N° 1734 - 10 al 16 de Octubre de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl pecado mortal de la política no es, como se podría harto creer habitando en este irrelevante y desabrido arrabal del universo, la torpeza o la mediocridad. Un político puede tener muchos defectos pero ha de carecer de pequeñez, de ese grosero afán de cuidar las pocas monedas que ha venido juntando en toda una vida de renuncios, de mentiras, de cobardías instintivas y deliberadas, de naderías, de gestos mezquinos o acomplejados. La historia sabrá disimular el poco viril timbre de voz (como el aflautado timbre del General Pinochet, que parece un contratenor; o el sibilante del Generalísimo Franco, notoriamente mezzosoprano) que mal conviene a estadistas llamados, como ellos, a transformar radicalmente las inercias de una nación; perdonará también la poca o nula moralidad o la carencia de la mínima piedad (como es el caso de Napoleón, Roosevelt o Louis XIV); no contabilizará los tropiezos o las distracciones (como no los contabiliza por ejemplo en Belgrano, en Federico el Grande o en Bismarck) a condición únicamente de que en las circunstancias requeridas emerjan ciertos rasgos de grandeza, de capacidad para instalar en el alma de una sociedad la certeza de una transformación conmovedora, la posibilidad de una nueva y más esperanzada tradición.
Un político con el tamaño suficiente como para hacerse merecedor de atención y de un lugar en la historia (no confundir con hacerse espacios en la memoria; el ocio de los indolentes ha superpoblado hasta intoxicar la memoria de los países), un político de esos que aquí solo conocemos por la noticia que nos han traído libros que ya ni siquiera se leen, engendra una escuela, un grupo que reproduce bajo la forma de estilo y proyección el aliento de porvenir y el sentido último de destino que convierte a los asustadizos apetitos de la siempre insensata masa en un pueblo con una misión en el mundo, con un mandato supremo por cumplir.
Sobre esto puso luz definitiva Oswald Spengler en uno de los capítulos más ilustrados de ese libro eterno que es La decadencia de Occidente (Espasa-Calpe, 1976, Segunda Parte, Capítulo IV). Dijo: “El verdadero hombre de Estado es, ante todo, un conocedor: conocedor de hombres, situaciones, cosas. Tiene una ‘visión’ que sin vacilar, inmediatamente, abarca el círculo de las posibilidades. El conocedor de caballos examina de un golpe de vista la actitud del animal y sabe qué probabilidades tiene en la carrera. El jugador lanza una mirada al adversario y sabe la jugada inmediata. Hacer lo conveniente sin ‘saberlo’, tener la mano segura, la mano que acorta o alarga insensiblemente las riendas; esto es justamente lo contrario del talento propio del hombre teórico. El compás secreto de todo devenir es en el político y en las cosas históricas uno y el mismo. Se adivinan, se acoplan perfectamente. Nunca el hombre de los hechos corre el peligro de construir política de sentimientos y programas. No cree en las palabras sonoras. Continuamente tiene en la boca la pregunta de Pilato. El verdadero hombre de Estado está allende lo verdadero y lo falso. No confunde la lógica de los acontecimientos con la lógica de los sistemas. Las verdades —o los errores, que aquí es lo mismo— no significan para él sino corrientes espirituales que computa por sus efectos y cuya fuerza, duración y dirección estima e introduce en sus cálculos, para el sino del poder dirigido por él. Posee, sin duda, convicciones que le son muy caras; pero las posee como hombre privado. Ningún político de alta categoría se ha sentido al actuar, vinculado por sus convicciones. ‘El que obra no tiene conciencia; solo el que contempla tiene conciencia’ (Goethe). Esto puede decirse de Sila y de Robespierre, como de Bismarck y de Pitt. Los grandes papas y los jefes de los partidos ingleses, cuando tenían que dominar las cosas, no han seguido otros principios que los que siguieron los conquistadores y caudillos de todos los tiempos. Si de los actos de Inocencio III, que llevó a la Iglesia casi al dominio universal, se deducen las reglas fundamentales, se obtiene un catecismo del éxito, que representa el extremo opuesto de toda moral religiosa; pero sin el cual no habría Iglesia, ni colonias inglesas, ni capitales americanos, ni revolución victoriosa, ni, finalmente, Estado, partido, pueblo, en situación soportable. Es la vida, no el individuo, quien carece de conciencia”.
Nos quiere significar Spengler que la grandeza de un político rebasa el vano juego de las definiciones de ideas o de valores. Lo que en la historia construye es siempre una fuerza que se impone, una fuerza que sabe más que aquello que sabe el pensamiento. Construir es mandar, es crear fecundos lazos de obediencia entre la realidad y la superior voluntad del que comanda, del que es convocado a cambiar para siempre el mundo.