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    Los pobres serán más pobres

    Columnista de Búsqueda

    N° 1752 - 13 al 19 de Febrero de 2014

    Me impactó de tal modo el libro de Niall Ferguson La gran degeneración. Cómo caen las economías y mueren las instituciones (Editorial Debate, Buenos Aires, 2013) que decidí destinar parte de mis habituales cursos de filosofía política a estudiar algunas de sus páginas. Lo hago porque entiendo que es necesario volver a las bases de la racionalidad que hizo grandes y eficaces a nuestras sociedades, pues de lo contrario el hundimiento al que esta generación de políticos falaces y ramplones nos conduce, puede enajenar a extremos indecibles el futuro de la civilización y las posibilidades de la libertad en la historia.

    La tesis de ese libro es terminante: la vasta crisis económica que se manifiesta en la extendida recesión que aqueja a Occidente se debe a una crisis de las instituciones, a una degeneración profunda de los fines y límites de la política. En apoyo de esta mirada se sirve de una observación de Adam Smith acerca de la China del siglo XVIII, un país que había sido rico, que había dejado de crecer, que se encontraba en lo que denominó “estado estacionario”. Las palabras de Smith que cita refieren a dos aspectos centrales, a saber: por un lado el perverso encadenamiento de postraciones, como la imposibilidad de afrontar salarios adecuados, pues cuando se da el estado estacionario los salarios pueden aumentar nominalmente pero cada vez resultan más miserables; la riqueza, en ese contexto, no se reproduce, la inventiva no es convocada ni tampoco se la premia. Todo parece detenido en un punto fijo del espacio y del tiempo, atado a la nostalgia, a la idea de un pasado que solamente existe en la memoria y en los deseos de los que hoy no se atreven a caminar hacia ninguna parte.

    El otro aspecto que Ferguson recoge de Smith, citándolo textualmente, parece que hubiera sido escrito esta mañana y no muy lejos; refiere a esa extraña capacidad de la elite corrupta y monopolista de explotar el orden jurídico y la administración en su propio beneficio: “En un país donde el rico y el que posee gruesos capitales goza de la mayor seguridad, apenas vive seguro el pobre y el que solo ha podido granjear un escaso caudal, estando expuestos siempre a ser insultados con el pretexto de justicia, por el pillaje, el robo y la estafa de los mandarines subalternos, la cantidad de los fondos empleados dentro de él en los diferentes ramos de tráfico y comercio interior no puede ser tan grande, ni proporcionada a lo que es capaz de admitir la naturaleza y extensión de aquellas negociaciones. En todos aquellos ramos la opresión del pobre no puede menos de ocasionar el monopolio del rico, el cual, engrosándose con una especie de tráfico exclusivo, podrá hacerse cada vez con mayores ganancias”.

    Para que se entienda lo que impacta a Ferguson de lo que dice Smith acerca de las infamias chinas, pongo un ejemplo no lejano: imaginemos un conjunto de antipáticas y crueles empresas monopólicas, imaginemos dirigentes que cobran cuantiosas sumas por conducirlas, imaginemos cargos medios y funcionarios que ejercen una tiranía ilimitada sobre el resto de la sociedad debido al poder de los servicios monopólicos que prestan y que exigen cada vez más engrosar unos salarios que en un sistema de libre competencia literalmente no existirían. Imaginemos ahora una legislación corrupta desde su base, que bendice el mal como si se tratara del bien, que gasta sin respeto ni pudor; imaginemos una Justicia de papel y unos jueces y fiscales en avanzado estado gelatinoso y tendremos de cuerpo entero el tenebroso cuadro de angustia, de inseguridad, de enojosos desequilibrios y de irritantes desventuras del que habla Adam Smith. Una tal sociedad, donde los monopolistas son felices y el resto, los que trabajan y pagan sin remedio y sin esperanza, recibe sus insultos, sus amenazas y su perversa ineficiencia, es una sociedad esencialmente infeliz; un conjunto que nunca conocerá el progreso y que vivirá, como lo hizo aquella China que escandalizó al economista escocés, añorando tiempos mejores y produciendo solamente tiempos peores y futuros desolados.

    La próxima semana presentaré lo que Ferguson llama “las cuatro cajas negras”, es decir, las vacas sagradas de la idiotez política en uso.