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    Los seudónimos

    Sr. Director:

    La capacidad humana para opinionar es infinita.

    Nunca hubo tanta libertad y posibilidades para ello como ahora. Los diarios, los semanarios, las radios, la televisión, Internet, las cartas al director, las redes sociales, los comentarios al pie de una nota periodística, etc., dan fe de ello. Algunos se autoproclaman opinólogos pero en realidad son meros opinadores, u opinistas pues lo del logo (experto) les queda grande. Si bien muchos comentarios son firmados, los más frecuentes y cuestionados son aquellos en donde sus autores ocultan su identidad con un seudónimo.

    Entonces constatamos tres hechos significativos, el encubierto:

    1 Ignora que criticar implica alabar o censurar y solo denosta.

    2 Muestra una de las facetas más negativas de la condición humana: la intolerancia, el vocabulario soez, la violencia verbal, etc. Muchos textos son gratuitamente agresivos, hirientes e irrespetuosos. El seudónimo da rienda suelta a los desmanes de público conocimiento.

    3 No repara que con sus expresiones empaña su opinión y desnuda su catadura cultural y moral.

    Nos interesa destacar lo que oculta el seudónimo y en especial las redes “sociales”.

    Obviaré: los fines iniciales, hacia 1930, de las redes cuando Jacob Levy Moreno y Helen Hall Jennings crearon los sociogramas que dio lugar a la Sociometría, antecedente de las redes sociales y de la Psicología Social. También lo que causa tales expresiones. Muchas veces sus motivos son entendibles. Algunas decisiones y acciones públicas están rodeadas de un secretismo generado por la confidencialidad que deriva en suspicacias. Actitudes individuales pueden ser pasibles de una censura, pero en ambos casos corresponde destacar la diferencia entre el qué y el cómo. Podemos admitir lo primero pero discrepamos enfáticamente con lo segundo (el cómo).

    Nuestra sociedad ha regulado la conducta de sus integrantes toda vez que algunos han alterado la normal convivencia, el lógico y natural contrato social, generando normas sociales, morales, religiosas y jurídicas (bajo las formas de decretos, leyes, reglamentos, etc.).

    Concluimos, entonces, que cualquiera tiene el derecho de expresar su opinión toda vez que no atente contra la “civilizada” relación (consuetudinaria o legal) de las personas.

    Una solución para contrarrestar a los “bocasucias” sería que los medios no publiquen notas con seudónimos. Esto habilitaría a que las personas agraviadas puedan recurrir legalmente. No se evitaría su existencia pero sus dichos ya no salpicarían. Solo se justifica evitar la filiación en los casos de correcta acusación para evitar las represalias porque no estamos ante un trasgresor sino ante un denunciante.

    Visto y considerando que algunos de nuestros legisladores han dedicado horas preciosas a temas baladíes como lo que fulano dijo o dejó de decir, bueno sería que ejercieran un poco de docencia y pusieran coto a tanta lengua viperina que pulula en nuestra sociedad.

    Arq. (J) Ignacio David Weisz