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    Lúcidos, solitarios, primitivos

    Gorki Bollar en Dodecá

    En los pequeños cuadros hay perros, árboles, calles, casas, canales de agua, globos aerostáticos y algún barco, con su chimenea desproporcionada, de tamaño inapropiado para la composición general y en relación al resto de las figuras. Hay mucho color, es cierto. Si no fuera por el color, serían de enorme peso emocional, casi insoportables. Hay hombres insertados en esos paisajes urbanos, sobre todo hombres con sombras de barba de pocos días en el rostro. Pero hay hombres y perros y árboles extraños, sueltos en el plano de la pintura, recortados, desnudos, sin sentido evidente, sin vínculos aparentes, desconectados, cada uno en su propio contorno. Algunas figuras están desnudas. Otras vuelan de costado por un cielo azul claro sin rastros de movimiento. Otros posan sobre un caballo, otros caen de globos o miran de frente al espectador, intrigantes o intrigados. La mayoría son toscos, duros, enigmáticos. Las escenas son aparentemente frías, silenciosas, estáticas. Son Los sueños lúcidos de Gorki Bollar, título de la muestra inaugurada en la pequeña y siempre luminosa sala blanca de Dodecá, en su sede de Punta Gorda, en la calle San Nicolás. Su autor, un artista uruguayo radicado en Holanda desde 1976, un hombre de nombre ruso puesto por su padre en homenaje a Máximo Gorki, mezclado con un apellido de origen vasco.

    La exposición de Gorki Bollar (Montevideo, 1944), cofundador del Taller Montevideo (1963), un grupo mítico de los años 60, de investigaciones en el campo de la cinética y las novedades tecnológicas, incluye algunas pinturas y una serie interesante de dibujos, publicados en el libro La bicicleta etrusca, de Pablo Thiago Rocca. Se completa con algunos recortes de diarios de los años 60 y varios testimonios sobre la presencia histórica del autor y su grupo en estas tierras, antes de radicarse definitivamente en Europa. Hay algunas fotos divertidas. Un grupo de cinco jóvenes con poleras negras en una pose que se parece más a un grupo musical que a artistas plásticos. Está fechada en el año 1967 en Londres. Allí están de pie, sonrientes, con algún pucho en la mano los cinco integrantes del Taller Montevideo: Héctor Vilche, Clara Scremini, Armando Bergallo, Gorki Bollar y Ernesto Vila. En la misma vitrina, una nota titulada “Taller Montevideo triunfa en Londres”, que habla de una experiencia realizada con un director de teatro uruguayo, otra que da cuenta de la trayectoria del grupo desde su fundación en 1964, de sus raíces torresgarcianas y la realización de algunos murales en lugares de la ciudad. Habla también de las exposiciones, de los trabajos individuales, de su búsqueda en varias líneas de materiales (tapices, cerámica, piezas metálicas) para finalmente mencionar el trabajo “vanguardista” vinculado a la tecnología, en el que se embarcaron en Europa, especialmente en Inglaterra, ya con la incorporación de Ernesto Vila.

    Todo es breve y preciso en este acercamiento al artista que fue alumno de José Gurvich (1927-1974), quien entre otras cosas le recomendó seguir su propio camino. Alcanza para ver una obra madura, con la solidez de un autor que supera la apariencia, aunque simule que fue realizada por un niño. Algo casi imperceptible de Gurvich hay también en esos personajes desatados, recortados en el plano, desubicados en el conjunto que impacta por su limpieza, sencillez, claridad y tonos personales. Pero lo que en Gurvich bulle con imágenes infinitas y explosión interminable, en Bollar aparece en construcciones precisas de imágenes aisladas, de figuras aparentemente desconectadas. Hay extrema selección, ahorro en el desborde, con recursos desplegados en construcciones plásticas limpias que empujan a la extrañeza, perturban, involucran. En esos mundos construidos a plano de color tan personal, el autor se queda con lo esencial. Y logra que el factor humano juegue un rol en primer plano, desconcertante. Como en los sueños, pero en el sueño “lúcido” del que habla el artista, donde uno parece elegir y despejar y soplar para que quede lo sólido, lo que está bien pegado como en un collage, lo que no se deshace en el aire.

    La muestra incluye algunas pinturas con el estilo particular del artista, catalogado por sus trazos entre primitivo y naïf, aunque él mismo se ha encargado de descifrar estas fronteras muchas veces difusas. “Los naïfs tienden a mirar hacia afuera, a través del lente naïf. Por el contrario, el primitivo puede ser descrito como alguien que observa el interior con un ojo inocente, y en él ve un mundo de formas imaginadas”. Es cierto, Bollar está cargado de inocencia pero también de introspección. Mira hacia adentro y esa combinación es conmovedora.

    Sus dibujos están casi en proceso de realización. Pero no son borradores. O al menos, parecen eludir este pequeño y sutil límite en el que la línea queda en suspenso a la espera de alguien que la complete, ese margen extraño donde la imagen termina por afirmarse, rebelada ante la insistencia de su creador. Esos dibujos ya están prontos, aunque escasamente poblados. Sus figuras humanas parecen recostadas al papel, a ese espacio vacío y terrible en el plano blanco del papel. Un vacío propio de la mano que decide irse y apenas tocar la creación inicial, básica, la más provocadora. Es la vida que surge en un par de trazos, rígidos, estáticos, a imagen y semejanza de la plenitud lograda en los hombres a color, a plena luz, en el borde de una ciudad atravesada por un canal, por globos, por gente que anda en bicicleta. Hay rostros que vuelven una y otra vez su mirada hacia el espectador, interrogantes, curiosos. Son hombres y mujeres de rostros cortados a hachazos, fuertes, de narices chatas y pocos detalles. Casi todos serios, aunque alguna sonrisa parece escapar de un leve movimiento de labios. Pero a diferencia de las pinturas, están en otro contexto, más radical, más existencial, tal vez por el propio vacío material. Aparece uno detrás de una escalera pesada que no va a ningún lado, otro en una callecita solitaria, apretado por edificios de un paisaje exótico. Hay figuras míticas pero delicadas, hay sombras que apenas se insinúan, hay árboles que parecen formas de un territorio imposible de definir.

    Es imprescindible e ineludible que el arte llegue a ese punto de simulación en el que un cuerpo humano ya no lo es, un río ya no es un río, un paisaje no se parece a nada que uno haya visto en este mundo. La obra de Bollar es cautivante, esencial en esa soledad, en esos mundos soñados, en esas figuras que esperan expuestas, de cara al visitante, para apelar a la poca lucidez que todavía pueda rescatar de la mirada del otro. Como los niños cuando miran desconcertados o lejanos. Desde la emoción que provoca estar a punto de descubrir algo. Esa es la sensación final de una obra y un artista uruguayo fugazmente recuperado.

    Los sueños lúcidos de Gorki Bollar. En Dodecá (San Nicolás 1306, a una cuadra de la rambla de Punta Gorda). De lunes a sábados de 10 a 21 horas. Hasta el 31 de Marzo de 2015.