera persona en la que hay que pensar es en uno mismo, en lo que uno tiene para decir. Pero si uno decide mostrar la obra al público, ahí hay que preguntarse también hacia quién la dirigimos. ¿Hacia un público general, hacia los críticos, hacia las galerías en las que queremos entrar, hacia otros artistas? Para mí, la respuesta está en la sinceridad hacia uno mismo y hacia la obra. A partir de esa sinceridad la forma puede ser variada: una instalación, una performance, una obra de videoarte o una escultura. Pero la respuesta no está en el público”.